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dimarts, 5 de juliol de 2011

TODO ACABARÁ BIEN... SI FUESE BIEN (Capítulo XIV)







CAPÍTULO XIV






Ya en su trabajo, pudo concentrarse en su labor de camarera, sin grandes problemas, y en su labor habitual, sirviendo cervezas, refrescos, etc.
Pero a las doce de la mañana llegó allá un cliente que no esperaba encontrarse en ese momento, y menos en el mismo lugar en que ella trabaja...
--¿Querría ponerme una cerveza? –preguntó aquel chico, con educación.
Judy se la sirvió en una jarra, como es habitual, pero al principio no se había dado cuenta de quién era aquel chico. Empezó a pensar que dónde le había visto antes...
¿Quién era? No se acordaba en un principio, como hemos dicho, pero... pero... ahora sí se acordaba de él. Sí, era Curtis Greene, el chico con el que había soñado la noche anterior. Y él también se acordaba de ella, aunque igualmente no se acordaba al entrar allá. La saludó.
--Hola...¿Tú eres Judy?
--Em... sí. ¿Y tú eres Curtis?
--¡Joder, te acuerdas! Sí, soy yo. No sabía que trabajaras aquí, joder. ¿Desde cuándo trabajas aquí?
--Dos años, tío. Se trabaja bien aquí, y me dan un sueldo de puta madre. ¿Y dónde trabajas tú?
--En una droguería de la calle 27 Oeste. Así puedo pagarme las clases de Arte Dramático. Me pagan bastante bien, tía.
--Muy bien. Ahora te dejo, que tengo que trabajar, y si mi jefe me ve parada, sin dar un palo al agua... Ya sabes –Judy se disculpó para no tener que hablar demasiado con un cliente, sobre todo si su jefe la veía en ese plan.
--Ya te entiendo. Ahora me tomo la cerveza y me piro.
--¿En dónde vives? –le preguntó Judy, de golpe.
--Al lado mismo de la droguería, Judy. En el número 14 de la calle 27 Oeste.
--Gracias, tío. Que lo pases bien. Voy a servir a ese tío que acaba de entrar –miró de reojo a un hombre gordo, con gafas y barba, que parecía un antepasado del cineasta Michael Moore.
--Adios.
Se dieron dos besos en las mejillas.
Como se imaginarán, Judy le preguntó su dirección para poder visitarle algún día, discretamente, claro...
¿Y Jarvis, cómo había pasado la noche? Igual que Judy. Sinmtió lo mismo cuando vio la película de Woody Allen, y luego, cuando se durmió, también soñó con la chica aquella, Kimmy McFarlan. Aunque su sueño fue algo distinto al de Judy en que no era exactamente igual, claro, pero el estilo digamos erótico era similar. Al principio, los dos se estaban bañando en una piscina, con los bañadores puestos (ella llevaba bikini), pero cuando se pusieron en plan de hacer jueguecitos eróticos, que eran besos y caricias mientras nadaban, se los quitaron, aunque no uno quitándoselo al otro, sino cada uno por su cuenta. Acabaron, evidentemente, nadando desnudos y haciendo el amor en un rincón de la piscina.
Se despertó igual que Judy, y también desayunó mal. Se encontraba muy chungo, y cuando fue a su trabajo, sus compañeras y compañeros le dijeron que tenía mala cara, que si necesitaba ayuda, etc. Él agradeció todo esto, pero pidió que no se molestaran en ello.
Mientras, Judy volvió a casa, y allí, Kathy se dio cuenta, le miró y pensó que algo le pasaba a su hermana. Y algo gordo. Se acercó a ella.
--¿Puedo saber qué te pasa, maja? –le preguntó, con suavidad.
--Nada, Kathy –contestó Judy de manera algo mecánica e indiferente--. Tengo un poco de dolor de cabeza, eso es todo, coño.
La última frase, taco incluido, la dijo algo cabreada, eso le pareció a Kathy. Ésta le quiso quitar importancia al aspaviento de Judy y, en plan jocoso y de complicidad, le dijo:
--Sí, ya, como que anoche tuviste un sueño muy guai, ¿no?
--¿Cómo lo sabes...? –preguntó semihorrorizada Judy, girando la cabeza hacía Kathy y abiendo mucho los ojos.
