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dimarts, 5 de juliol de 2011

TODO ACABARÁ BIEN... SI FUESE BIEN (Capítulo XX)












CAPÍTULO XX



Cuando Judy llegó a su casa, todos allá estaban celebrando algo, que Judy no se acordaba en ese momento qué era.
--¿Qué pasa aquí? ¿Me he perdido algo? –preguntó.
--Hoy es el cumpleaños de Mamá, ¿no te acordabas? –contestó Kathy, que entró en la salita portando una tarta.
Judy puso cara de espanto. ¡El cumple de su madre y se le había olvidado! Miró el reloj y observó que ya era demasiado tarde para ir a comprar algo, ya que la mayoría de los sitios estaban cerrados.
--Eh, Mamá, felicidades... –se acercó a su madre y le abrazó. Con cara de vergüenza se disculpó--: Perdóname, Mamá, que no te haya comprado nada. Hoy hemos tenido mucho trabajo, tuve que sustituir a una compañera de trabajo, ocupando su turno –se inventó una excusa. Mallory, claro, no sospechó que aquello no era más que una trola, una mentira piadosa, digamos.
Mallory aceptó la excusa, por si no lo han adivinado.
--Te entiendo, hijita –le dijo, con ternura maternal y una sonrisa del mismo estilo.
--Y... ya te compraré algo, Mamá.
--Tranquila, no hace falta. Tengo bastante con los regalos de tus hermanos y de tu padre.
--¿Qué son?
Se los mostró. Eran un libro de Historia Universal de la Pintura, regalo de Ralph, el padre; una camiseta ligera para llevar en verano, regalo de Kathy; y una figurita de un soldado de la Unión que combatió en la Guerra de Secesión americana, regalo de Ralphie. Éste último regalo, aunque no lo dijo, le desconcertó un poco, pues no parecía demasiado adecuado para ella. Pero se lo agradeció, igual que a su marido y a su hija Kathy. Judy aprovechó nuevamente para disculparse por no haberle comprado nada.
--Te compraré algo mañana, Mamá, te lo prometo –volvió a decirle Judy, impertérrita.
--Bieeeeen, de acuerdo... –contestó Mallory, convencida y deseando que su hija parase y dejase de machacar con el mismo tema, que se había convertido para ella en una obsesión--, cómpramelo mañana, lo que quieras...
Al día siguiente, al levantarse de la cama, Judy se arregló para ir al trabajo. Kathy, cuando ya estaban desayunando, se fijó en su hermana, y como siempre es muy intuitiva, notó que su hermana ya no estaba tan deprimida como hacía poco.
--Ésta debe de haberse ligado a alguno –pensó e intuyó, fijándose en la sonrisa que se vislumbraba en sus labios, aparentemente disimulada por Judy.
Judy notó que su hermana parecía sospechar algo de ella, al mirarla disimuladamente de reojo.
--¡La jodimos...! –exclamó para sí misma, como irritada--. Ésta Kathy de los cojones ya debe sospechar que ya no estoy tan sola.
Kathy no pudo resistirse y le preguntó a su hermana, en una voz no muy alta y con alta dosis de complicidad entre hermanas:
--Judy, ¿te has ligado a algún chico?
La aludida no se dejó intimidar y puso en práctica sus dotes de estudiante de Arte Dramático.
--Qué morbosa eres, hermanita –le contestó--. Siempre pensando lo mismo... Como tú estás demasiado tranquila en tu relación con Tommy, que es tan tranquila que te debe de parecer más aburrida que una operación de álgebra, tú quieres que yo tenga algún jaleo.
--Ya, pero no me cambies el tema. ¿A quién te has ligado?
Judy pensó en un momento en decir que no ó decir que era cualquier otro chico que no fuese Jarvis, pero decidió ser valiente y contestar:
--He vuelto a ver a Jarvis.
Lo hizo en voz baja. No quería que nadie más lo supiese. Y sobre todo que su madre estaba en el cuarto de baño arreglándose. Dicho cuarto de baño no estaba demasiado lejos, y le aterraba la posibilidad de que se enterase. Tenía en el fondo más confianza en Kathy.
