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dilluns, 16 de maig de 2011

FRACASOS (CAPÍTULO PRIMERO)



FRACASOS



CAPÍTULO PRIMERO




Todo empezó cuando veía ella por la televisión la gran película "8 ½" de Federico Fellini, y tendremos que imaginarnos la escena viendo, toda entera, la escena de la caótica y kafkiana rueda de Prensa que Guido Anselmi (Marcello Mastroianni) tenía que sufrir por la presentación del rodaje de su nueva película, del principio al fin de la misma, que termina con un imaginado suicidio de Guido, harto de soportar esa palabrería interminable con todos los periodistas bombardeándole con sus preguntas, su productor impaciente y otros que no le dejaban en paz ni un momento.
La angustia del personaje de Mastroianni parecía que era la misma que ella sentía desde hacía mucho tiempo.
Ella no sabía qué hacer entonces.
¿Y quién es ella? Porque ella puede ser cualquier mujer del planeta...
Se llama Meritxell Canals, su madre le puso el nombre por la patrona de Andorra, país en el que había residido algún tiempo cuando era pequeña, pero casi siempre ha vivido en Barcelona.
Pero ahora, separada desde hace dos años, aún sin nueva pareja.Desde entonces, sólo tuvo un novio, pero sólo duró un mes porque él le había confesado que quería otra, aunque cuando se conocieron él había dicho esto, pero la Meritxell, quizás tozuda o porque se había enamorado profundamente, como una tonta de los culebrones latinoamericanos, asedió-hasta que logró enamorarlo también. Cuando él no pudo más, plegaron, y eso fue la última vez que ella sintió en sus labios otros labios de hombre.
Intentó ligar con chicos en las discotecas, incluso acudir a los servicios de "putos", es decir, en lenguaje más elegante, prostitutos, o chicos de compañía. Sólo hacía esto último como medida provisional, en espera de conocer otro amor, uno de verdad, pero todavía no.
Por esto, ella se siente totalmente fracasada.
Y de eso va esta historia, los fracasos en general, o en una buena parte, que con la ayuda de la pobre Meritxell analizaremos un poco.
Ella intenta animarse, las mujeres tienen suerte de que su naturaleza es fuerte, que las ayuda a salir adelante, de olvidar o intentar superar de traumas escalofriantes del pasado.
Intentó sentarse en un sofá para pensar, meditar, reflexionar...
Pensar en ello...
Meditar...
Reflexionar...
Poco a poco, decidió dar un paseo, a ver si así se animaba. No tenía ningún sentido quedarse totalmente quieta, tal vez en espera del final de una vida que parecía inútil, vacía, como el personaje del campesino de otra obra maestra del cine, "Los comulgantes" de Ingmar Bergman, que, desesperado, pedía consejo al pastor de la iglesia protestante de Uppsala (la ciudad sueca donde nació el director), y como éste no supo dárselo, porque perdió a su esposa pocos años antes y estaba perdiendo la su fe en Dios poco a poco, finalmente se suicidaba con un disparo de su escopeta.
Lo más curioso era que el campesino sueco no era un hombre solitario, sino casado, con cinco hijos y su mujer esperaba un sexto. Pero cuando decides hacer una cosa tan terrible como el suicidio cuando tienes una familia que te puede ayudar, tal vez hay algo aún más dura y terrible que te quita toda esperanza...
No, no es que Meritxell pensara en suicidarse, ella es más bien miedosa para eso, no tendría quizás el más mínimo coraje para coger una escopeta y matarse.
Pero decidió Meritxell levantarse del sofá e irse hacia la calle.
Quizá por instinto de supervivencia.
Quizá porque necesitaba sobrevivir.
Quizá porque su subconsciente le decía que desde ahora mismo empezaba una nueva vida.
Y como la Meritxell es bien cinéfila, entonces piensa en la música de Georges Delerue para la película "Jules y Jim" de François Truffaut, esa música con aires de marcha tocada por una banda musical de pueblo. Así puede ambientarse ella misma su salida hacia soplar un aire fresco. Bien, en la gran ciudad, el aire fresco sólo se puede encontrar en los grandes jardines o en las zonas del campo, y en Barcelona, tenemos que irnos hacia el Tibidabo y a donde comienza la Sierra de Collserola.
Pero antes que nada se situó, se colocó, como si quisiera encontrarse en un mapa, ella, una apasionada de la Geografía.
Además, al salir a la calle, ella sentía una especie de metamorfosis en su interior, como el personaje de Kafka, pero no para convertirse en la un animal extraño y repugnante, sino en un animal deseoso de sexo.
Meritxell salió a la calle, intentaba aparentar calma, pero por dentro tenía un fuego que no podía apagar ni con el agua de la manga de los bomberos de toda la ciudad.
No sabía si era un fuego de la pasión, incontrolable, gigante, la bomba de Hiroshima que se convierte en pura pasión amorosa a punto de estallar, o bien en un fuego de odio, de persona harta de sentirse maltratada, oprimida, marginada, insultada... que en otros países acaban tirando piedras a los tanques israelíes en Palestina o quemando coches en los suburbios marginales de ciudades francesas.
No, no era un fuego "político". Era un fuego pasional al cien por cien.
Caminó varias horas por las calles de la ciudad sin rumbo fijo. Ya se hacía de noche, y entró en un bar de copas, el típico de diseño, música alta, luz un poco tenue...
Pidió una copa, estaba destrozada después de tanta caminata. Le dolían los pies.
Iba a beber la copa de un trago, tal era su desesperación, pero se detuvo a continuación y abrió los ojos como platos, aunque trató de guardar calma.
Allí mismo, delante de sus narices, había un chico guapísimo, alto, aires como de modelo, pelo castaño, ojos azules, vestido de manera informal. Conocía este aspecto, lo había visto muchas veces en sus visitas a Paris. Se le acercó, con la copa en la mano, le sonrió y le dijo:
--Hola, me llamo Meritxell. Y tú?
--François –dijo él, con un fuerte acento francés.
Intuyó ella que él era francés. Siempre le habían atraído los chicos del país vecino, se cuidan más el físico que los de aquí. Trató ella de seducirlo con su perfecto dominio de la lengua de Victor Hugo:
--Vous êtes français, n’est-ce pas?
--Ouais –dijo él, con entonación parisina, muy musical.
--J'aime beaucoup votre pays, François...

