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dissabte, 23 d’octubre de 2010

EN MEMORIA DE LA GENTE BUENA (castellano)

EN MEMORIA
DE LA GENTE BUENA


Dedicado a mi ex pareja
A su hijo
A mis abuelos
Al resto de mi familia
A la buena gente que conozco
A la buena gente que no conozco (aún)



CAPÍTULO PRIMERO




Era una fría mañana del otoño barcelonés. Me encontraba en una zona nueva del Cementerio de Les Corts, junto a tumbas mucho más antiguas. Tengo que confesar que aquel cementerio, como seguidor del Barça de toda la vida, me caía simpático por tener allí enterradas diversas figuras del barcelonismo en toda su Historia: Pep Samitier, Ladislao Kubala, César Rodríguez, Nicolau Casaus... pero aquella vez no venía para hacer un homenaje a mis admiradas figuras futbolísticas, sino para hacer otro homenaje no tan agradable.
El tiempo ayudaba a que yo entrase en el Cementerio con la expresión bien seria que tenía debido a la gran pena que sentía por dentro.
Me informé antes de donde estaba la tumba en cuestión, ya que al no conocer mucho aquella zona, tenía miedo a confundir las tumbas, ya que la persona querida que desde hacía poco de tiempo tenía su última casa allí (perdón, no quería hacer humor negro ahora, es como una especie de psicoterapia) era el hijo adolescente de mi pareja, Nathalie, una francesa de Dijon residente en Barcelona con la que comencé una feliz relación amorosa hace casi un lustro. Y su tumba aún no tenía la losa encima, con su nombre, Jordi Joan Garriga Aurillac (el padre del chico es catalán, el apellido segundo es el de ella de soltera). Tenía un frío número y una letra aún en un lateral de la tumba, como si fuera la clave de un agente secreto al servicio de Su Majestad, en espera de tener una gran losa elegante y sencilla a la vez, como decía su madre que el chico la podría tener.
Al llegar al lugar en cuestión, me vino un escalofrío involuntario. Había pasado en poco tiempo a un cambio radical en mi visión de aquel chico, Jordi Joan, tan agradable y simpático, al ver sólo una losa de piedra gris rectangular en el suelo en donde él había estado enterrado. A su lado, habían otras tumbas aún sin inquilino, de dos metros de profundidad y yo iba con el miedo de que a ver si me podía caer dentro, no podría salirme solo de ella.
Me acordé, como en los flash-backs de una película, del entierro, de cómo la madre, una mujer inteligente que había aceptado de manera sorprendente una tragedia tan grande con mucha calma (me refiero a la muerte de un hijo, y aún más si ésta fue tan súbita, víctima de un atraco en plena calle). Muchas personas eran presentes, entre ellas el padre del chico, también tranquilo a pesar de que estaba deshecho en lágrimas un día antes, como ella, que al igual que yo las habíamos soltado todas las que pudimos soltar.
El resto de la gente eran parientes de las dos familias, la del padre y la de la madre. Todos muy afligidos, está claro. A pesar de que Nathalie trataba de hacer dignamente su papel de madre afligida pero con dignidad y sin querer exteriorizar demasiado sus sentimientos (en eso la envidié, yo no soy tan tranquilo como ella), hacía un gran esfuerzo para estar tranquila. Después me dijo que los psicólogos le habían aconsejado que pensase que el muerto era otro, o un sucedáneo. A mí, eso me parecía mal como recurso de los psicólogos (nunca había creído mucho en ellos, ni tampoco en los psiquiatras), pero bien, era la única manera de salir de una tragedia tan horrible, al menos hasta que el cuerpo se acostumbrase a la nueva situación, que en eso los seres humanos tienen una capacidad de adaptación realmente fuerte, tal vez por el instinto de supervivencia.
Y felicito a Nathalie. Siempre demostró una dignidad y un “savoir faire” extraordinario. Seguimos como pareja, intentando despacio salir de este infierno, pero con nuestras alegrías y tristezas cotidianas.
Todo eso me recordó a mis abuelos, los yayos, como los decía cariñosamente, de casi noventa años, que en Sant Cugat del Vallès, mi localidad natal, estaban en un asilo porque sufrían Alzheimer. Murieron hace poco tiempo, y entonces el funeral era bien distinto, está claro. Eran antiguos militantes comunistas, pero respetados por todo el mundo, incluso con amistades más conservadoras ideológicamente hablando. Ambos murieron en pocos meses de intervalo. Primero la yaya y después el abuelo.
Fue un duro golpe para mí. Su casa de Sant Cugat, un lugar en el cual yo había estado un montón de veces durante cuatro décadas, prácticamente desde que nací, ahora estaba toda vacía. Dos años hacía que se había quedado deshabitada, y un día, poco antes de la inesperada muerte de Jordi Joan, me acerqué con Nathalie para enseñarla la casa. Pero como estaba cerrada, no pudimos entrar. Vi que en la cerradura de la puerta de entrada al jardín de la casa había un montón de telarañas. Me provocó una pequeña depresión. Nathalie lo notó y me tranquilizó, con su dulzura habitual y su habla amena e inteligente. Aquella casa había sido el escenario de muchos de mis juegos infantiles, de muchas reuniones con los parientes, etcétera. Y ahora, era una casa vacía, casi fantasmal, como en las películas, pero sin aquel aire escalofriante que tendría por ejemplo la casa de Norman Bates en “Psicosis”, nada de eso. Era una entrañable casa de las afueras de pueblos catalanes próximos a Barcelona, de aire mediterráneo y un poco copiando el estilo de la Provenza francesa. Pero vacía, sin habitantes, sin vida... no tenía nada de buen aspecto. Así que después de explicarle una vez más mi vida que pasé a trozos dentro de aquella casa, nos volvimos a Barcelona.








CAPÍTULO II




Empiezo a recordar y a narrar con más profundidad mi relación con mis abuelos y el chico desaparecido, al cual quiero dedicar buena parte, o al menos lo intentaré.
Tomaré como ejemplo una mañana en su casa, en la que convivía con su madre, ya que ella y yo preferimos vivir como Woody Allen y Soon-Yi, o sea, cada cual en su casa, que no quiere decir que no nos queramos de verdad, lo que pasa es que ella estaba ya bien escarmentada de la convivencia como casada.
Jordi Joan estaba en su habitación estudiante. Le esperaba un examen de Filosofía. Yo, como tengo interés en estos temas tan profundos y cerebrales, trataba de ayudarle.
--A ver... –ponía yo voz de profesor de Filosofía como los que conocí cuando yo era estudiante en los años 1970— Como se llamaba el filósofo que decía “Yo sólo sé que no sé nada”?
--Sé quién es, Julià, pero no es preciso que me hagas esta voz tan ridícula –contestó con buen humor— Que no es esto ninguna obra cómica, como las que hacen mis compañeros a final de curso. Si quieres hacer una broma, tío, haz como el Andreu Buenafuente, que creo que hace espectáculos de monólogos. A mí no me jodas, tú.
Yo no tenía ningún prejuicio, pero un poco por miedo a su madre, no sabía si permitir que él dijera tacos como aquellos, pero recuerdo a menudo haberle sentido decirlos como un camionero, a pesar de que el tío nunca bebía ni fumaba.
Como aquello de dar clases a alumnos no era lo mío, decidí dejarlo tranquilo. Antes de salir, Jordi Joan conocía mi parte sensible, futbolísticamente hablando, y como él era del Espanyol, el eterno rival de mi Barça, aprovechaba para pincharme un poco.
--Iván de la Peña sí que ha hecho raíces con nosotros, no con vosotros, culés del culo.
Hablaba de un ex jugador del Barça que salió de la cantera azulgrana, pero que acabó yéndose a Italia y que el Espanyol recuperó para el fútbol español. A pesar de estar casado con la hija de Asensi, uno de los mejores jugadores barcelonistas de los años 1970, que ganó aquella Liga memorable con Johan Cruyff de estrella el año 1974 e hizo aquel igualmente memorable 0-5 en el Santiago Bernabéu, ante las narices de los madridistas y del franquismo, todo a la vez.
--No jodas ahora, periquito, y ves a tomar tu alpiste –le contesté y me fui hacia la sala.
Nathalie estaba viendo una película en el vídeo VHS. No era aún partidaria de cambiar al DVD.
Como ambos tenemos gustos parecidos cinematográficos, pudieron sentarnos y ver la película todos juntos. Era “Fresas silvestres” de Ingmar Bergman, y me encantaba aquella manera del maestro sueco de ver la muerte en un momento que tal vez presentimos que se acaba la vida, como le pasaba al protagonista, cerca de los ochenta años.
Tal vez en estos momentos que les explico esta historia, a pesar de que tengo sólo unos cuarenta y cuatro años, con las muertes dolorosas que les relaté, la depresión que las tres me causaron hacía deseable un final próximo para acabar con tanto sufrimiento, que para un espíritu bien sensible como el mío era casi insoportable.
Pero tengo la suerte de que, además de una pareja comprensiva, que a pesar de su grandísimo dolor por la pérdida trágica de su hijo ha podido ayudarme a coger otra vez el ánimo y las ganas de vivir. Yo he intentado hacer lo mismo con ella, ayudarla a revivir nuevamente, ya que tragedias como éstas sólo empujan para querer morir también y reunirte acto seguido con quién se ha ido para siempre jamás.
Todo el mundo tenemos dos lados de nuestra personalidad en estas tragedias, al igual que el ying y el yang en la filosofía oriental: la que te empuja a morir y la que te anima a continuar con la vida. Tal vez ésta, la segunda, es la que nos ha ayudado.
Más de una vez he tenido ganas de suicidarme, pero finalmente, como en esas películas en que el protagonista tiene dos conciencias diferentes, una vestida de ángel celestial y la otra como el mismo Diablo, después de escuchar ambas, una animándote a la tentación fatal, o sea, “¡Mátate!, ¡Mátate!” o “¡No lo hagas, por el amor de Dios, no lo hagas!”, escogí la segunda. Tal vez también por mi cobardía, que no me ayudaba ni un ápice a matarme, pero bien, continúo aquí para contar todo esto.
Pero un día, como tengo una costumbre de jugar semanalmente a la Lotto 6-49, me enteré de que me habían tocado varios miles de euros. Entonces, como tengo una afición de escritor, no profesional, pensé que podría intentar publicar un libro con los relatos breves que había escrito, pero había pensado otra cosa: ¿porque no intentar comprar la casa de mis abuelos?
También me di cuenta de que el premio no llegaba ni siquiera a la mitad de lo que había falta para comprar la casa, para tenerla como propietario. De intentar salvar una parte de mi pasado que se esfumaba delante mis ojos...
Entonces decidí guardar los dineros en el Banco y ya decidiré qué hago con él. Ahora sólo tengo mi pensamiento dirigido hacia el hijo de mi pareja, del cual ella no puede dejar de pensar.
Pero una cosa me rondaba por la cabeza: Jordi Joan tenía unas aficiones o mejor digamos unas ideas que me parecían interesantes para aplicar a nuestra vida cotidiana, al menos en aquello que es cultural. No era un chico cualquiera, obsesionado sólo en los videojuegos para jovencitos sin cerebro.
Y aquí viene mi reflexión: yo, cuando era un niño, tampoco pude tener unas ideas como las de los jovencitos de mi generación, digamos que fui casi un solitario, al contrario a que Jordi Joan, que tenía muchos amigos entre su vecindario, su Instituto y, como he dicho antes, la jefa de los profesores y de otros que lo conocían muy bien.
Entonces pensé en coger algunas de esas ideas y utilizarlas. No quería apropiármelas, tal vez haría lo mismo que Steven Spielberg hizo en la película “Inteligencia artificial”: como aquello era un proyecto antiguo de su amigo y colega Stanley Kubrick, que nunca encontró la manera de llevarlo al cine, entonces hizo constar que el guión era también de Kubrick. Yo haría lo mismo con las ideas de Jordi Joan.
Bien, sólo era esta la reflexión que quería hacer después de esta tragedia y como intentamos todos sobrevivir. Una historia sencilla, sin ningún tipo de pretensión profunda como uno intelectual que se cree que es Dios. En fin, que cada cual/cada una continúe con su vida y viva el “carpe diem” (vivir el momento) como pueda. Yo y mi pareja haré lo mismo.