Y Kathy puso una cara de extrañeza, cosa obvia al oír que su hermanita había regresado a los brazos (y a la boca, y al cuerpo, y al miembro, y a todo lo que tuviera) de su ex novio.
--Mierda, lo sabía –dijo, con la suficiente entereza para que no le oyera nadie más que Judy.
Pasados unos segundos, retomó el tema:
--¿Cómo lo conseguisteis...?
--Pues yo le echaba de menos y le fui a ver a su casa.
--¿Y vosotros lo hicisteis...?
--Sí.
--Oh.
Las respuestas de Judy fueron seguras, sin temblar. Finalmente dejó de tener miedo y se lo soltó así, de sopetón, a Kathy. Sólo con ella tenía la suficiente confianza para ello. Con su madre sí que tendría reparos y un miedo atroz.
Kathy decidió no preguntar más sobre el tema. Judy ya se sentó a desayunar, y el tema se quedó olvidado hasta la próxima vez que alguna de las dos hermanas decidiera retomarlo.
Más adelante, Judy se reencontró con Jarvis, y querían irse al cine. Pero más tarde, cuando ya estaban en casa de él los dos solos, se encontraron con un problema, que si no era uno de los dos quien lo tenía, lo tenía el otro: tenían algo de desconfianza en sí mismos, acordándose nuevamente de aquel fracasado “ménage-à-quatre”.
Desconfianza, pues, de volver a fallar de nuevo, de hacer el idiota, de... bien, ahora era Judy quien tenía miedo de fastidiarla otra vez.
--¿Qué te pasa, Judy? –le preguntó Jarvis, atento a sus muecas.
--No sé... –respondió ella—En algunos momentos, no me siento segura...
--¿Segura de qué?
--De fallar, de que todo esto se joda de golpe... Ahora, ni tú ni yo nos sentimos tan seguros de nosotros mismos como cuando nos conocimos.
--¡Y una mierda! Conozco a parejas que han estado a punto de acabar peor que la de “El último tango en París”, y luego han acabado bien. No seamos paranoicos, Judy.
--No quiero serlo, Jarvis. Pero recuerda que no somos ni Marlon Brando ni Maria Schneider...
--Y tú no jodas, con perdón. Era sólo un ejemplo...
Así estuvieron un buen rato. Pero ahora cambiemos a unos días más tarde, y nos los encontramos después de haber discutido nuevamente.
--¡Parece mentira –decía ella, furiosa— que seas tan débil, tan infantil!
--¿Y qué...? Nadie es perfecto. Yo nunca presumí de ser un tío fuerte, varonil e invulnerable, coño. ¡Y tú eso lo sabías bien! ¡Que te lo dije un montón de veces! ¿Es que siempre mitificas a todo el mundo, y cuando ves que no es como te creías, ya no te gusta...?
--¿Yo...? Sí, muchas veces, coño... pero tú también. A veces parece que prefieres que yo lo arregle todo, que yo sea la que te saque las castañas del fuego, por que como yo soy una mujer yo puedo resolverlo mejor. Me parece que vosotros los tíos preferís dejarnos a nosotras los problemas, con la excusa de la igualdad de derechos, la igualdad de sexos y todas esas paridas...
--¡Eh, eh, no me sueltes ahora un discurso! Mira, Judy, sé que hemos cometido errores, que los he cometido yo y que los has cometido tú, pero... ¡Pero, coño, que esto se nos ha ido de las manos! ¿No será que aun no estamos preparados para vivir juntos, para tener una vida en común?
--¿Qué coño dices...? ¿Ahora te lo planteas? ¡Si hace casi un año que nos conocemos y ahora es cuando te preguntas que si estamos ó no preparados para vivir juntos! ¡Podrías habértelo planteado antes de acostarte conmigo, ó planteártelo unos días después, cuando nuestra relación ya era una realidad y no una aventura sexual de una noche! ¿Ó es que entonces sólo querías eso, un polvo conmigo y ya está?