Kathy se sorprendió de la reacción de Judy. Pero permaneció tranquila y contestó a la pregunta:
--Tranquila, Judy. Es que anoche te oí mientras dormías, y te oía soltando jadeos.
--¿Jadeos...?
--Sí, jadeos. Como me dijiste hace tiempo, hacías que “El último tango en París” pareciera una película de monjas, como “Sonrisas y lágrimas”, creo que lo dijiste así...
--No, era “como una peli porno gay” –rectificó Judy.
Judy se quedó unos segundos callada, pensativa, y preguntó:
--¿Lo sabe alguien más?
--No, quédate tranquila, sólo lo sé yo. Ah, entre jadeo y jadeo hablabas de un tal Curtis. ¿Quién es ese tío? ¿Un compañero de curro?
--Em... –Judy intentaba ensayar la respuesta, como si fuera una de aquellas obras de teatro que tuvo que interpretar en sus clases de Arte Dramático—Es... es un chico que conocí anteayer... En la casa de George.

--¿Intentó ligarte, ó tú fuiste quien te lo ligaste...?
--No, Kathy, de eso nada. Hablamos tranquilamente todo el rato. Lo que pasa es que me he enamorado de él. Pero intentaré quitármelo de la cabeza, coño, quiero que lo sepas.
Judy, cuando se animaba ó quería resaltar algo de manera visceral, soltaba unos tacos a veces exagerados, pero era lo que le pasaba por la cabeza en ese momento para animarse y darse fuerzas.
--De acuerdo, Judy, veamos si puedes olvidarlo... –dijo Kathy, marchándose a su habitación. Cuando le dijo esto, no parecía muy confiada.
Judy, al día siguiente, volvió a su trabajo. Y casualmente aquel día Jarvis había decidido pasarse por allí, y le pidió a su novia, siendo ella camarera del bar, que le sirviera una bebida, que Judy le sirvió en el acto y con una sonrisa de oreja a oreja que se vislumbraba a miles de kilómetros. Ella le preguntó, mientras él degustaba la bebida:
--Jarvis, cariño, ¿no tienes nada que hacer ésta tarde?
--¿Eh...? –él parecía salir de un sueño, sumido en él mientras bebía tranquilamente--. No, cariño. Ya he trabajado bastante por hoy. ¿Por qué? ¿Quieres que vayamos al cine? ¿Ó a otro sitio?
--No, cariño. ¿Por qué no nos vamos a tu casa? Quiero que tengamos un rato tranquilos, sin nadie que nos mire, ni con gente alreredor.
--Ya entiendo, Judy. Podemos irnos cuando quieras, cuando acabes de trabajar.
--Así será, mi vida.
Judy quería acostarse con su novio, a ver si con aquello podía olvidarse definitivamente de aquel incordio en forma de chico guapo llamado Curtis Greene, que la noche anterior había vuelto a ocupar sus sueños. A Jarvis le sucedía lo mismo, y aquello también le venía dabuten para olvidarse de Kimmy McFarlan, que le acosaba en los sueños como una vulgar vampiresa, eso sí, irresistible. Respetaba tanto a Judy, que no quería que nada fastidiara su relación.
Cuando acabó ella de trabajar, salieron juntos y como cualquier pareja, cogidos de la mano. Parecían, no obstante, hacer esto con ansia, extrañamente. Cuando llegaron a la casa de él, acabaron haciendo el amor, pero ésta vez Judy había propuesto hacerlo en la bañera, primero de pie, dejando que el agua templada les cayese encima suavemente –el agua salía despacio--, y luego se tumbaron sobre el suelo de la bañera, mojados, haciéndolo todo apasionadamente, como si no se hubieran visto desde hace tres años. Había en ellos una pasión y una sinceridad en la manera de afrontar el acto sexual muy evidente, quizá por que no querían que todo aquello por lo que llevaban luchando desde hacía casi un año desde que se conocieron se estropeara.
Aquí, cuando hacían el amor tumbados, habían cerrado el grifo del agua. La bañera no era demasiado estrecha, sino un poco ancha, así que no echaron de menos la anchura de la cama, en la cual podían moverse mejor. Después de más de media hora, ó quizá unos cuarenta y cinco minutos, acabaron algo agotados, pero felices. Aquello fue, quizás, el polvo más espontáneo que les había salido.