F I

divendres, 22 d’octubre de 2010

MAGDALENA SERRA: CAPÍTULO X (PASCAL Y ANNICK)


CAPÍTULO X:
PASCAL Y ANNICK




Aquella mañana, en el trabajo, como una de tantas, bien tranquila, antes de llegar el fin del mismo... Hasta la llegada de un hombre que nunca habría imaginado encontrármelo allá...
Un hombre de unos cincuenta años, gordo, que parecía Gérard Depardieu, simpático, muy campechano, acompañado de una niña de diez años, entra por la puerta y me dice...
--Perdóneme, señorita...
--Sí?
--Querría ver a la señorita Christine Moreau... ¿Está aquí?
--Sí. Voy a buscarla ahora.
Fui a llamar a Christine, que estaba en su despacho, trabajando ante el ordenador.
--¡Christine! ¡Alguien pregunta por ti!
--Un segundo, que voy allá...
Christine entra en la sala y observa al hombre y a la niña. Con su habitual impasibilidad, se los mira. Pero yo me sorprendí al sentir que ella los saludaba como parientes suyos.
--Oh... Buenos días, Papa. Buenos días, Annick.
El hombre, con las manos sobre los hombros de la niña (que tiene mucho parecido físico con Christine, pero en niña), respondió:
--Buenos días. Yo he ido a la escuela para buscar a la niña, y como pasábamos por aquí abajo, me dije que ella debía de ver en dónde trabaja su madre... ¡Y aquí estamos!
--El abuelo tiene razón, Mamá –dijo la niña a Christine, guapísima y con naturalidad—. Debo de conocer en dónde trabajas, por que más adelante también trabajaré aquí, cuando tú te hayas jubilado.
Yo estaba totalmente sorprendida, muy sorprendida. Yo no sabía nada de nada de que Christine tuviese una hija. Ésta, mientras tanto, se agachaba por ponerle mejor el abrigo a la niña.
¡Entonces, Christine tiene una hija! ¡Dios mío! ¿Y el padre...? ¡Espero que no sea Jojo!
Christine me miró, y me presentó a su padre y a su hija.
--Magdalena, te presento a mi padre y mi hija Annick.
--Mucho gusto, señor. Mucho gusto, Annick.
--Mucho gusto, señorita –me dijo el hombre.
--Mucho gusto, señorita –dijo ahora Annick—. Mamá me ha hablado a menudo de usted. Ella siempre dice que usted es una chica simpática, inteligente y que siempre ayuda a todo el mundo.
--¿De verdad? ¡Muy amable! –sonreí yo, que me halagaba todo eso. Es curioso, Christine, a la que yo no tengo, digamos la verdad, demasiada estima, o nada, ella habla siempre bien de mí a todo el mundo. Yo no soy vanidosa, pero me hace sentir una persona importante.
Pascal me habló, muy campechano y simpático, al estilo Depardieu...
--Mi hija ha sabido conciliar su papel de madre y su trabajo. Las madres solteras de hoy en día, son formidables. ¿Que piensa usted? Sin duda, usted estima su trabajo.
--Sí, está claro, pero yo no soy madre soltera, señor Moreau –respondí.
--Pascal –dijo él, convencido pero a la vez educado—. Me llamo Pascal. No me llame “señor”. Yo soy un hombre sencillo y sociable con todo el mundo. No me gustan nada estas burradas... de la época de la aristocracia.
--Sí, Pascal. Estoy de acuerdo. Pienso lo mismo. Vivimos en una República, ¿no?
Christine cogió de la mano derecha a Annick y me dijo:
--Magdalena... tendré que irme algunos minutos con mi padre y Annick para charlar un rato. Creo que estaré aquí otra vez sobre las dos. ¿Tú podrías acabar mi informe sobre Beleville y Compañía?
--Ningún problema. Serán acabados puntualmente.
Poco antes de marcharse, ya con los abrigos de cada cual puestos, Pascal me dijo:
--Hasta muy pronto, señorita Magdalena. Espero que algún día volveremos a vernos y tendremos tiempo para charlar largamente. Hablaremos otra vez sobre todo eso que charlábamos ahora. Estoy orgulloso de mi hija, igualmente que la niña lo está. Entre nosotros, su desgracia ha sido que se enamoró de chicos nada listos...
--Yo ya me lo imagino, señor. Hasta pronto.
--Hasta pronto, Magdalena –dijo Annick, muy dulce—. ¿Sabes...? Eres muy simpática.
--Ah... Gracias, Annick. ¡Tú también eres muy simpática!
Los miré poco después por la ventana a los tres, bajando por la escalera.
Entonces cogí el teléfono para llamar a Jojo y explicarle toda esta historia.
--¿Jojo...? ¿Tú sabías que Christine tiene una hija de diez años llamada Annick?
La exclamación de Jojo fue como sacada de una película melodramática italiana, de esas que hoy en día nos parecen exageradas e incluso teatrales.
--¿¿¿¿QUÉ????
Yo me miraba por la ventana a Christine, su padre y la niña, que aún no estaban muy lejos de allí.
--Pues yo no he bebido nada. Christine me ha presentado a su padre, Pascal, y a su hijita, Annick. Aquí, en el trabajo.
La voz de Jojo sonaba ahora algo más natural, pero sin salir de su atolondramiento.
--¡Es imposible! Cuando yo estaba con Christine, ella no tenía ningún chiquillo. Y la relación entre ella y yo acabó hace seis años. ¿Y tú dices que Annick tiene diez años?
--Sí...es verdad.
--Espera... Yo me voy allá ahora mismo. ¿De acuerdo? ¡Hasta luego!
Y colgó acto seguido, se sentía por el auricular el golpe seco, el “clac” de cuando se corta súbitamente la comunicación, como en las películas.
Pasado un cuarto de hora, llegó Jojo hacia la oficina, jadeante de cansancio para llegar allí a toda velocidad, con su bicicleta. Yo le espera en la puerta de la oficina. Entre sus jadeos casi no entendía nada de aquello que me decía.
--¡Buf...! Hola... Entonces... Buf... Cuéntame... buf... todo este asunto de esa niña... Todo... buf... todo esto parece un mal serial... buf... de la “tele”.
--Claro. Ésta mañana llegaron aquí el padre de Christine acompañado de la pequeña Annick, para ver a su hija. O sea, la madre de la niña es Christine.
Hice sentarse a Jojo en una silla. Él estaba totalmente agotado, bien muerto de cansancio.
--Jojo, cariño, siéntate. Estás muy cansado. Parece que has corrido la Maratón en los Juegos Olímpicos.
--Es por culpa de la bici. Muchas gracias, cariño.
--De nada.
Entonces, yo le conté toda la historia. Jojo no sabía qué expresión poner.
--...Y esto es todo. ¿Qué piensas tú?
--No sé nada de nada –respondió como si volviese a la vida, después de la carrera hacia la oficina—. Te lo juro que nunca sentí hablar de Annick hasta ahora mismo. No cabe duda que Christine la tuvo antes con algún tío, después ella me conoció, pero nunca no me presentó a su hija... y ni siquiera me habló de su existencia.
Yo hice una pequeña reflexión mental sobre este asunto, mirando de ser tranquila, pese a que no estaba nada contenta.
--Bien... –dije— Entonces, tendremos que esperar la vuelta de Christine... No tardará mucho.
Finalmente llegó Christine a la oficina. Yo y Jojo nos la mirábamos con interés, sobre todo él, que abrió los ojos de una manera muy extraña, parecía alarmado.
--¡Ah, Magda, estabas aquí! –ella, claro, no sabía nada de la alarma de nuestro descubrimiento, y estaba muy contenta—. Vengo de dejar a mi padre, quería preguntarme que... –ahora se da cuenta de la presencia de Jojo— ¡Ah, buenos días, Jojo! ¿Visitas a tu novia, no?
Yo señalé la silla con el dedo. Quería que Christine se sentara. Christine, de golpe y porrazo, pareció que perdía su flema y se alarmaba por algo. Como si hubiese sido pillada en una falta imperdonable. O como si ella fuera descubierta en un asunto de robo.
--Por favor, Christine, siéntate con nosotros. Tenemos que charlar contigo, es muy importante.
--¿Importante...? ¿Qué es...? –su hilo de voz era extraño, con el miedo en el cuerpo que le salía por la boca.
Sentada finalmente, Christine accedió a escucharnos. Nosotros, ella y yo, estamos enfrente la una de la otra; Jojo se queda en medio. Se miró a Christine con una expresión muy extraña, mezcla de odio y repugnancia. Tengo que confesar que me dabas miedo aquella mirada. Nunca lo había visto así. No era su estilo. Tan dulce que es siempre...
--¿Por qué nunca nos has dicho que tenías una hija? –pregunté a Christine, tal vez con un tono de interrogatorio judicial.
--¿Annick...? –ella recuperó su tranquilidad habitual—. Sí, tengo una hija. ¿Y qué?
Jojo estalló muy furioso, perceptible en su habla, voz altísima y fuerte, casi histérica, y metiendo una buena bronca a su ex.
--¿¿¿“Y qué”...??? ¡Yo salí contigo durante dos años! ¡¡¡Y nunca no me hablaste de la existencia de tu hija!!! ¿Por qué? ¿Qué significa todo eso?
Christine, por primera vez, no parecía tan ser superior como siempre. Trataba de parecer tranquila, pero parecía a la vez tener mucho miedo. Habló con inseguridad.
--Bien... yo... Tuve a Annick con un chico que conocí antes de conocerte, Jojo... y... No podía ocuparme de ella... Dejé a Annick con sus abuelos... y después...
Christine hizo una pequeña pausa, y finalmente, dejó escapar algunas lágrimas por el rostro. Eso la dio un poco de fuerzas para continuar.
--Después... Yo tuve que internarla... en uno colegio de monjas. Cuando ella tenía ocho años, yo quise tenerla conmigo. Ahora ella vive en mi casa. ¡Yo quiero mucho a Annick! Pero yo no quería decir a nadie que tenía una hija. Los hombres no aman mucho a las madres solteras. Y... y yo quise encontrar un chico. Hasta que te conocí, Jojo.
Jojo, aún con la mirada severa, clavándosela como un cuchillo, le dijo:
--Y entonces... Entonces, yo pasé los peores dos años de mi vida contigo, Christine.
Christine dijo que sí, con la cabeza baja. Parecía que creía que la acusación contra ella era cierta. Lo aceptaba del todo, no trataba de librarse de ninguna manera.
--Es verdad. Me sabe muy mal. Fui un monstruo.
Yo, que sentía todo esto con interés, decidí finalmente acercarme a ellos, y decir:
--Escuchad... todo esto parece un serial de la “tele”, pero yo querría que os reconciliéis.
--¿Una reconciliación? –exclamó Jojo—. ¿Por qué...?
Yo me puse la mano derecha en el cogote y expliqué:
--Debo haceros una pequeña confesión: yo estaba muy celosa por que creí que Annick era la hija de Jojo... Ahora, yo sé que eso no es posible... Además, tu hija Annick es muy simpática, muy bonita, Christine.
Jojo no podía comprender nada de la confesión de su novia, a la que adoraba.
Me miraba como asustado y extrañado a la vez.
--¿Pero qué quieres decir, Magda...?
--Yo odiaba a Christine por que creía que... ya lo sabéis. Os pido perdón.
Dije eso con una expresión como deprimida, como cuando se hace una confesión de algún secreto escalofriante que puede hacer que todo el mundo acabe odiando a quien lo dice. Yo tal vez me esperaba eso de ellos, de ambos, pero vi que ellos no me odiaban, y eso me hizo tener coraje para continuar. Ahora me dirigí a Christine:
--Christine, te pido perdón. Yo sé que nuestra relación personal no ha sido fácil. Tal vez yo pienso todo esto por Annick... No sé...
--No, está bien, no es preciso pedirme perdón, Magda. Yo acepto todo eso con placer.
Christine reaccionó con nobleza. Y tal vez también como la madre que perdona una falta a su hija.
Nos dimos la mano ella y yo, en señal de amistad y reconciliación.
--Siento mucho haber parecido una cínica –dijo ella—, pero la vida ha sido bien dura conmigo...
--Lo entiendo muy bien. Aquí tienes una buena amiga.
Jojo también dio la mano a Christine, en la misma actitud de reconciliación de mí misma.
--Yo también. Y además, quiero decir que tal vez yo he hecho un poco el botarate...
--Bah, no pasa nada. Todos tenemos errores –dijo ella, convencida de la bondad de Jojo.
Y yo, finalmente, hice una reflexión sobre este asunto.
Yo estoy más tranquila ahora. Por que Annick no es definitivamente la hija de Jojo. Y, pues, ya no hay ningún lazo entre él y Christine.
Esto ha sido una parte de mi vida, que quería compartir con todos ustedes. Una vida sencilla, pero no aburrida o vacía. Unas inquietudes por todo aquello que tenemos alrededor sin caer nunca en la pedantería. O... en fin, la vida misma, sin adornos.
Próximamente, volveremos a leernos en nuevas aventuras mías. La cosa no se ha acabado aquí. Y es una promesa firme, no es ninguna de esas que hacen los políticos.