La pronunciación perfecta de Meritxell era algo que al François agradaba muchísimo. Además, aquella mujer tan atractiva que le hablaba le atraía igualmente. Mientras ella trataba de ligar, recurría a una especie de oda a la cultura francesa, algo a lo que los galos son muy sensibles, sentía que una especie de imán le atraía. Ella sentía lo mismo, pero no se movía de lugar, no hacía falta. Era François quien se acercaba hacia ella.
Empezaron a hablar de ellos mismos, de sus cosas, del tiempo, de tanto como a él le gustaba lo español. Meritxell no quitaba los ojos de aquel tío tan guapo e irresistible con aires de chulo de playa. Él tampoco de ella.
Decidieron sentarse en una zona del bar de copas, una especie de sofá. Poco a poco, las manos de ambos parecían tener vida propia. Mientras hablaban sin quitarse la vista fija el uno del otro, sus manos habían pasado de agarrarse y mezclar los dedos de ellos a estar encima de sus hombros, hasta que se abrazaron, y se empiezan a dar besitos suaves en las mejillas mutuamente, hasta que ella llevó estos besos a los labios de él.
Las lenguas de ellos se funden en una especie de espiral, en un beso apasionado. Él demostraba experiencia en esto, parecía haberse dado besos con cientos de mujeres. Meritxell acabó levantándose un momento, interrumpiendo el interminable beso, para sentarse sobre las rodillas de François y continuar el interminable baile de lenguas dentro de las bocas.
Ahora las manos iban a lugares de los cuerpos de ellos que en un lugar público no se pueden tocar: los pechos de ella, la entrepierna de él... La semi-penumbra y la luz tenue del bar de copas les daba una cierta intimidad en su irrefrenable pasión. Meritxell y François parece que empiezan a resoplar, más que hacer el típico "mmmmmmh..." de cuando dos amantes se besan.

(CONTINUARÁ...)