Judy puso los brazos al borde de la bañera, soltando un suspiro bien largo. Miró fijamente al espejo del baño, viéndose reflejada en el mismo. Como vislumbrava que estaba despeinada, con todo el pelo mojado y revuelto como las pajas de una escoba vieja, intentó enderezárselo con las manos, pero sin conseguirlo. Jarvis, detrás suyo, que aun estaba tumbado sobre el suelo de la bañera, puso una mano, la derecha, sobre el hombro derecho de Judy, acariciándoselo suavemente. Ella sonrió como excitada a tope, soltando un suave jadeo, y le miró de reojo, para después girar la cabeza hacía él y hacerle una sonrisa encantadora, sin necesidad de abrir la boca. Luego, Judy le puso esa mano derecha sobre su pecho derecho, y acto seguido la izquierda sobre el pecho izquierdo. Jarvis comprendió la jugada y empezó a acariciarlos suavente, aumentando progresivamente el ritmo de dichas caricias. La expresión de la chica era de excitación en grado elevado. Se dieron un breve morreo. Mientras habían hecho el amor, intentaban comunicarse con cualquier cosa que les venía a la cabeza, y parecía que lo conseguían.
La rubia miró al chico, y le dijo, con dulzura en la voz:
--Jarvis...
--¿Sí...?
--¿Lo hacemos otra vez?
--Sí, podemos...
Y lo hicieron, ésta vez más suavemente, con menos pasión, pero igual de sincero. Dicen que segundas partes nunca fueron buenas, pero ahí Jarvis pudo aguantar más tiempo cuando la parte del coito. Ello lo agradeció mucho Judy.
Más tarde, después de haberse vestido, arreglado y cenado, se despidieron en la puerta de la casa, en la calle. Antes de abrir la puerta, volvieron a morrearse. Jarvis dijo:
--¿Nos vemos el fin de semana?
--¿En dónde?
--No sé... en un sitio en donde pudiésemos estar completamente solos, como ahora hemos estado.
--Ya lo pensaremos. Ahora me voy a casa. Adios, cariño.
--Adios, mi amor.
Se fue Judy a su casa, y al llegar a ella, Mallory, su madre le preguntó:
--¿En dónde has estado, hija? Hoy llegas tarde. Siempre llegas a las ocho, y ya son las nueve y cuarto.
--He ido a casa de Jarvis, Mamá. Hoy me apetecía estar con él, los dos solos.
La madre se fijó en que ella tenía el pelo mojado.
--¿Te has duchado allí, en su casa...? –preguntó Mallory, por éste detalle.
--Em... sí, Mamá –contestó Judy, con tranquilidad y una ligera sonrisa--. Hacía calor, y Jarvis me dejó que me duchara. No hay problemas entre él y yo.
--Yo no he dicho que los hubiera...
--¡Pues bien, no vuelvas a darme la barrila con ese rollo! –gritó Judy. Mallory se quedó sorprendida.
--Perdona, hija, no he dicho nada... –respondió, a modo de intentar arreglar la conversación, desembocada en una discusión bien desagradable.
Kathy, en aquel momento, estaba en su habitación y venía a la salita, acompañada como siempre de Tommy.
--Hola, Judy –le saludó--. Veo que ya has llegado...
--Gracias, Kathy. Veo que estais como siempre... tocándoos el culo –contestó la rubia, con uno de sus característicos comentarios plenos de sarcasmo.
Ello no gustó nada a su madre, que replicó:
--¡Judy! ¡No seas mentecata! ¿Por qué siempre le dices eso a Kathy y a su novio?
--Por nada, Mamá, ya sabes que ellos siempre se hacen lo mismo.
--¿Y qué, coño? Eso pueden hacérselo si quieren, pero no te burles, por favor...
--Joder, Mamá, no seas pureta.
--¿Pureta yo...? –gruñó Mallory--. ¡Te estás pasando, Judy! ¡Basta! –gritó severamente.
--No te enfades, Mamá –defendió Kathy a su hermana--. Judy es así, tampoco hay que exagerar.