F I N

MAGDALENA SERRA: CAPÍTULO IX (EL DIARIO DE CHRISTINE)


CAPÍTULO IX:
EL DIARIO DE CHRISTINE




Yo estaba en la oficina, en un descanso, leyendo el diario “Le Monde”, muy interesada en las noticias, a pesar de que recordaba que mis padres me han enseñado a mí y a mis hermanos estar siempre interesada por los asuntos que preocupan al mundo, por las injusticias, por el Tercer Mundo, por los bosques chafados, por los tiranos y por las guerras injustas... Pero sin formar parte de ningún partido político.
Yo leía y a la vez pensaba en voz alta, algo enfadada por todo aquello que leía. Era de lo más habitual en los diarios: los políticos y sus mentiras, las desgracias que pasaban en África, tanto en la que fue francesa como la inglesa... y después de hojear un rato de una página a otra, me cansé un poco de aquello. Y me salió una pequeña reflexión en aquel momento, que tal vez la habría escrito acto seguido en un papel para que no se me olvidase. O no, me acuerdo ahora de ella:
El Presidente de la República está otra vez con estas burradas imposibles sobre... Bah... No comprendo nada de sus estrategias políticas, demasiado liadas, inútiles, ineficaces y estropeadas por asquerosos intereses...
Cerré el diario e intuí la llegada de alguien, por que miré fijamente hacia el fondo, que se sentían los pasos en el pasillo, pero no se podía ver quién era desde ahí mismo, pero me alteré un poco, sobre todo por que creía que aquella persona parecía que era alguien que no era muy querido por mí.
Es Christine, que entra. Mierda... Espero que ella no querrá hablar y hablar conmigo durante horas...
Christine, con una falda escocesa y una camiseta negra, me saluda. Sus cabellos y sus ojos azules se veían más que nunca. Parecía más encantadora que nunca, y eso no me gustó mucho. Con esta chica, siempre puede pasar de todo, como en una película de Federico Fellini.
--¡Buenos días, Magdalena! –saludó, caminando con tranquilidad y con los ojos medio cerrados.
--Buenos días, Christine –contesté.
Decidí entonces volver al trabajo diario, pero vi un libro sobre la mesa de Christine, muy extraño, que ella acababa de dejar en aquel mismo momento, que sacó de su bolso. Me lo miré con interés. Era un libro gordo, como una enciclopedia, forrado de cuero, de color oscuro.
Me acerqué para mirar mejor el libro. Aproveché que Christine salió de la sala para irse hacia otro lugar de la oficina.
Yo pensaba que qué tipo de libro sería aquél. ¿Un libro de filosofía? Seguro de que no. ¡Tengo demasiado curiosidad!
Abrí el libro por la primera página, y entonces leí su título, que estaba en la portada de cuero grueso: “Mi diario íntimo”.
--¿Lo leo o no? –me pregunté a mí misma, casi en voz alta.
Decidí leerlo. Me apliqué con atención a su lectura.
Veamos... Abro una página por azar, casualmente leí el nombre de mi novio, Jojo: “Se llama Jojo. Le conocí...” ¿Como se conocieron?
Comencé a leer esta sección del diario. Como en una especie de sobreimpresión, me imagino que veo al fondo la escena a la que se refiere el diario, una gran sala-auditorio, con unas gradas para el público. Me senté sobre el borde de la mesa para leer mejor.
“...Durante la celebración de un festival de música clásica. Se interpretaba a Beethoven, Chopin, Vivaldi, Haëndel, Debussy...”
Al fondo de la imagen, que me imagino todo eso como una película, está Christine con el violín, al lado de otra mujer y dos hombres, los cuatro vestidos muy elegantemente, interpreta la música de “Las Cuatro Estaciones” de Antonio Vivaldi. En primer término, se ve una parte de la gradería del público, y los pantalones de alguien que estaba allí, seguramente un hombre.
“...Él veía, con mucha atención, nuestra interpretación de “Las Cuatro Estaciones” de Antonio Vivaldi, y yo creo que él se había enamorado mucho de mí...”
Me imaginaba entonces, que “él” era Jojo, y por ello me lo imaginaba viendo su pantalón en plano detalle, seguramente mirándosela fijamente como un pez frito. No me lo imagino babeando, no es su estilo, Jojo es demasiado fino para estas cosas...
Pero continuamos con la lectura del diario. Entonces, mi imaginación muestra a Christine cantando en el coro de “El Mesías” de Haëndel. Ella abre mucha la boca para cantar con pasión y elegancia a la vez. Jojo, en medio del público, parecía continuar con su mirada llena de atención infinita, tal vez hipnotizado.
“Después, yo canté “El Mesías” de Haëndel. Él no dejaba de mirarme. Parecía muy hipnotizado. Después, yo interpreté a Chopin. Fue definitivo”.
Dejé por un momento de leer el diario, e hice una pequeña reflexión, casi en voz alta:
--Afortunadamente, se diría que no se enamoró de ella sólo por su físico. O no únicamente por aquello... pero gracias a la música. Yo misma conocí a muchos chicos por que yo tocaba la guitarra, sobre todo a Georges Brassens...
En aquel momento, sentí algún ruido. Y pensé que era Christine. Muy rápido, dejé el diario en el mismo lugar de antes. Ya leeré ésta novela de Barbara Cartland otra vez...
Yo, acto seguido, me senté en mi silla. Christine entró por la puerta y miró su diario.
--¡Mi diario! –exclamó, con desahogo—. No me lo encontraba...
Pensé en todo aquello que había leído... Curioso ha sido como se han conocido: por la música. Y eso da un pequeño encanto a esta relación. ¿A Jojo le gustaría que yo tocase el piano, no obstante? Yo no me veo como pianista. Toqué el piano cuando era niña, y la profesora me dijo que yo podría ser pianista. ¿Es que yo soy tal vez el Chopin del siglo XXI, y no lo sabía?
Al día siguiente, otra vez en el trabajo. Yo miré el diario de Christine, que esta vez lo había dejado medio fuera de su bolso. Yo, no sé si estaba obsesionada, pero no pensaba en nada más que echarle una nueva ojeada al diario. La relación Christine-Jojo me obsesionaba...
Miré por todas partes, parece que no hay nadie. Parecía una espía.
Cuando vi que no había ningún peligro, saqué con cuidado el voluminoso libro del bolso y comencé a mirar el diario, bien seria y bien concentrada en su lectura.
Veamos... Empezamos para continuar en donde yo me había detenido ayer...
“Aquel día, nos fuimos a una discoteca...”
Una discoteca... bien... Ya me imagino la escena: Christine y Jojo bailan en la discoteca. Ellos se miran amorosamente, ella a él, él a ella.
“...Y habíamos comenzado el baile de manera sensual, con una canción de Elton John, “Kiss the bride”...”
Entonces, me acordé de algunas canciones de Elton John. Y que sería precisamente “Kiss the bride”, en castellano “Besa a la novia”, me parecía que me sentía como si me pusiesen los cuernos, o sea, que Jojo tuviera una aventurilla con Christine ahora mismo, cosa que, claro, no pasa, ya que el diario habla de una relación de años atrás, cuando aún él y yo no nos conocíamos.
Me acuerdo de un fragmento de la canción “Kiss the bride” de Elton John, en inglés, claro:
« I wanna kiss the bride, yeah! / I wanna kiss the bride, yeah! / Long before she met him / She was mine, mine, mine / Don't say 'I do' say 'Bye, bye, bye' / And let me kiss the bride, yeah! »
Ahora, según voy leyendo, me imagino a Christine y a Jojo, que bailan bien abrazados, y a la vez se miran a los ojos con ternura.
Aquí, la escena me la imagino con el texto, que está dividido en diferentes trozos, debido a que los personajes se superponen encima del mismo, y entonces tapan algunos párrafos, ya que voy rápido al leerlo todo, quiero acabar ya con esta historia.
“Con otra canción de... / John, abrazados / De verdad amor... / Dio un beso / Sobre mis labios / Natural / ...Adme por qué / Muy emprend... / Sobre mis piernas / Resbala / Mis manos, si / Toda la noche / En cadena / Nuevo, que...”
Y la otra canción que alude a Christine era otra de Elton John, “Blue eyes” (Ojos azules), que viene perfectamente para los ojos azules de Christine y también a los míos, pero yo no estaba en aquella escena. Y mejor así; no tendría ganas de ningún “ménage-à-trois”.
Recordemos un fragmento de esta preciosa canción:
"Blue eyes, baby's got blue eyes / Like a deep blue sea / On a blue blue day . / Blue eyes, baby's got blue eyes / When the morning comes / I'll be far away / And I say..."
Pero de golpe y porrazo cerré muy rápido el libro, como cuando cierro con furia una puerta. Estaba fastidiada, cabreada.
--¡Ya está bien! –dije en voz alta—. No puedo continuar con esto. Esto parece uno de ésos programas de la televisión española sobre los amores de los famosos. O una película X... ¡Me da asco!
Decidí finalmente leer a toda velocidad todo cuanto quedaba del diario. Mientras leía todo, las páginas eran giradas a velocidad supersónica. Yo tenía demasiada curiosidad...
Por ello, muchos párrafos parecerán incoherentes para mis lectores, pero yo tenía demasiado prisa para llegar hacia el final, además de mi curiosidad. Curiosidad para saber como se acabó aquella relación amorosa que desde que la conocí (a Christine, claro) me provocaba celos.
“Al final / Me dijo que / Nos besamos con pasión. Yo estaba sentada encima de sus piernas / En la cama, después de haber hecho el amor / Una gran discusión / “Ya no te quiero” / Ell coge su ropa, sus cosas... / Yo miro, al lado de la puerta, lloro / Joseph me ha dejado / Toda la habitación está vacía, sobre todo el armario... / El silencio es terrible / ...Triste. Yo me quería morir. / Lloré mucho”...
Después de acabar ya de leer el diario y dejarlo en su bolso tal y como estaba antes, con todo cuidado, hice un suspiro bien largo, después de esta experiencia. Me toqué la frente, como si tuviese fiebre.
Ooooh, qué dolor de cabeza... Si hubiera una disciplina llamada “velocidad de lectura”, jo seria la ganadora en los Juegos Olímpicos... Acabo de leer muy rápido la relación entre Jojo y otra... Tuvieron una vida en pareja sobre todo movida... a pesar de que...
Me quedé algunos minutos sentada en la silla de mi mesa, e hice una reflexión tranquilamente sobre todo este asunto. Era como si tuviese la mente en blanco.
Pero entonces, me puse las manos en la cabeza y me acordé de alguna cosa... Algo de Jojo y yo misma, que con el jaleo de descubrir el diario de Christine y conocer su pasado con él, me había descuidado.
Jojo y yo no teníamos buenas relaciones en los últimos tres días... Hemos discutido dos o tres veces... Es la rutina, me parece... Christine y su diario me han dado algunas ideas...
Y decidí poner en marcha una parte de aquello que leí. ¿El qué? Ya lo veréis.
Al día siguiente, en mi casa. Yo estaba allí, me había puesto un vestido ligero, con tirantes en los hombros y me había maquillado mucho, como cuando salimos de marcha ambos.
Jojo llegó, con un ramo de flores en la mano. Lo recibí en la puerta, haciéndole un abrazo tierno y un pequeño beso en los labios.
--¿Como va todo, cariño? –dije, con una voz insinuante y tratando de mostrarle mucho amor—. Tengo una pequeña sorpresa para ti.
--¿Para mí? ¿Qué es? –él no comprendía nada, no sonrió en aquel momento.
Le cogí de la mano para llevarlo así por toda la casa. Lo quería llevar hasta un lugar específico de ella.
--Una sorpresa –dije— debe de ser una sorpresa, porque si no... Pero te puedo decir que esto tiene que ver con la música clásica.
Él cambió la expresión seria por otra de contento. Le había tocado una fibra sensible de él, su pasión por la música clásica, que le llevó a conocer a Christine en aquel festival con las músicas de Vivaldi, Haëndel o Chopin.
--¡Estoy feliz! Pero dime, ¿qué compositor? ¿Bach? ¿Ravel? ¿O tal vez Beethoven? ¡Tú sabes bien que los adoro!
Le hice sentarse en el sofá, en la sala. Tiernamente, me acerqué hacia él, me senté ligeramente encima de sus piernas y le di otro beso en los labios. Continué con la voz de cuando él había llegado, con mucho amor por él:
--¿Estás bien cómodo? Espérame aquí sólo un momento, que yo salgo y empiezo...
--Muy bien. Estoy muy ansioso...
Salí un momentito de la sala para volver con un violonchelo y una barra para tocar con él. También cogí una silla para sentarme, ya que este instrumento sólo se puede tocar así.
Yo toqué con el violonchelo, un fragmento de “El cant dels ocells” (El canto de los pájaros), que era muy famosa en todas partes por el músico catalán Pau Casals. Es una de las músicas favoritas de muchos catalanes cuando están fuera de su tierra natal, como yo. Jojo estaba muy emocionado... Yo estaba contenta de poderle ofrecer aquello, que da nuevas perspectivas a nuestra relación y que nos saca de la rutina... Me dediqué a tocar la música con entusiasmo, pero sin perder nunca el sentido de la música, sin añadir o poner nada, con todo respeto. Era como una cosa sagrada para mí.
Cuando acabó la música, él estaba del todo emocionado, con algunas lágrimas por su rostro.
Hice una reverencia, como hacen los músicos al público después de su interpretación, mientras que Jojo me aplaudió.
Volví a abrazar a Jojo, sentada otra vez sobre las rodillas de él, con los dos sentados en el sofá.
Me fijé en su emoción de antes, aún bien patente en su atractivo y dulce rostro.
--Estás muy emocionado, incluso en las lágrimas... ¿Sabes? Mis padres iban con frecuencia a Prades para oír a Casals...
--Sí. Es muy bonita. Además, Pau Casals tocó esta música en la Casa Blanca para Kennedy... El Presidente estaba también muy emocionado, como yo.
Jojo intentaba contener una nueva riera de lágrimas y ya parecía demasiado emocionado, tal vez. Yo ponía amorosamente mi cabeza sobre el pecho de él.
Creo que lloraba más porque yo se lo había ofrecido como una muestra de amor en forma de pequeño concierto musical que por la misma música, lo comprendí enseguida. Y entonces se veía el amor inmenso que él siente por mí. Las discusiones de los otros días, tal vez lo habían distanciado de mí, pero con ello, él comprendía que me ama mucho.
--Siento que aún puedo llorar, si quieres... –dijo, con voz entrecortada.
--Pues, sí, yo también estoy muy emocionada –decía yo, mirándolo a los ojos.
Reflexioné, mientras me abandonaba al poner mi cabeza sobre el pecho de Jojo como si estuviera yo en mi cama por la noche, que siempre me viene lo mismo: cuando siento “El canto de los pájaros”, me entran ganas de llorar... Es más fuerte que yo... Pero es tan bonito... ¿Que tal vez tendré que ir más veces al Rosellón? Que es la nostalgia por mi tierra, que me viene a menudo aquí, en París, ochocientos kilómetros al Norte de Perpignan?

MAGDALENA SERRA: CAPÍTULO VIII (EL EXTRAÑO JUEGO DEL AMOR)


CAPÍTULO VIII:
EL EXTRAÑO JUEGO DEL AMOR



Un día hicimos una de las excursiones que nos gustaba hacer de vez en cuando, toda la pandilla de amigos, hacia el campo. Íbamos en dos coches, hacia las afueras de París. Éramos Charles, Anaïs, Georgette, Christine, Ferdinand, Jojo y yo misma.
Yo iba en el coche con Jojo, Georgette y Ferdinand. Yo y mi chico en los asientos de detrás, Ferdinand conducía y Georgette a su lado. De golpe y porrazo, Ferdinand comenzó a hablar de una cosa que marcaría, para bien o mal, todo aquello que nos pasaría aquel atardecer al campo.
--Ahora me acuerdo de un juego que hicimos en la Uni... Era muy inofensivo, pero también bastante excitante.
Yo estaba muy curiosa, y pregunté:
--¿Qué tipo de juego?
Su respuesta ya me dejó boquiabierta:
--Nosotros nos besamos todos con todos, incluso entre los del mismo sexo.
Me acerqué algo más hacía el asiento de delante, para decirle, toda preocupada:
--Eh, conozco bien este juego, y es peligroso. Imagina si tu novia se enamora finalmente de otro tío. ¿No tienes miedo de que ella te deje por otro?
--Sí, claro, pensé en eso, pero creo que lleve ningún problema. Además, a nosotros, tanto se nos da el sexo del otro. Tú podrías besarte con Georgette, o yo con Jojo.
--Tengo amigos homosexuales y lesbianas, a los cuales tengo mucho respeto –intervi-no Jojo—, y también he ido a manifestaciones de apoyo a los gays. Pero prefiero las mujeres. ¿Ferdinand y yo enamorados? ¡Hay aquí algún riesgo!
--No sé... –dije con resignación— Ferdinand, tú tienes mucha confianza en ti mismo, pero yo...
Poco tiempo después, llegamos al lugar del campo a donde íbamos. Bajamos todos de los coches, cogimos la cesta con la comida y los siete comenzamos a ojear un lugar ancho y majo en donde poder sentarnos.
Ferdinand nos reunió en grupo para explicarnos todo aquello que él creía que hacía falta contar para comprender el juego, con una mezcla entre solemnidad y hacer el chulo, mientras ponía la mano encima del hombro derecho de Georgette, la cual hacía expresión de enamorada absoluta y feliz.
--Si queréis, para este juego, tenemos bastante con compararnos con los actores. Están acostumbrados a besarse con otros, que no les pasa lo mismo. Recordad estos nombres: Juliette Binoche, Antonio Banderas, Gerard Depardieu, Robert De Niro, Audrey Tautou... Todos tienen pareja. Sólo tenemos que hacer como ellos...
A mí no me acababa de convencer aquello ni un ápice. Preocupada, me miré a Jojo, que estaba como yo.
--A mí, eso no me dice nada. ¿Qué piensas?
--Que es peligroso. Este juego es una bomba, y no se sabe qué puede llevar.
Ferdinand, en su actitud habitual de chulo, se rió ruidosamente, ante una Georgette del todo sorprendida.
--¡Ja, ja, ja...! ¡Pero qué panda de gilipollas! ¡Es increíble!
--¡Ferdinand! –dijo Georgette—. ¿Qué dices? Por favor…
--No pasa nada –dice él, acto seguido—. Perdona, Georgette, pero tus colegas son bastante miedosos. Nosotros somos adultos, no tenemos que sufrir por nada.
--¿Ah, no?
Entonces, Christine, hasta entonces callada y que se miraba todo con su habitual impasibilidad, tomó parte en la conversación colectiva:
--Este tío tiene razón. Yo fui actriz durante algún tiempo en un teatro, y los actores se pueden besar sin ningún problema. Y pasa lo mismo con los actores de películas porno. Muchos de ellos están casados y tienen hijos. Como Rocco Siffredi, por ejemplo.
--¿Tú también eres actriz? ¿Has hecho algunas obras de teatro? –pregunté yo, toda maravillada.
--Oh... –respondió ella, como si nada— Hice Tennesse Williams, Molière, Lope De Vega, Neil Simon... pero sólo era un grupo de aficionados, no profesionales. Creedme, no es peligroso. Ya no somos unos niños.
Yo me maravillé, y se lo dije:
--Qué guai, Christine. ¿Qué papel fue más interesante para ti?
--Fue en “Los Miserables”, basada en la novela de Victor Hugo.
--¿Y cual personaje hiciste? ¿Fantine? ¿Cosette?
--No, hice del Inspector Javert.
Entonces, yo me la imaginaba disfrazada como el Inspector Javert, el implacable inspector que perseguía a Jean Valjean sin descanso, sobre todo con el rostro de John Malkovich en la serie televisiva que protagonizó Gerard Depardieu como un mayor Jean Valjean. Me la imaginaba a ella con aquella gigantesca chistera de la época, de la Francia de los años 1830.
--Javert... –dije yo, haciéndola a ella una sonrisa de complicidad—. Tiene el mérito de ser original.
Ella se quedó toda cruzada de brazos, con su impasibilidad, como si no fuera de este mundo y bajando la cabeza.
Pero mientras tanto, Ferdinand quería saber si todos estábamos preparados.
--Bien, ¿podemos comenzar, entonces?
--De acuerdo, vamos –dijo Georgette.
Y Ferdinand se animó, comenzó a dirigirnos a todos como si de unas marionetas se tratase, y dijo en primer lugar una especie de canto de la primera estrofa del himno nacional francés, ya sabéis, “La Marsellaise”:
--“Allons, enfants de la patrie, le jour de glorie este arrivé!” Veamos... Joseph... tú vas con Georgette... Y Christine... ¡con Magda!
Yo me enfadé, y se lo dije, mirándomelo fijamente a los ojos.
--¿Con Christine? ¡Ya te lo he dicho, tengo amigas lesbianas, pero me gustan los hombres!
Él, con una impaciencia cada vez más evidente, y casi desesperado, contestó:
--Pero lo repito por milésima vez: esto no es más que un juego, nada serio. Yo mismo estoy dispuesto a besarme con un tío para convenceros.
Y en Jojo estalló.
--¡Bien, ya basta, ahora! ¡Deja estar tus gilipolleces! ¡Estoy harto de que tú quieras burlarte de nosotros!
Georgette estaba de acuerdo con mi novio, y ella no se creía las extravagancias del suyo.
--Tiene razón, para ya. No me gusta nada así. Nosotros estamos muy lejos de ser unos “reprimidos”, ¡pero esto es ridículo!
Finalmente, en Ferdinand, viendo que no tenía casi aliados, plegó (en catalán coloquial, renunció).
--De acuerdo, renuncio. Perdonadme. Yo sólo quería probar vuestra fidelidad con este pequeño juego, veo que vosotros lo sois y que yo fui demasiado lejos. Vuestra fidelidad es muy extraña hoy en día.
Christine, toda cruzada de brazos y con una expresión que parecía de decepción, dijo:
--Estoy de acuerdo contigo, a pesar de que yo estaba bien dispuesta a participar en este experimento... Da lo mismo.
--¿Experimento? –dije yo—. ¡Christine, los experimentos se hacen en los laboratorios con los ratones! Los experimentos, con gaseosa. Yo no soy para nada una reprimida, además de muy liberada, pero no hago cualquier cosa.
Ferdinand se llevaba la mano a la cabeza, y parecía a punto de ponerse a llorar amargamente.
--Lástima... esto podría haber sido interesante, también.
Yo le chillé:
--¡Ya basta, tú no podrás convencerme!
Y Christine, con la misma postura de antes, pero ahora bajando la cabeza, con la barbilla casi rozando sus pechos, dijo:
--Déjale estar. Todo esto ha pasado porque nos aburríamos.
Anaïs conocía el pasado de Christine y su anterior relación amorosa con Jojo, así que le dijo:
--Tú, con tal de dar un beso a Jojo, eres capaz de todo.
Los demás miembros de la pandilla hablaban también de aquello que habían visto, como Jojo y Charles:
--Estaba todo a punto de irse al garete. Tuvimos la suerte de pararlo a tiempo.
--No somos ningunos hipócritas. Hay otras formas de demostrar que somos fieles.
Georgette era casi aparte de todos, cruzada de brazos y mirándose a su novio con una expresión despreciativa.
--Ferdinand... Espero que todo esto sólo haya sido una broma, finalmente... Por que como no lo haya sido...

MAGDALENA SERRA: CAPÍTULO VIII (EL EXTRAÑO JUEGO DEL AMOR)


CAPÍTULO VIII:
EL EXTRAÑO JUEGO DEL AMOR



Un día hicimos una de las excursiones que nos gustaba hacer de vez en cuando, toda la pandilla de amigos, hacia el campo. Íbamos en dos coches, hacia las afueras de París. Éramos Charles, Anaïs, Georgette, Christine, Ferdinand, Jojo y yo misma.
Yo iba en el coche con Jojo, Georgette y Ferdinand. Yo y mi chico en los asientos de detrás, Ferdinand conducía y Georgette a su lado. De golpe y porrazo, Ferdinand comenzó a hablar de una cosa que marcaría, para bien o mal, todo aquello que nos pasaría aquel atardecer al campo.
--Ahora me acuerdo de un juego que hicimos en la Uni... Era muy inofensivo, pero también bastante excitante.
Yo estaba muy curiosa, y pregunté:
--¿Qué tipo de juego?
Su respuesta ya me dejó boquiabierta:
--Nosotros nos besamos todos con todos, incluso entre los del mismo sexo.
Me acerqué algo más hacía el asiento de delante, para decirle, toda preocupada:
--Eh, conozco bien este juego, y es peligroso. Imagina si tu novia se enamora finalmente de otro tío. ¿No tienes miedo de que ella te deje por otro?
--Sí, claro, pensé en eso, pero creo que lleve ningún problema. Además, a nosotros, tanto se nos da el sexo del otro. Tú podrías besarte con Georgette, o yo con Jojo.
--Tengo amigos homosexuales y lesbianas, a los cuales tengo mucho respeto –intervi-no Jojo—, y también he ido a manifestaciones de apoyo a los gays. Pero prefiero las mujeres. ¿Ferdinand y yo enamorados? ¡Hay aquí algún riesgo!
--No sé... –dije con resignación— Ferdinand, tú tienes mucha confianza en ti mismo, pero yo...
Poco tiempo después, llegamos al lugar del campo a donde íbamos. Bajamos todos de los coches, cogimos la cesta con la comida y los siete comenzamos a ojear un lugar ancho y majo en donde poder sentarnos.
Ferdinand nos reunió en grupo para explicarnos todo aquello que él creía que hacía falta contar para comprender el juego, con una mezcla entre solemnidad y hacer el chulo, mientras ponía la mano encima del hombro derecho de Georgette, la cual hacía expresión de enamorada absoluta y feliz.
--Si queréis, para este juego, tenemos bastante con compararnos con los actores. Están acostumbrados a besarse con otros, que no les pasa lo mismo. Recordad estos nombres: Juliette Binoche, Antonio Banderas, Gerard Depardieu, Robert De Niro, Audrey Tautou... Todos tienen pareja. Sólo tenemos que hacer como ellos...
A mí no me acababa de convencer aquello ni un ápice. Preocupada, me miré a Jojo, que estaba como yo.
--A mí, eso no me dice nada. ¿Qué piensas?
--Que es peligroso. Este juego es una bomba, y no se sabe qué puede llevar.
Ferdinand, en su actitud habitual de chulo, se rió ruidosamente, ante una Georgette del todo sorprendida.
--¡Ja, ja, ja...! ¡Pero qué panda de gilipollas! ¡Es increíble!
--¡Ferdinand! –dijo Georgette—. ¿Qué dices? Por favor…
--No pasa nada –dice él, acto seguido—. Perdona, Georgette, pero tus colegas son bastante miedosos. Nosotros somos adultos, no tenemos que sufrir por nada.
--¿Ah, no?
Entonces, Christine, hasta entonces callada y que se miraba todo con su habitual impasibilidad, tomó parte en la conversación colectiva:
--Este tío tiene razón. Yo fui actriz durante algún tiempo en un teatro, y los actores se pueden besar sin ningún problema. Y pasa lo mismo con los actores de películas porno. Muchos de ellos están casados y tienen hijos. Como Rocco Siffredi, por ejemplo.
--¿Tú también eres actriz? ¿Has hecho algunas obras de teatro? –pregunté yo, toda maravillada.
--Oh... –respondió ella, como si nada— Hice Tennesse Williams, Molière, Lope De Vega, Neil Simon... pero sólo era un grupo de aficionados, no profesionales. Creedme, no es peligroso. Ya no somos unos niños.
Yo me maravillé, y se lo dije:
--Qué guai, Christine. ¿Qué papel fue más interesante para ti?
--Fue en “Los Miserables”, basada en la novela de Victor Hugo.
--¿Y cual personaje hiciste? ¿Fantine? ¿Cosette?
--No, hice del Inspector Javert.
Entonces, yo me la imaginaba disfrazada como el Inspector Javert, el implacable inspector que perseguía a Jean Valjean sin descanso, sobre todo con el rostro de John Malkovich en la serie televisiva que protagonizó Gerard Depardieu como un mayor Jean Valjean. Me la imaginaba a ella con aquella gigantesca chistera de la época, de la Francia de los años 1830.
--Javert... –dije yo, haciéndola a ella una sonrisa de complicidad—. Tiene el mérito de ser original.
Ella se quedó toda cruzada de brazos, con su impasibilidad, como si no fuera de este mundo y bajando la cabeza.
Pero mientras tanto, Ferdinand quería saber si todos estábamos preparados.
--Bien, ¿podemos comenzar, entonces?
--De acuerdo, vamos –dijo Georgette.
Y Ferdinand se animó, comenzó a dirigirnos a todos como si de unas marionetas se tratase, y dijo en primer lugar una especie de canto de la primera estrofa del himno nacional francés, ya sabéis, “La Marsellaise”:
--“Allons, enfants de la patrie, le jour de glorie este arrivé!” Veamos... Joseph... tú vas con Georgette... Y Christine... ¡con Magda!
Yo me enfadé, y se lo dije, mirándomelo fijamente a los ojos.
--¿Con Christine? ¡Ya te lo he dicho, tengo amigas lesbianas, pero me gustan los hombres!
Él, con una impaciencia cada vez más evidente, y casi desesperado, contestó:
--Pero lo repito por milésima vez: esto no es más que un juego, nada serio. Yo mismo estoy dispuesto a besarme con un tío para convenceros.
Y en Jojo estalló.
--¡Bien, ya basta, ahora! ¡Deja estar tus gilipolleces! ¡Estoy harto de que tú quieras burlarte de nosotros!
Georgette estaba de acuerdo con mi novio, y ella no se creía las extravagancias del suyo.
--Tiene razón, para ya. No me gusta nada así. Nosotros estamos muy lejos de ser unos “reprimidos”, ¡pero esto es ridículo!
Finalmente, en Ferdinand, viendo que no tenía casi aliados, plegó (en catalán coloquial, renunció).
--De acuerdo, renuncio. Perdonadme. Yo sólo quería probar vuestra fidelidad con este pequeño juego, veo que vosotros lo sois y que yo fui demasiado lejos. Vuestra fidelidad es muy extraña hoy en día.
Christine, toda cruzada de brazos y con una expresión que parecía de decepción, dijo:
--Estoy de acuerdo contigo, a pesar de que yo estaba bien dispuesta a participar en este experimento... Da lo mismo.
--¿Experimento? –dije yo—. ¡Christine, los experimentos se hacen en los laboratorios con los ratones! Los experimentos, con gaseosa. Yo no soy para nada una reprimida, además de muy liberada, pero no hago cualquier cosa.
Ferdinand se llevaba la mano a la cabeza, y parecía a punto de ponerse a llorar amargamente.
--Lástima... esto podría haber sido interesante, también.
Yo le chillé:
--¡Ya basta, tú no podrás convencerme!
Y Christine, con la misma postura de antes, pero ahora bajando la cabeza, con la barbilla casi rozando sus pechos, dijo:
--Déjale estar. Todo esto ha pasado porque nos aburríamos.
Anaïs conocía el pasado de Christine y su anterior relación amorosa con Jojo, así que le dijo:
--Tú, con tal de dar un beso a Jojo, eres capaz de todo.
Los demás miembros de la pandilla hablaban también de aquello que habían visto, como Jojo y Charles:
--Estaba todo a punto de irse al garete. Tuvimos la suerte de pararlo a tiempo.
--No somos ningunos hipócritas. Hay otras formas de demostrar que somos fieles.
Georgette era casi aparte de todos, cruzada de brazos y mirándose a su novio con una expresión despreciativa.
--Ferdinand... Espero que todo esto sólo haya sido una broma, finalmente... Por que como no lo haya sido...