--¿Siempre la defiendes cuando yo la riño...? –preguntó Mallory a Kathy con el mismo tono severo, pero ésta vez con algo de frustración.
--Mamá, no hay para tanto... –insistió la morena.
Más tarde, cuando ya era casi medianoche, se acostaron todos, para dormir, claro. Ésta vez, Judy no soñó con Curtis, y cuando se despertó se encontró más aliviada, sin el maldito dolor de cabeza de los últimos días. Aquello sólo había sido algo pasajero.
A Jarvis le costó más dormirse, y más olvidarse de Kimmy, pero al final consiguió ambas cosas. Pero algo así no puede olvidarse para siempre; cualquier cosa, por inocua que parezca, puede acabar por recordárnoslo.
Curtis Greene había dejado su dirección y teléfono a Judy, por si ésta quería acercarse por allá. Pero el chico veía que pasaba el tiempo y ella ni aparecía por su casa, así que acabó soltando algún taco despectivo contra ella y contra todas las mujeres, pero luego reflexionó con más calma y pensó que quizás no le había interesado mucho, que el poco interés que ella pudiera haber sentido por él se habría desvanecido en poco tiempo; eso pasa en muchas parejas que se conocen, que al poco tiempo ven que la atracción, simplemente física, que habían sentido el uno por el otro, se quedó en nada. Vamos, lo del amor a primera vista no siempre funciona ni dura demasiado.
A Kimmy no le pasaba lo mismo que a Curtis por que no se había parado demasiado a pensar en los chicos que vio en la casa de los Miravitlles. Ella, ahora, estaba más preocupada en su trabajo de guitarrista rockera, y con su afán de perfeccionismo, quería tocar mejor, no estancarse en aquella u otra manera de tocar su música.
Estaba Kimmy en un garaje de Newark, New Jersey, cerca de Nueva York, en donde ella reside. Hacía un rato que no conseguía pillar el estilo de una nueva canción recién compuesta que ahora empezaban a ensayar, pero en un momento dado se cansó, y con un gesto entre estar molesta y fatigada, dejó por el suelo su guitarra eléctrica.
--Ésta canción es difícil, Jonathan –le dijo al batería del conjunto, un chico con barba llamado Jonathan Reed, como queriendo excusarse.
--¿Difícil...? –le soltó Reed, sin inmutarse--. A mi sobrino Willie se la canté ayer y la pilló en pocos minutos. Kimmy, ¿qué coño te pasa? –le preguntó con cierta complicidad, aunque el tono soez de la pregunta haga suponer lo contrario.
--Perdona, tío, es que hoy me he debido levantar mal... lo digo por que tuve una pelea con mi novio Herbie y vamos a romper.
--¿Qué rompereis? ¡Ay, Kimmy, yo os veía siempre muy acaramelados! ¡Me dabais envidia! A ver, ¿qué coño ha pasado?
--Nada, que el gilipollas ya no me quiere como antes. No soy celosa, pero creo que se lo monta con otra.
--¡Vaya! ¿Y quién crees que podría ser esa...?
--No lo sé, tío, pero alguna vez le he visto con alguna manchita de carmín en la mejilla, mal limpiada. Me hice la distraída, pero está claro que yo no uso ese tipo de carmín...
--¡Vaya...! –Jonathan Reed soltó un suspiro--. Bien, Kimmy –continuó después de unos instantes--, ésta canción debemos tenerla bien aprendida. Recuerda que la semana que viene tenemos una actuación en Yonkers, Estado de Nueva York, que puede ser nuestra presentación para actuar en muchos más sitios, no sólo de éste Estado sino de toda la Unión.
--¿Estás seguro de que les gustaremos? –Kimmy trataba de cambiar de tema y ceñirse a su pasión, la música.
No obstante, no las tenía todas consigo en lo de triunfar en aquella pequeña ciudad, una de tantas del Estado del que forma parte la ciudad de Nueva York, cuya capital no es ella, sino otra, Albany, situada a 200 kms. de distancia, una costumbre habitual en la Unión norteamericana, el asignar la capital estatal a ciudades no muy grandes, en detrimento de las grandes ciudades tipo Chicago, Los Ángeles, Houston, San Francisco ó Miami. En España se ha imitado esto en algunas comunidades autónomas, caso de Galicia, Extremadura ó el País Vasco, cuyas capitales son ciudades no muy grandes como Santiago de Compostela, Mérida ó Vitoria, respectivamente.