MAGDALENA SERRA: CAPÍTULO VII (CASI TODO SOBRE MI MADRE)


CAPÍTULO VII:
(CÁSI) TODO SOBRE MI MADRE



Han llegado las vacaciones veraniegas y me voy a Perpignan, mi ciudad natal. Es fácil ir hacia Barcelona desde Francia gracias a las autopistas, pero una vez en el campo, un mapa de carreteras es muy necesario.
Por ello paré de vez en cuando para mirar el mapa y después continuar el trayecto, con mi coche, un Renault-5.
Yo voy vestida con una camiseta con el ombligo al aire y vaqueros cortos, dejando ver perfectamente mis piernas largas y bonitas. No es precisamente que esté muy orgullosa de mi cuerpo, pero creo que tengo uno que está muy bien.
Iré para ver a mis padres. Hace bastantes meses que no he ido por allí, y ellos no saben mucho de mí, ni yo de ellos... Nuestras relaciones son algo difíciles.
Cuando llegué hasta a su chalé, en las afueras de Perpignan, me paré e hice sonar el claxon.
Mi madre, que se llama Helena, sacó la cabeza por el porche de la casa para saber quién era.
La madre va corriendo hacía mí, emocionada, que ya estoy fuera del coche con las maletas.
--¡Magdalena, hija, por fin has llegado! –me dice—. ¡Tu padre y yo estábamos muy preocupados! ¿Por qué no has telefoneado?
--No pasa nada, Mama, ya sabes como está el tráfico en todo el Estado francés. Aunque yo iba por la autopista, parecía que todo el mundo se iba de vacaciones hacia el mismo lugar, y...
Ella me abrazó y me miró de arriba abajo, como mosqueada.
--Mi pequeña Magda, mírate bien, se diría que París te ha cambiado. Ya no te gustan nuestras tradiciones catalanas. La gente de París es tan diferente...
--No, Mama, estoy muy orgullosa de ser catalana, se lo digo mucho a mis amigos de París. Tú me dices siempre lo mismo.
Pasamos hacia el cuarto de estar, yo me quería sentar y la Mama continuaba charlando.
--Tu hermano y tu hermana están en sus habitaciones. La Sílvia con su novio, y el Joan Pau con la su novia. Quiere enseñarle la canción de Lluís Llach “L’Estaca”.
--¿”L’Estaca”? ¿Ella habla catalán?
--No, sólo algunas palabras. Pero tal vez, si tu hermano le da algunas lecciones, acabará hablante el catalán como el Presidente de la Catalunya del Sur.
En la Catalunya del Estado español, a la Catalunya francesa se la conoce también como Catalunya Norte. Y para esta otra, la otra Catalunya es la Catalunya Sur.
Yo pregunté, después de esta revelación catalanista, que me gustaba mucho y me llegaba al alma:
--Tal vez. ¿Donde está Papa?
Pero Mamà se fijó en una cosa que no le gustaba nada. Y me lo dijo con su estilo personal e intransferible.
--Magdalena, ¿como es que una chica como tú, con tan buen gusto, vas vestida con una ropa como esa?
--¿Qué pasa ahora? Es una ropa que está de moda.
Me miró fijamente, impasible, y me dijo:
--No me gusta nada. ¡Pareces una puta!
--¡MAMÁ! –chillé, con una voz potente. No me creía ni un ápice su ridículo puritanismo. Hasta mi abuela parecía más moderna que ella.
Pero ella quería excusarse y justificarse:
--Perdona, pero sabes muy bien que no me gustan estas ropas modernas. Tampoco somos tan puritanos como en América, pero eso…
--Mama –dije yo, intentando guardar la calma y ser conciliadora—, me gusta también la ropa más sobria o “chic”, pero hoy llevo puesto esto. ¿De acuerdo?
Mi padre, que se llama Jordi, fumando en pipa, entra por la puerta y me sonríe al verme. Yo estaba contenta, con él no tenía ningún problema de comunicación ni me sentía agobiada.
--Hola, Magdalena. ¿Cómo estás? –me saludó, a pesar de que lo hizo con la pipa en la boca, que fuma a menudo.
--Hola, Papá. No te había oído entrar. ¿Todo va bien?
--Sí.
Mientras la madre nos miraba de refilón con desconfianza, yo recibí una tierna caricia de mi padre mientras yo le explicaba todo.
--Intento explicar a Mama que mi ropa no es tan inútil como ésta.
Él me miró de arriba abajo, y con su dulce sonrisa y su pipa en la boca soltando un poco de humo, en plan Sherlock Holmes, dijo, como no creyéndose nada de aquello:
--¿Inútil? Para nada, Helena, está muy bien, y a nuestra Magdalena le sienta muy bien! Ella tiene cuerpo de modelo.
La madre se puso a reír ante la observación del padre.
--¡Ja, ja, ja…! ¿Modelo? Pero, Jordi, la Magdalena es muy guapa, pero yo no la veo para nada como si fuera Cindy Crawford.
Yo contesté casi con resignación, y a la vez con un poco de desdén, harta de tanta absurdidad, que todo aquello sólo era eso, absurdo:
--No es más que tu opinión, Mama.
Pasado un rato, van bajando por la escalera desde sus habitaciones mis hermanos con sus parejas. La Sílvia, delgada, de mi misma estatura y con cabello no demasiado largo, me cogió tiernamente mis manos. Detrás de ella, estaba su chico, un chico atractivo. Por la escalera también bajaron mi otro hermano, Joan Pau, con su novia detrás, una chica rubia con gafas, también atractiva y que como a mí le sentaban muy bien.
--Hola, qué tal, hermanita –me dijo la Sílvia—. ¿Los parisinos están como siempre?
--Sí, Silvia. ¿Que es tu chico? –pregunté por el chico aquél.
--Claro que sí. Te presento al Xavier. ¿Y tu chico?
--¿Jojo? En París, trabajando.
Joan Pau, mi hermano, que es un chico guapo de cabello rizado que le da una pizca de aspecto de querubín adolescente, me presentó a la atractiva chica rubia con gafas, del mismo estilo que las mías, como dije.
--Buenos días, “Magdaleneta”. Te presento a Giovanna. Es italiana.
Entonces, yo la hice un saludo en su lengua:
--Buon giorno, Giovanna. Piacere di fare la tua conoscenza.
--D’accordo, Magdalena, grazie mille.
Joan Pau celebró mi facilidad para los idiomas y continuó la conversación multilingüe entre todos, con mi madre, que estaba por detrás.
--Ja, ja, Magda, siempre has sido muy dotada para los idiomas. Yo no hablo el italiano, sólo “Carissima”, “Caro diario”, “Porca miseria” y “Allegro ma non troppo”.
Giovanna comprendió lo que decía él, a pesar de que, como ella dijo acto seguido, no sabía mucho francés.
--Certo, questo ragazzo parla sempre con tutto questo. Gli italianni sono millore, sabei] tú la nostra personalità?
--Ouais.
--Come? Cosa dice? Io no so troppo della lingua francesa.
--Sí, Giovanna. Io ho ditto ‘si'. Capito?
Tengo que decir que a su primera pregunta contesté en francés, y además con el habla parisina, al decir “ouais” en vez de “oui”, que parece que Giovanna conoce mejor.
Acto seguido, mi madre, ansiosa, me preguntó sobre mi chico ausente.
--Dime, Magda, ¿como está Jojo? ¿Bien o no?
--Ya te lo dije. Está muy bien. Si no ha venido es por culpa de su trabajo. Nosotros no tenemos las vacaciones durante los mismos días, de acuerdo?
Mamá llegó a hacer una observación incómoda para mí sobre qué me conviene en cuestión de chicos, algo que me puso furiosa:
--No hay ningún problema, hija mía. Yo querría sólo que tuvieses un chico más rico o más interesante.
--¿Como…?
Yo estaba muy enfadada por la última frase de la madre. Y ella, por contra, estaba muy tranquila. Como si no hubiese roto nunca un plato.
--Magdalena, yo te digo todo esto por que te quiero. Eres mi hija.
Yo le respondí chillando:
--¡Sí, pero yo soy una chica inteligente, y entonces puedo conducir mi vida como yo lo crea!
Mi hermana Sílvia, habló a la madre. Entonces, el chico de ella estaba sorprendido.
--Mamá, Magdalena tiene razón. Tú me hablas de lo mismo. También hablas que mi chico, Xavier, no es bueno por a mí.
--Como...? –dijo él.
Mamá, sin abandonar nunca su expresión impasible, contestó:
--No, Sílvia, Xavier es un buen chaval. Sería mucho mejor, pese a todo, con más dinero.
Ahora Silvia vuelve a estar alterada.
--¡Es increíble! ¡No estamos ya en los tiempos de la aristocracia, Mamá!
--Oh, por supuesto, Sílvia, pero...
Sílvia la acalló con un grito.
--¡Pero nada! ¡Cállate!
--¡Sílvia! ¡Que soy tu madre! –respondió la madre, cruzada de brazos.
Decidí tomar partido, o mejor dicho, ser neutral, pero a la vez evitar una posible pelea entre ambas. Les separé con las manos.
--¡Por favor, deteneos, nada de violencia! ¡Yo no quiero nada de esto!
Sílvia estaba más calmada con mi intervención, al menos en que ya no levantaba los puños contra la madre, pero no en sus palabras, con la ira y la angustia, todo ello, que escondía dentro de su cuerpo.
--¡Magdalena, has hecho lo más correcto en separarnos! Yo tenía la idea de cargarme a la Mama.
--¿Por que dices estas cosas tan terribles? –dijo ella.
Yo la miré con pena y un poco de miedo a la vez. Tenía que hacer algo para evitar una especie de guerra civil.
Hubo un silencio muy grande. Como decía el tópico, el silencio se podía cortar con un cuchillo. Entonces, decidí hablarlas:
--Mamà, Sílvia, estamos tal vez muy alteradas, no? Daremos un paseo por la ciudad.
Salimos las tres para pasear por las calles de Perpignan. Cuando iban junto a Le Castillet, un castillo muy famoso de la ciudad, con la bandera catalana arriba, ellas estaban más tranquilas, a pesar de que yo captaba que aquella tranquilidad, sobre todo por parte de Sílvia, era sólo momentánea. La madre, con su eterna expresión, como si nada ocurriera.
--Bien, Mamá –dije yo—, ahora nosotros estamos más tranquilas. Sílvia y yo estamos de acuerdo: queremos ser más estimadas por ti.
--Pues os estimo.
Yo vi un restaurante, cerca de ahí. No parecía muy caro, parecía sencillo y a la vez de calidad. Tomé una decisión acto seguido: comer allá con ellas, a ver si con la comida en el estómago podían llegar ellas a la paz.
--Bien, vamos allí.
--¿Hacia donde?
--Allí dentro.
Al estar las tres sentadas en la mesa del restaurante, que en aquel momento no estaba muy lleno, miré el menú de platos. La madre miró la carta de vinos. Y Sílvia miró también lo mismo que yo. Al mismo tiempo, me las miraba de refilón. Sílvia no conseguía esconder su tensión e indignación, que volvía a salir poco a poco.
--Entonces, ¿qué queréis comer?
--No sé... Lo mismo que vosotras –dijo Sílvia.
--Yo igual. Tú lo pagas todo, ¿no? –dijo Mamá, y la pregunta era para mí.
Intenté sonreír siempre, pese a las burradas de la madre.
--Bien, Mamá –puse mi voz más seria y algo solemne a la vez—. Yo pago todo, quiero invitaros hoy, pero yo quiero reconciliar a todas las mujeres de la familia. No me gustan las rivalidades entre nosotras.
--Es verdad, Mamá. Estoy de acuerdo con mi hermana.
--Hija, ¿pero qué rivalidad? –dijo la madre—. Yo no tengo rivalidades con vosotras. Sólo quiero lo mejor para vosotras.
--Ya, conocemos todo eso –dije con desdén—. Pero yo quiero comprensión por parte tuya para mí, y también para mi hermano y mi hermana. Si ellos aman a sus parejas así, magnífico! ¿Entendido?
La madre contestó con indiferencia, tal vez, parece que ella no comprende del todo nuestras intenciones, mientras cogía otra vez la carta de vinos.
--Muy bien, Magdalena, pero no comprendo todo eso.
--Mamá…
Al llegar la noche, ya volvimos a casa de los padres. Yo estaba en la habitación de Sílvia, charlando de nuestras cosas. Yo estaba sentada sobre la cama de ella, Sílvia sobre una silla, y en aquel momento, la madre llamó a la puerta, la abrió y comenzamos así otra charla con ella.
--Magdalena tiene razón, Mamá –le dijo Sílvia, mirándosela fijamente—. Yo me quedaré hasta el Día del Juicio Final para convencerte.
--Bien, hijas mías, si tenéis mucho tiempo libre para esperar, perfecto, pero yo no tengo mucho ahora. Tengo que hacer la cena.
Detuve a la Mamá antes de que saliese por la puerta. Y Sílvia hizo lo mismo.
--¡Ah, no, Mamá! ¡Nosotras no te dejaremos salir por la puerta sin antes habernos pedido perdón!
--¿Pero de qué habláis?
Mi padre estaba en la salita de estar, leyendo el diario, con la televisión al fondo.
Entonces, él mira el reloj de pulsera.
--¡Ya son las nueve y media! ¿Y la cena? –se miró el reloj con expresión de desconfianza y extrañeza. ¿Qué pasaba ahora?
Mi madre es tozuda, y yo lo mismo. Así que nosotras estaremos aquí hasta poder convencerla. Tal vez antes del Día del Juicio Final, nosotros podremos llegar a algún acuerdo. Este lío es como las negociaciones de desarme entre las grandes potencias.

MAGDALENA SERRA: CAPÍTULO VI (LOS PROBLEMAS DE LA EXISTENCIA)


CAPÍTULO VI:
LOS PROBLEMES DE LA EXISTENCIA




Yo, Georgette] y Anaïs estamos en un “bistrot”. Nosotros charlamos de cosas importantes, eso es lo que intentamos. Comienzo yo misma:
--Yo pienso a menudo sobre las cosas importantes. Para ir perfectamente en la vida, entonces, me pregunto que...
--¿Que tú te preguntas... el qué? –me interrumpió Anaïs, con una mirada desconfiada—. ¿No serás tú una de ésas moralistas?
Yo me quedé algo enfadada por aquella pregunta tan directa, pero yo estaba bien tranquila. Continué con mi historia...
--¡No! ¡Yo odio a los moralistas!
--Hum.
Ella hizo “hum”, como si no estuviera muy confiada.
Anaïs se mira un papelito, y me lo enseña.
--Mira esto. ¿Lo ves? ¿Es interesante, no?
--¿Qué es?
Leí el papel, con interés, muy seria y tranquila.
Después devolví el papel a Anaïs.
--Toma, Anaïs. Creo que en este papel no se habla de cosas pedantes, sino de cosas interesantes. Habla sobre las injusticias en el Tercer Mundo. Y sin utilizar nada de demagogias.
--Sí, Magdalena, nada de demagogia –contestó Anaïs—, pero yo estoy... bien, estoy muy interesada por los chicos de las ONG... Yo creo que ellos quieren hacer algo para salvar el planeta. Y ellos no hipócritas. Mejor que esos pedantes.
Al día siguiente, yo estaba en el trabajo, algo enfadada porque tenía algunos problemas con el ordenador. Se había quedado totalmente bloqueado. Claro, aún tenemos algunos de esos modelos antidiluvianos... Y eso pasaba a menudo, que se bloqueaban. Me enfadé tanto que acabé diciendo de todo en voz alta.
--¡Mierda! ¡Mecagondena, tú! –chillé—. ¿Por qué este cacharro no va bien? ¡Se ha quedado bloqueado otra vez!
Entonces, con algunas gotitas de sudor que me surcaban por el rostro, yo estaba cabreada, tal vez por aquello del “stress” laboral, de la prisa por acabar bien el trabajo, por las broncas que a menudo tenía que aguantar de mi jefe...
--¿Por qué no es fácil la vida? ¿Por qué tenemos dificultades con todo ello, sea todo fácil o no? –era todo aquello que me venía a la cabeza de reflexiones sobre la vida, que decía en voz alta, a pesar de que ahora lo hacía algo más bajito.
Y entonces, pensé algo más. Y también hice una sonrisa.
--Apa, tú, Anaïs habla de los pedantes, y ahora yo misma hablo igual que los chicos de Filosofía. Es muy curioso.
Ahora es de noche. Yo estoy en mi casa, estoy mirando la televisión. Este programa que hacen ahora no está mal, al menos no me puedo aburrir.
E hice una risita, medio tontorrona, dejándome llevar por aquel humor sin pretensiones y una pizca tontaina.
--¡Ja, ja, ja...! ¡Es divertido! ¡Ja, ja, ja...!
Al día siguiente, yo estaba en el trabajo. Iba a mirar unos documentos, y entonces se acercó Christine Moreau, con su eterna sonrisa.
--¿Como estás, Magdalena?
Sentí así de golpe su voz, me la miré, sin dejar los documentos.
--¿Eh...? Ah, hola, Christine. Yo estoy aquí, con estas burradas.
--Ya me imagino --contestó ella, impasible—. Yo estoy aburrida. ¿Podemos charlar un rato?
Y así pasaron tres horas, tres horas de conversación... o mejor digamos de monólogo, un monólogo no tan interesante como el del inmortal Hamlet. Monólogo de Christine, claro...
¡Dios mío, ésta Christine es muy aburrida! No comprendo cómo estuvo tanto tiempo con Jojo. ¡Tres horas, sólo para decirme que la vida es difícil! ¡Qué novedad! ¡Eso ya lo sabe todo el mundo!
Después, yo hablaba con Jojo por teléfono. Eso ya me ponía más contenta.
--¿Jojo...? Buenos días, “nano”. ¿Tú quieres ir conmigo mañana para..? ¿Como...? No, yo quiero que... ¿Cómo...? De acuerdo...
Después, yo me había ido hacía la casa de él, los dos nos encontrábamos sentados en el sofá. Ambos abrazados. Se sentía al fondo la música, clásica, claro, la afición ineludible de mi chico. Yo, a pesar de que me encontraba como en la gloria con él, tan encantador que es, a la vez me encontraba algo extrañada.
¿Y eso por qué, de estar extrañada por alguna cosa en casa de Jojo?
Bien, yo intento siempre encontrar de los enigmas de la vida, encontrar soluciones a los asuntos, solucionar todo lo malo que hay en todo el mundo, pero... yo no soy Superwoman.
Pero quería pedirle una cosa a Jojo, y se lo pedí, con ternura en mi voz:
--Jojo, amor mío, ¿tú no puedes poner otra música en el tocadiscos que sea más alegre? Por que eso de la Marcha Fúnebre de Chopin...
Él me obedece y se acerca al equipo de música, a cambiarla por otra.
--Sí, Magdalena –me dice, excusándose—, yo quería ser más original. Nosotros habíamos escuchado muy a menudo otras músicas, ¿de acuerdo?
Yo pensé que tiene razón. Otra cosa difícil de la vida: la rutina es terrible para el amor. Pero no exageremos.

MAGDALENA SERRA: CAPÍTULO V (IGUAL QUE SHERLOCK HOLMES Y EL DOCTOR WATSON)


CAPÍTULO V:
IGUAL QUE SHERLOCK HOLMES Y EL DOCTOR WATSON






Un día, en mi oficina, recibí la visita de una amiga catalana, Georgina Massana. Hablábamos de los asuntos de ella, ya que Georgina es detective privada. Tomábamos un café en la salita de la oficina, en donde pueden los empleados tomar un pequeño almuerzo en los descanso del trabajo.
Yo he tenido siempre interés por las historias de detectives, sobre todo por el gran Sherlock Holmes. Era una chica muy guapa y parecía inteligente, pelo largo castaño y rizado, y que llevaba gafas. Vestía con un jersey, con una raya horizontal que llevaba la palabra “Ángel” en letras mayúsculas y un pantalón vaquero. Precisamente Georgina habla de su trabajo...
--¿Sabes?, he visto casi todo tipo de asesinatos, de adulterios, de cosas bien extrañas... Pero eso no es como en las novelas de Philip Marlowe. Tal vez es como en las novelas de Sherlock Holmes y también del comisario Maigret.
--Me imagino –contesté—. Nunca me creí nada de ésas burradas sobre las
aventuras muy peligrosas de los detectives privados.
--Muy bien, Magdalena. Eso quiere decir que tú eres una chica muy perspicaz.
Yo quería, con mucha modestia, evitar éstas palabras, al ver en ellas una glorificación.
--Bah, no hay que exagerar. Yo soy sólo alguien con los pies en el suelo.
--Eso es lo que yo pienso –dijo Georgina, con su dote deductivo.
Ahora yo quería hacer una especie de juego con ella. Georgina no me comprende bien.
--Veamos... –dije yo— entre mis colegas de la oficina, ¿hay alguien que te parece sospechoso de tener historias raras?
--¿Como...?
Intenté explicárselo. Georgina lo comprende y entonces se pone a mirar por toda
la oficina.
--Es un ejemplo. Entre los compañeros, ¿hay alguien casado que habrá tal vez tenido algún asuntillo con otra?
--Ah, comprendo... Tú hablas de alguien en particular.
Yo, entonces, miro de reojo hacía atrás, en donde está un compañero, a la derecha, concentrado en su tarea. Se lo hago ver a Georgina.
--Sí. Miralo, el tío que está detrás de ti. Se llama Vincent. Casado, feliz, pero yo sospecho que él tiene algún lío con otra.
--Bien. Yo comenzaré mis investigaciones.
Vincent es un chico atractivo, con cabellos pardos y gafas. Él no sabe nada de que ellas le están mirando. Entonces, Georgina dice...
--Empezaré primero con algunas preguntas...
--¿Sobre cuál cosa?
Georgina piensa sobre las preguntas en voz alta. Al fondo, Vincent estaba, tal vez sorprendido. Parecía darse cuenta de que podrían estar hablando de él.
--Sobre su vida con su mujer, si son felices sexualmente o no... Las preguntas anodinas de costumbre.
Entonces, ella se acerca Vincent. Pone sus manos sobre la mesa, se lo mira fijamente y le dice:
--Perdone. ¿Puedo hacerle una pregunta?
Él parecía sorprendido.
--Eh, sí, señorita.
A Georgina la veía yo de espaldas, desde mi lugar de trabajo. Ella habla con el chico. Él no sabe nada de lo que pasa exactamente, sobre todo con el tipo de preguntas de ella. Eso sí, a medida que avanzaba el interrogatorio, él parecía más incómodo.
--Perdóneme mi indiscreción: ¿Usted es casado?
--Sí, bien casado. Desde hace nueve años. Y tengo dos hijos.
Georgina se sienta sobre la mesa de él y lo mira de una manera algo insinuante, mientras le hace otra pregunta. Aquello no gustaba nada a Vincent, que cada vez estaba más enfadado.
--Otra pregunta, por favor: ¿ha pensado usted alguna vez en tener una relación con otra mujer?
Él ya estaba casi fuera de sí. Pese a todo, conservó la calma para responder:
--¿Yo? ¿Por qué? No, ¿qué es todo eso...? ¿Una broma?
Georgina inventa una excusa para tranquilizar a Vincent.
--No, señor. Es sólo una encuesta, para conocer el grado de fidelidad de las parejas francesas. Yo supongo que vuestro matrimonio es perfecto, ¿sí? ¿No tienen ningún problema usted o su mujer?
--No, señorita –contestó él, con impaciencia—. Yo soy muy fiel, y mi mujer también. Nuestro matrimonio es muy feliz.
Después, ella habló conmigo. No estaba nada convencida de todo cuanto él le había explicado. Al fondo, Vincent estaba muy enfadado.
--Hum, yo creo que este tío no dice la verdad. Hay algunas cosas muy extrañas.
--¿Qué cosas?
Me imagino ahora la mesa de Vincent, según como me explicaba todo Georgina. Se ve un lápiz de labios, un paquetito con un preservativo, una braguita roja (mejor un tanga) y un sujetador también rojo. Todo eso está debajo de un montón de papeles, pero ellos no estaban muy escondidos. Ella habla conmigo en voz baja.
--Yo vi un preservativo, un lápiz de labios, un tanga y un sujetador bajo los papeles. Eso es muy extraño.
Georgina y yo continuamos reflexionando sobre este hallazgo.
--Cree en mi experiencia, Magda. Este tío no nos ha contado nada más que trolas.
--Tal vez... Pero las apariencias engañan mucho.
De golpe y porrazo, tuve una idea, sonreí mucho por aquello, y se lo dije a Georgina. Ésta no parecía nada convencida de su validez.
--¡Espera, tengo una idea! ¿Y si hacemos como Hercule Poirot? ¡Una gran reunión con todos los sospechosos!
--Em, no –me dijo Georgina, impasible—. Lo más importante de un detective privado es siempre la discreción. Y nosotros no podemos reunir a Vincent y a su mujer. Si le contamos a ella nuestras sospechas, ella se podría enfadar mucho. No me gusta joder los matrimonios. Los matrimonios se joden ellos mismos.
Más tarde, yo salgo con Georgina a dar un paseo por la calle, y entonces le hago una pregunta:
--Vosotros los detectives, ¿nunca os equivocáis? Vosotros sois humanos, a fin de cuentas.
--Claro que sí. Yo tengo errores, eso es. Y ahora, pese a estas pruebas tan evidentes, no estoy segura de la infidelidad de ese tío. Muchos de mis compañeros han tenido errores tremebundos con estas sospechas tan equivocadas.
(Vincent no está tranquilo. Se acuerda de ellas y sospecha más que nunca que hablaban de él y que sospechaban que él hacía algo extraño.
--¿De qué hablan ellas? Parece que ellas sospechan algo extraño de mí. ¿Se habrán pensado que estos objetos son tal vez para montármelo con otra mujer? Todo eso es para mi mujer Nathalie y yo. Ella quiere tener un “look” más sexy, y yo quiero lo mismo. Desde hace bastantes meses, nosotros no tenemos mucha pasión, y debemos recuperarla).