Jonathan Reed, con su lenguaje habitual, le animó:
--Que sí, coño, que sí. Si tocas de puta madre. Les molaremos, ya lo verás.
Aun así, Kimmy seguía con una enorme expresión de desconfianza.
--Jonathan, siempre sueñas despierto. No me sueltes chorradas así.
--¿Chorradas...? No me jodas, tía –gruñó Reed, molesto.
--Es que a veces lo parece.
--El año pasado me decías que nuestra música iba a dejar en la miseria al Michael Jackson ese. ¡Y ahora me dices que...!
--El año pasado era el año pasado, Jonathan. No estamos en Disneyland.
--¡Disneyland! ¡Disneyland! ¡Con el asco que me da...!
--¡Ya está bien, Jon!

--¡Mira, Kimmy, estás depre por el hijoputa de Herbie! ¡Mejor mándalo a hacer puñetas! –reflexionó Jonathan Reed unos instantes para decir--: ¿Por qué no sales ésta noche conmigo? Conozco un sitio muy guai en donde hay unos chicos guapísimos e interesantes. Cualquiera podría ser guai para ti. Así podrás ligar con alguno de ellos y mandas a la mierda al Herbie de los cojones. ¿De acuerdo...?
--No sé... –respondió Kimmy, algo confundida, sin saber qué hacer a corto plazo, como repensándoselo--. Creo que necesito descansar un poco... y ya estoy harta de que todos los tíos me engañen. ¡Mierda! Ya he tenido varios novios que me han jodido igual...
--Bien, bien, tranquila, nena. Sé lo que sientes, pero... mira, cuando venga Jenny –Reed se refería a la cantante del grupo—ya hablaremos más de esto. Ella creo que te podrá ayudar, por que también es mujer...
--¿Y eso qué tiene que ver?
--Por que entre vosotras os ayudais mucho. Pero bien, Jenny te aliviará...
--¿Qué me aliviará? ¿En qué sentido lo dices, tío...? –Kimmy puso cara de desconfianza. Ella sabía bien que Jennifer Kowalski era lesbiana, y se temía que con la excusa de “aliviarla”, como dice Jonathan, intentara ligársela.
Jonathan Reed se daba cuenta de las dudas de su amiga e intentaba tranquilizarla.
--No, tranquila... quiero decir que las mujeres sabeis entenderos bastante bien, en vuestros problemas, que sabeis ayudaros, vamos... al contrario que nosotros, que nos metemos zancadillas continuamente... en fin, seguro que ella tiene el remedio para ti.
--Sí, un morreo. ¡Vaya remedio, tío! –comentó Kimmy, poniendo cara de asco--. Bien, déjalo... Ya me pondré mejor. Te agradezco tu interés, Jonathan.
--De nada, Kimmy...
Y se marchó, dejando allí a Kimmy sola. Ella estuvo pensando un rato, meditando sobre todo aquello muy profundamente, como un sabio reflexiona sobre los misterios insondables del alma humana. De vez en cuando tenía problemas personales tan complejos y difíciles como éste, pero ésta vez ya le preocupaba más. Y romper ésta vez con su pareja actual era más difícil de llevar a cabo que con las anteriores. ¿Sería el miedo a la soledad?
Llegó a su casa, y allí lo primero que hizo fue mirarse al espejo. Vio que tenía ojeras, no muy grandes, pero que le daban un aspecto poco agraciado. Por lo menos eso era lo que creía, dado que la mayoría de las veces se ve fea.
Se acordó de aquel chico tan guapo que conoció en la casa de los padres de George Miravitlles. Aún no se acordaba de él tanto como Curtis Greene de Judy, pero ella necesitaba encontrar algún chico para olvidarse lo más rápido que pudiera ser de su novio Herbie (ó exnovio)...
...Lo que deseó más tarde, cuando se fue a un bar, y allí vio, cuando entraba al lavabo, a una pareja besándose. Vio que el chico era el mismísimo Herbie, que se besaba apasionadamente en los labios con una chica morena muy guapa. A Kimmy le dio asco lo que veía, pero de golpe, en vez de entrar allá y darles una patada en el culo, decidió acercarse a la barra y decirle al camarero:
--Por favor, camarero, una jarra de cerveza.