MAGDALENA SERRA: CAPÍTULO IV (LA EX NOVIA DE JOJO)


CAPÍTULO IV:
LA EX NOVIA DE JOJO





Yo misma, con una guitarra, canto la canción de Georges Brassens “Tempête dans une bénitier” (Tempestad en una pila de agua bendita), sentada sobre la hierba, en el campo, un día que habíamos ido fuera de Paris para pasarlo bien y alejarnos de los problemas cotidianos y la presión de la gran ciudad. Todos mis amigos (Jojo, Georgette, Charles y Anaïs) me escuchaban cantar con atención.
--«Ils ne savent pas ce qu'ils perdent, tous ces fichus calotins. Sans le latin, sans le latin, la messe nous emmerde. Le vin de sacré calice se change en eau de boudin. Sans le latin, sans le latin, et ses vertus faiblissent... »
Y otro fragmento de la canción:
--« ...A Lourdes, Sète ou bien Parme. Comme à Quentin Corentin, le presbythère sans le latin à perdu son charme. O très Sainte Marie mèr' de Dieu, dites à ces putains de moins qu'ils nous emmerdent sans le latin ».
Mis amigos aplaudieron. Pero al fondo se veía una chica castaña, con gafas de sol, que estaba muy seria, con bastante indiferencia en la expresión. Nos miraba. Mientras tanto, nosotros con nuestra fiestecita, y Georgette, levantando su vaso de cerveza, me dijo:
--¡Bravo, Magdalena! ¡Cantas muy bien! ¿Cuando cantarás canciones con tus propios textos?
Dejé la guitarra por los suelos, para después guardarla dentro de una bolsa, y le expliqué:
--Ahora no, no estoy muy dotada para escribir canciones. Me gustaría más escribir novelas, pero ahora yo estoy muy atareada con mi trabajo.
Continué hablando, a pesar de que sentía en mi cogote la mirada misteriosa de aquella chica, que ahora sonreía, como si hubiese descubierto a alguien que no veía desde hacía largo tiempo, pero sin chillar de alegría ni si quiera mover un músculo de su rostro.
--Yo sé tocar también la música rock, pero es demasiado difícil –continué diciendo a Georgette—. Yo sueño también con cantar “Satán is back”, ¡con las ropas y todo!
Y me imaginé a mí misma vestida con ropas “heavys”, Georgette a mi lado de la misma manera, las dos cantando como locas con aquel tipo de música.
La chica se levantó las gafas de sol y me miró otra vez, con mucha tranquilidad. Me puso la mano en el hombro y dijo...
--Magdalena, ¿puedo hablar contigo un momento?
--Em... Sí.
Yo había contestado sin ningún problema, pero a la vez extrañada por que a aquella chica no la conocía ni un ápice, y no sabía que ella me conociese y me hablase por mi nombre. La chica dijo, sin en ningún momento dejar su expresión impasible:
--Bien, yo me llamo Christine Moreau. Yo sé que tú no me conoces. Yo fui la novia de Joseph Malgrat.
--¿Su novia?
--Sí.
Yo parecía interesada, y sorprendida también. ¿Quién era ésa chica? ¿De qué me conocía? La respuesta de la chica, tal vez, me ha dejado así. Christine hizo aún más una expresión entre cínica y de superioridad.
--Ah..., y... ¿qué quieres? –le pregunté, aún sin comprender nada—. ¿Que puedo hacer alguna cosa por ti?
--No. Sólo quería conocer yo misma a la novia de mi ex.
--¿Como...?
Ahora sí que no podía yo comprender nada.
La chica se alejó hacia un rincón del paraje, no sin decirme antes:
--Quería saber qué aspecto tenía. Además, yo entraré a trabajar en tu oficina.
--¿En la...? ¿En qué puesto trabajarás?
Más tarde, hablé de Christine con Georgette. Yo estaba del todo desconcertada. Georgette me quería animar.
--Ella es muy rara, Georgette. Y además habla siempre con aires de superioridad. Yo tengo miedo de alguna desgracia. ¿No querrá ella llevarse a Jojo? Y yo no soy celosa.
--Pero no… yo no creo que esta chica esté interesada por Jojo –me dijo ella, con tranquilitat—. Además, ella se comporta siempre así con todo el mundo.
En aquel momento, llegó Jojo, y él no esperaba encontrarse allí a Christine.
--¡Hey, Magda...! ¿Eh? ¿Christine?
Él estaba sorprendido, y también enfadado con ella, casi se diría que la odiaba.
Jojo me miró, y él dijo que no se esperaba encontrarse allí a su ex novia. Parecía horrorizado. Yo estaba más tranquila, pensaba que él exageraba.
--Escucha, Magda, no me esperaba que ella estuviera aquí. Y eso no me gusta nada. ¡No la aguanto!
--No pasa nada –contesté, sonriendo—, no hace nada. ¿Por qué la odias tanto?
Primero, Jojo quiso tranquilizarse para hablar. Me puso las manos sobre los hombros y con más naturalidad comenzó a hablar. Yo me imaginaba a Christine vestida con cuero negro y un látigo en la mano, toda una ama sado-maso, por que él me decía:
--Christine es una chica muy antipática, Magdalena. No te acerques a ella. Ella es tan horrible que pensé que ella es como Hitler.
(Christine, cerca de allí, se mira a los dos. Ella sospecha por algo. Hace expresión de extrañeza.
--No sé por qué –pensó ella—, pero yo creo que ellos dos deben de hablar algo malo sobre mí. Tendría que hablar con ellos.)
Christine se acercó hacia nosotros y habló. Quedamos sorprendidos.
--Bien, amigos míos, yo creo que vosotros habláis de mí, y mal, supongo –dijo, impasiblemente.
--¡Arg! –exclamó Jojo, asustado.
Jojo parece del todo asustado, más aún, mientras Christine me abrazaba, para decirme dulcemente:
--Vosotros habláis de que yo soy mala, tan detestable como la Bruja Mala del Sur. No es verdad. Yo os demostraré que no hay que exagerar. ¿De Acuerdo?
--Em... de Acuerdo –dije yo, atolondrada.
--¡Arg, no! –pensaba Jojo, de espaldas a nosotras.
Después de siete horas, la chica no acababa nunca de pronunciar un larguísimo discurso sobre ella y su vida, para convencernos de que ella no era para nada una bruja, que ella podía ser mejor. Yo y Jojo estábamos muy cansados. Y los demás, también: Anaïs y Charles dormían juntos, con la cabeza de ella encima del hombro de él, y Georgette al lado de un árbol.
Pensé, con ironía, que Christine, para convencernos de sus bondades, hizo un discurso de sólo siete horas, nada que ver con ésos de Fidel Castro...
--...Y, o sea –decía ella—, yo no soy como vosotros pensáis. Yo soy mucho mejor, y querría ser vuestra amiga.
--Sí, Christine, te creo –dije, muerta de sueño—. Eres una buena amiga, muy gran amiga para mí y Jojo. Ouaaaah...
--Seguro –decía ahora Jojo—. Ouaaaah...

MAGDALENA SERRA: CAPÍTULO III (INFIELES)


CAPÍTULO III:
INFIELES




Un Sábado por la mañana, Charles, Anaïs, Jojo y yo habíamos ido a la piscina. Las personas van hacia las piscinas para bañarse. Yo deduje que la mayor parte del tiempo van sobre todo a...
…A darse besos, si tienen pareja, claro. Eso es lo que hacíamos Jojo y yo misma. Uno en el agua y el otro en el borde de la piscina. Dejamos un momento de darnos besos para charlar. Pero continuábamos con nuestras miradas muy tiernas, cuando nos mirábamos.
--Yo soy muy feliz contigo, cariño, yo te quiero mucho, Jojo, y perdona este tópico.
--Yo también, Magdalena. Yo no podría vivir sin ti. Otro tópico.
Necesitábamos decirnos eso, romper con los odiosos tópicos de película romántica, sobre todo americana, pero francesa también, ya que a menudo, al menos al cine francés antiguo que vi, la cursilería romántica hizo estragos.
Nosotros nos mirábamos de soslayo a los dos amigos, Charles y Anaïs, como siempre besándose, que se daban besos aún como antes. Sonreímos con una pizca de ironía, y nos dijimos, en voz baja...
--Mira esos enamoradillos, Magdalena. Parece que no han comido nada esta mañana, y ahora quieren comerse cualquier cosa.
--Ya. Igual que los caníbales.
Jojo quiere hacer más ironías, y entonces dice...
--Esto parece una competición. ¿Podemos luchar para ver cual de las dos parejas se besan mejor? Ellos, además, parecen algo torpes.
--¡De Acuerdo! –dije yo, sin poder sacar mis ojos de los de Jojo, tan azules y tan bonitos, tan enamorada como yo estaba de él.
En ése momento, al fondo se ve a una mujer, acompañada de un chico, cogidos de la mano. Ella es Georgette, y nos gritaba, casi chillando. Yo les dije, también medio chillando, que vinieran hacía donde nosotros estábamos.
--¡EH! ¡Magdalena! ¡EH! ¡EEEEH!
--¿Georgette? ¿Qué hace allí? ¡EEEEH, VENID!
Se acercan a nosotros, y entonces nos presentamos. El chico de Georgette tiene la misma edad de ella, cabello castaño, atractivo, un Adonis, digamos. Ella se abraza amorosamente a él por encima de los hombros y su pecho bien formado de gimnasio, le presenta a él, y él nos saluda algo fríamente.
--¡Buenos días a todo el mundo! Yo no sabía que vosotros estábais aquí. Os presento a mi chico, Ferdinand.
--Hola –dijo él.
Entonces, todos nos saludamos, ya que Charles y Anaïs se unen a la pandilla. Ahora, Ferdinand se da la mano con Charles.
--Bien, estos chicos son mi amiga Georgette y su chico Ferdinand. Espero que seremos todos buenos amigos, ¿no? –dije yo.
--No te preocupes, Magda –dijo Charles—. Los amigos de mis amigos son mis amigos.
--Hola –dijo Anaïs.
Ferdinand y Jojo juegan al balón en el agua de la piscina, mientras yo Anaïs estábamos en el borde de la piscina, charlando.
Ahora hay una sorpresa, al menos para nosotros: en una pequeña habitación, que parece un armario o un vestuario, Charles y Georgette se besan con pasión. ¿Como es eso, cuando ellos no son pareja, y cada cual tiene pareja por su lado? Resulta que fui un rato antes un momento a un lugar de la piscina para ir hacia el lavabo. Y volvía a mi lugar cuando sentí unos gemidos débiles. Eran detrás del vestuario. Como yo, en el fondo (y cualquiera también), soy una “voyeuse”, miré con cuidado por la estrecha franja que dejaba la puerta entreabierta. Y vi a ambos en actitud amorosa, o digamos mejor, salvaje.
No dije nada, me fui hacia el lugar donde estaba Anaïs, del todo ignorante de la infidelidad de su chico, claro. Como yo soy una mujer seria, supe conservar la tranquilidad que había que tener en aquel momento. Anaïs parece extrañada porque no veía por ninguna parte a su chaval Charles, ni tampoco a Georgette.
--¿Has visto a Charles, Magdalena? No sé donde está.
--¿Y Georgette? –preguntó Ferdinand, que también la buscaba.
--Pues, no los he visto –respondí—. Me imagino que habrán ido al bar de la piscina.
Yo ya había visto cosas como esas, y aún más extrañas. No quise mostrarme preocupada. Pero no podía impedir pensar en ello. Y si yo fuese capaz algún día de...
--Magdalena, ¿qué piensas? –sentí de golpe y porrazo la voz de Jojo.
Yo le hice participar en mis sospechas...
--¿Qué piensas de este embrollo? –le pregunté.
--Sí. Cuando alguien hace un adulterio, será porque uno busca algo que no encuentra en su pareja –me contestó, todo serio y tranquilo.
Yo también estuve muy tranquila, casi impasible a la inglesa, para contestar:
--Sí, es cierto. Yo he pensado eso a menudo. Y tendré que hacerte una confesión: alguna vez yo tuve un adulterio con alguno de mis ex-novios. Y es porque yo creía que ellos hacían lo mismo... y creían que yo no me daba cuenta... Sabes, cuando alguno me hace esta chorrada, prefiero devolverle la misma moneda. Yo quiero ser fiel, pero el ser humano es débil, y la carne también.
--Tienes razón.
Pero Jojo quería saber qué podrían hacer ellos para solucionar ese lío.
--Pero las parejas de Anaïs y Georgette están al borde de la ruptura. ¿No podemos hacer nosotros algo para evitarlo?
--Me gustaría. Esto parece uno de esos vodeviles que tanto gustaban a mis abuelos.
Me dirigí, con paso bien firme a donde estaban los dos infieles.
Fui hacia el lugar en donde estaban. Abrí la puerta. Los vi y les hablé, con voz alta y firme. Ellos se asustaron y chillaron. Georgette llevaba su bañador medio caído, con los pechos al aire, fuertemente abrazada a Charles.
--¡Charles, Georgette! ¡Por favor! ¿Os habéis vuelto locos? –fue eso que los dije.
--¡¡¡AAAH!!! –ambos chillaron a la vez, como en una película] de terror.
Ellos tenían la cara roja por la vergüenza, sobre todo Charles.
--Me-me-me... me sabe mal. Éste lío ha pasado... porque Georgette es tan... que yo no me pude resistir. ¡Y yo quiero a Anaïs! Pero... ha sido más fuerte que yo. Ellas son tan diferentes... ¿Es verdad, Georgette?
--Sí, sí –contestó ella, con la voz firme, medio avergonzada pero a la vez convencida de aquello que decía—. Me sabe mal, Magdalena, haberte dado este disgusto. He sido deshonesta con mi chico... al cual yo quiero mucho. Charles tiene razón, nos hemos dejado llevar... Ha sido algo repentino, si quieres, pero bien...
--Estad todos tranquilos –les contesté, con los brazos cruzados—. Tenéis suerte: Anaïs y Ferdinand no saben nada. Bien, marchaos y no pequéis más.
Ya estamos. Ya hablo como el padre Joan, que me confesaba cuando yo era niña.
Y todo volvió a ser como antes. Este vodevil se acabó. Charles y Georgette volvieron con sus parejas, Anaïs y Ferdinand, y se besaron con pasión, tal vez porque aquello era la única manera de arreglar todo aquello.
Yo estaba al lado de Jojo. Las otras parejas estaban al fondo, con Anaïs y Charles sentados al borde de la piscina y charlando, y la de Georgette y en Ferdinand besándose sin parar de pie. Yo y Jojo hablábamos sobre éste lío.
--Es increíble, Magdalena –dijo él—, tu amiga Georgette, tan inteligente y sensata..., ¿como ha podido ella hacer esta bobada? Y Charles, lo mismo.
--No sé... –opiné, medio resignada— quizás sea como te dije: nosotros buscamos, cuando cometemos adulterios, algo que no podemos encontrar en nuestras parejas. Georgette tiene cosas diferentes a las de Anaïs.
--¿Qué tipo de cosas?
--Pues, no lo sé. Es demasiado complejo, demasiado difícil. Déjalo estar.
Nosotros nos abrazamos y nos dimos un beso, como cualquier pareja de enamorados. Soltamos nuestros pensamientos, sobre todo los inconfesables.
--Pues yo tuve un lío –pensó en Jojo, y me lo confesó más adelante, en confianza, por ello lo saco aquí—, precisamente ayer, con aquella chica alemana, Inga. A ella le gustaba mucha la música clásica, como a mí, y me sedujo con el Concierto en Fa Menor de Bach o con la Danza del Sable... Espero que Magdalena nunca sabrá esto... Tiene razón, la carne es débil.
--Yo tuve un lío –ahora era yo la que pensaba mis amores inconfesables— con aquel chico tansimpático, el brasileño Sebastiao. Él me sedujo con ésa canción “La chica de Ipanema”, de Antonio Carlos Jobim y Vinicius de Moraes, que me encanta. No quiero que Jojo pueda saber esto... La carne es tan débil...

MAGDALENA SERRA: CAPÍTULO II (EL HOMBRE QUE ES MI JEFE)


CAPÍTULO II:
EL HOMBRE QUE ÉS EL MI JEFE




Os hablaré ahora de mi jefe. Del hombre que es mi jefe, en mi oficina.
Pues un día por la mañana, estoy en mi trabajo. Sentada ante el ordenador. Y al fondo, oigo la voz áspera de mi jefe, el señor Brissac, que da una orden a Georgette:
--¡Señorita Klinsmann, por favor! Necesito ese documento de la fábrica Chauvigny y Compañía.
--Sí, señor Brissac –contestó ella, muy servicial. No quedaba más remedio… El hombre era así de autoritario.
Tiene un poco de parecido físico con el actor Jean Rochefort, sobre todo con su personaje de la película francesa “Salir del armario”. Pero este personaje era mucho más amable que no él, porque dicho tío no es precisamente un ángel...
Ahora se dirige a mí para pedirme una tarea, y con su habitual manera de hablar, prepotente.
--Señorita Serra, por favor, ¿tiene los documentos de nuestro cliente, el señor Tedeschini de Roma?
--Sí, señor Brissac –le contesté--. Pero la traducción que usted quiere resultaba una pizca difícil. Estos señores utilizan un italiano que parece el libreto de las óperas de Verdi.
Se pone de brazos cruzados, y el tío, con una expresión aún más cabreada, me dice, sin levantar demasiado la voz:
--Bien, señorita Serra, sé como son los documentos del señor Tedeschini, pero no necesito traducciones para Éditions Denoël ni tampoco para el Premio Nobel de Literatura. Acabe esta traducción rápido, por favor.
Casualmente tenía los papeles con la traducción ya hechos e impresos. Se los di en la mano.
--Perdone, señor Brissac. Ya están todos acabados. Aquí los tiene, señor.
El tío los cogió, y sin cambiar nada de su rostro, yo me quedé enfadadísima. Casi con los brazos en las caderas, me lo miré fijamente mientras se iba, y pensé:
--¡Tú eres una mierda, “nano”, cojones! ¿Por que tú eres el jefe, te crees que eres también el amo del mundo?
Más tarde, tomando algo con Georgette, me desahogué, claro.
--Éste hombre es un cerdo, Georgette. Yo no puedo continuar así.
--Yo tampoco –dijo ella—. Pero si hacemos alguna cosa, nos podemos quedar sin trabajo. Ese tío es inflexible.
Miré de soslayo hacia la derecha, y sin abandonar la seriedad grave y la mala uva que tenía en aquel momento contra Brissac, dije:
--Alguna vez, yo pienso en la venganza.
--¿Qué tipo de venganza? –preguntó Georgette, intrigada.
--Una venganza contra él por sus “poca-soltades” contra nosotros. Al menos para podernos aliviar.
--Buena idea.
Después, cuando estaba en mi casa, yo veía la televisión. La película de aquel día era “Amélie”. La manera con que ella, Amélie Poulain, hacía su venganza contra el tendero que maltrataba su empleado, me dio ideas... Esa Amélie sabe hacer venganzas muy originales. Yo, podría hacer cosas parecidos.
Y como yo estaba del todo cabreada con mi jefe, todo aquello fue una fuente de inspiración.
Cuando acabó la película, acto seguido me senté en mi mesa y comencé a hacer una especie de plano. Me puse a diseñar planos, los más complejos posible. Dudaba en ejecutarlos, porque yo no soy rencorosa... y sobre todo soy pacifista.
Entonces, según las tácticas de Louis Van Gaal en el F. C. Barcelona, de Luis Fernández en el París Saint-Germain y la selección francesa en el Mundial'98, entonces yo tendría... Mmm...
Decía eso porque el plano, finalmente, me salía igualmente que la táctica de un entrenador de fútbol.
Como aquello no quedaba muy claro, lo dejé y me fui a dormir.
Al día siguiente, a punto de entrar otra vez en el trabajo, y caminando con Georgette, yo hablaba de todo aquello que hice la última noche.
--¿Lo pensaste ayer, todo eso?
--Sí.
Georgette parecía desconfiar. Ella no lo veía nada bien todo eso, tal vez.
--Magdalena –dijo—, me sabe mal... pero yo no sé si nosotros hacemos lo correcto con esta venganza contra el señor Brissac.
--Tienes razón, Georgette. Esta noche pensé a menudo lo mismo. No somos asesinas, claro. Yo sólo quiero darle una pequeña lección al tirano, como han hecho los chilenos con Pinochet.
En aquel momento, llamaban a mi teléfono móvil. Es para mí, claro. Contesté, y a la vez hago una sonrisa, porque es alguien al que amo muy especialmente. Y durante la conversación yo hablo a la vez en francés y catalán.
--¿Diga...? ¡Ah, eres tú, Jojo! Sí, estoy muy bien, “nano”. ¿Una cita conmigo...? Bien, esta tarde puedo... Hasta luego, guapo. Adiós.
(La parte en itálica es la parte hablada en catalán).
Al fondo, estaba Georgette, que me miraba todo el tiempo de la conversación telefónica seria y con los brazos cruzados. Está claro que no había entendido ni un ápice de aquello que yo hablaba.
Pero como había intuido que era alguien de mi tierra, el Rosellón, preguntó:
--¿Quién es? ¿Algún amigo del Rosellón?
--Sí. Es Joseph, pero todos los amigos le llaman Jojo. Si no, mañana yo pensaré más en nuestra venganza, pero como hemos dicho antes, nosotras no somos asesinas. No nos hace falta ser tan crueles como él.
Y después de haberle dicho ese discursito, pasé a lo del trabajo, y ella también. Con el odioso Brissac cerca, no había más remedio.
Y después de mucho trabajo, cambiamos la panorámica de la oficina y pasamos a la de una calle de París, toda llena de tiendas de moda, aceras estrechas y muchos transeúntes.
Estoy en la calle con Jojo. Yo y él nos damos besos en la boca, con mucha pasión.
Mi relación con Joseph es aún “amistosa”, de amigos que tienen derecho además a cosas aparte, como besos. Yo le quiero mucho, pero no quiero perder mi independencia. Tendré siempre respeto hacia él, y yo me espero que él lo tendrá igualmente a mi...
Como él me veía preocupada, yo le conté la historia de mi jefe y yo, y sin dejar de tener aquella expresión tan dulce y encantadora que me encanta (valga la redundancia), me dijo, todo preocupado en su voz que me llegó a las orejas:
--Escucha, “Magdaleneta”, si ese tío es de verdad un tirano, tomarte la justicia por tu propia mano no sirve para nada.
--Sí, tal vez, pero... no estoy segura. Si hubiese otros métodos, sería magnífico. Al menos, para no hacer la venganza yo misma.
En aquel momento, Georgette estaba en la calle, y se encontró con nosotros. Nos vio con la mano de cada cual encima del hombro del otro, y nos saludó efusivamente.
--¡Heey! ¿Como estás, Magdalena? Yo, no sabía que vosotros estábais por aquí. ¿Quién es este chico tan guapo?
Nos saludamos. Georgette se mira el chico y guiña el ojo. Él le saluda en catalán, ella no comprende nada y él lo repite en francés.
--Es mi queridísimo amigo Jojo –le dije a ella—, Georgette. Jojo, esta chica es mi amiga Georgette. Trabaja en mi oficina.
--“Molt de gust”, Georgette.
--¿Como...?
--Perdóname, yo quise decir: “Enchanté”.
Georgette me quería hablar de algo muy importante. Parecía del todo entusiasmada, como si le hubiese tocada la Lotería.
--¡Heeeey! ¡Magdalena!¡¡¡No puedes imaginarte qué es lo que ha pasado en el trabajo!!! ¿Que te acuerdas del jefe, y de nuestra venganza contra él, y de otras cosas...?
--Sí. ¿Y...?
Yo contesté fríamente, ya que no comprendía ni un ápice. Y además, por un rato, con la compañía agradable de Jojo, estaba decidida a olvidarme de todo aquello que tuviese que ver con el odioso Brissac.
Ella me lo cuenta todo, divertida y muy expresiva al contarme la increíble historia, al menos en su desenlace.
--Bien, ¡pues el señor Brissac ha sido sorprendido por su mujer en un lío con su secretaria! La señora Brissac había ido para hacer una visita sorpresa a su marido. ¡Y entonces se los ha encontrado a los dos sobre la mesa de su despacho haciendo las peores posturas del Kamasutra! ¡Todo aquello era... surrealista!
Los tres estábamos bien contentos. Bien contentos. Jojo, como no sabía mucho de cómo era Brissac, no podía compartir aquello igual que yo y Georgette, pero se alegró, al verme la expresión de alegría y triunfo que tenía en el rostro. Y eso, en parejas de enamorados, ayuda a conocer mejor a la otra persona.
--Bien, creo que a éste tío no se le verá la nariz por algunos días. Con este lío, estará muy ocupado. ¿Qué os parece?
--Que es genial. ¡Mejor que una venganza! Se ha hecho justicia, sin que nosotros hayamos hecho nada.