--Ahora mismo –contestó el camarero. Tenía un aspecto a lo Arnold Schwarzenegger muy evidente, aunque un Schwarzenegger de cuarta categoría, algo caricaturesco. Le miraba a ella de una manera que parecía que intentaba ligársela, ya que contestó “ahora mismo” con una sonrisa en la cara harto sospechosa, y que no pasó inadvertida a Kimmy.
Ella, claro, no hacía caso. Como el camarero parecía estar más atento en el cuerpo y los pechos de ella que en servirle rápido la cerveza, ella se impacientó y le dijo, con voz severa:
--Venga, tío, ¿no piensas más que en tetas y culos? Venga, dame esa cerveza, joder, que hoy no me apetece follar con nadie.
--Vale, tía –el camarero borró su sonrisa de dentífrico barato y la cambió por una expresión terrible, de matón de discoteca cabreado. Ello debía de darle algo de miedo a Kimmy, pero ella no hizo caso; ya está acostumbrada a bregar con gente así.
Le dio la jarra, y se dio media vuelta, con un desprecio nada disimulado. Aprovechando que ella no le veía, gruñó para sí mismo, entre dientes, a lo Marlon Brando:
“¡Lesbiana...!”
Kimmy cogió la jarra de cerveza, la típica que se sirve para éstos casos, parecida a la que se sirve en los “pubs” al estilo británico, y abrió la puerta para acceder a donde estaban Herbie y la chica morena con la que estaba. Casi sin que ellos se dieran cuenta, ó al menos antes de que pudieran reaccionar, Kimmy dejó caer la cerveza encima mismo d ellos, en cascada, justo en el momento en que ellos se estaban no solamente besando en los labios sino acariciándose por todo el cuerpo, él tocándole los pechos a ella y ella tocándole el culo, metiendo prácticamente la mano derecha por dentro de los pantalones y la izquierda acariciándole los genitales.
La inesperada ducha les dejó no sólo asombrados sino con la sensación de haber sido pillados “in fraganti”, como dos adolescentes pillados en la cama por sus padres cuando éstos regresan inesperadamente a casa. No sabían entonces qué hacer con las manos que tenían entretenidas en ciertas partes del cuerpo de la otra persona.
Entonces, Herbie pudo divisar a su novia. Aparte de la típica reacción tipo desear “tierra, trágame”, no sabía bien qué excusa podía poner...
--¡Kimmy...! –gritó.
Era casi lo único espontáneo y creíble que le salía del alma.
La chica morena tampoco sabía cómo actuar, aunque ella no sabía nada de que aquella chica fuera la novia del chico con el que estaba haciendo ya algo más que unos simples morreos de enamorados.
--¡Kimmy...! –volvió a decir Herbie, y ésta vez añadió al nombre de su novia--: ¿No te creerás que yo...?
--¿Creerme qué, Herbie? –preguntó Kimmy con indiferencia.
--¿Quién es ésta tía, Herbert? –preguntó ahora la chica morena, que claro, no conocía de nada a Kimmy.
--Como se dice en las pelis, tía –le contestó Kimmy--, soy su novia. Y no me digáis nada. ¡Me piro! ¡Que os follen!
Y acto seguido, se fue de allí. Fue hacía la barra, dejó allí la jarra ya vacía, pagó la cerveza y se fue a la calle, con pasos rápidos.
Aunque no lo parezca, se fue tranquila y con la sensación de haberse quitado un peso de encima. Si no fuera así, ella habría literalmente estallado.
Al llegar a su casa, pensó que si hubiera más hombres dedicados a la prostitución, ó más “putos”, como ella los llamaba, hubiera acudido a uno de ellos y se hubiera acostado con él, aunque tuviera que pagar, claro. Así se olvidaría de Herbie, que ahora, con su traición besándose con otra, ya podía dar por acabada su relación con Kimmy.
Ese pensamiento de acostarse con un prostituto fue sólo momentáneo, ya que total sólo duraría hasta que se acabara el tiempo del servicio sexual, claro. Entonces, Kimmy pensó en intentar ligarse a alguno de sus amigos; así, comenzaría una nueva relación amorosa.