--¿Un polvo...? –Jarvis no entendía bien a qué venía esa pregunta--. ¡A cualquier persona, hombre ó mujer, de vez en cuando le entran ganas de eso!
--Vaya, muy gracioso –dijo Judy, en tono sarcástico--. Ó sea, que entonces sólo querías joder...
--No exageremos, Judy, que nos estamos yendo por los cerros de Úbeda, como dicen en España. En aquella noche habíamos bebido mucho champagne, y eso es un afrodisíaco bastante potente. Mucha gente, después de beberse eso, acaba montándoselo. Nadie puede evitarlo.
Para unos momentos. Como Judy no contesta, ó a simple vista no parece que vaya a hacerlo, continúa con su discurso:
--Y no te olvides de que juntos hemos pasado muy buenos momentos, Judy. En cualquier sitio en donde hemos estado, tanto en Nueva York como en Barcelona. ¿Con los otros chicos con los que estuviste antes que yo no tuviste también buenos momentos?
--Sí, sí, también, claro... Pero no te quites culpa, tío.
Volvieron a callarse. Ésta vez parecía que era Jarvis quien no sabía cómo responder a la última frase de la rubia.
Finalmente ella rompió el silencio.
--Jarvis, he pensado...
--¿El qué?
--¿Por qué no nos separamos...?
--¿Qué...?
Jarvis miró fijamente a Judy, pensando que bromeaba. Y para él era inconcebible mezclar unan broma en un momento tan dramático como aquel, ya que creía que ella bromeaba. ¡Su relación amorosa, que desesperadamente intentaban salvar con aquel nuevo intento de retomarla, y ella le sugería que se separaran de nuevo!
--¿Separarnos...?
El chico abrió mucho los ojos, aunque sin exagerar, sin parecer teatral.
--Me refiero –dijo finalmente Judy —a dejar de vernos durante algún tiempo, buscarnos otra pareja, y quizás cuando pasen... eh... –meditó lo que iba a decir después, durante unos segundos—dos ó tres meses, podremos volver a vernos... eh, a estar juntos...
--¿De verdad tenemos que mandarlo todo a la mierda... por algún tiempo? –preguntó Jarvis, casi deprimido, con una expresión en su rostro a punto de llorar desconsoladamente, una expresión terrible, que puede conmover a la persona más dura de carácter.
Judy se daba cuenta de ello, y lógicamente estaba debatiéndose en su interior por si hacer caso a aquellas miradas suplicantes de Jarvis ó bien continuar con sus propósitos de dar quasi carpetazo a su relación amorosa que naufragaba sin remedio.
--Sí, cariño –empezó a decir ella--. No será para siempre. Verás: yo recuerdo que cuando estuvimos en Barcelona escuché una emisora de radio local, una que emitía para toda España, un programa en donde hablaban de los celos: una mujer precisamente ahí contaba que era muy celosa y que tenía tantos celos de su marido que lo espiaba en cualquier sitio en el que él estuviera. Como ella veía que el marido era fiel, que no se lo montaba con ninguna otra mujer salvo con ella misma, ella volvió a su casa tranquila. Pero hete aquí que se encontró al marido y a la criada allí, en la salita de su casa, en pelotas...
--¿Y eso qué tiene que ver con nosotros? Nosotros no tuvimos celos entre nosotros ni siquiera cuando el “ménage-à-quatre”.
--No he acabado. Después, el marido se fue de allí para vivir con la asistenta, unos cuatro meses. Y la esposa, mientras tanto, vivió con otro hombre. Pasado un tiempo ya se reconciliaron y volvieron a vivir juntos. No sé, tío, si esto podría servirnos a nosotros, pero hace falta separarnos un poco, que ahora no confiamos nada el uno en el otro por lo que ya sabes.
--Qué mierda. Qué remedio –opinó Jarvis, con aparente indiferencia.
--¿Y qué coño podemos hacer, dime? –estalló Judy--. A muchas parejas les ha pasado. Todavía no somos maduros, tío. Mira, desde ahora haremos nuestra propia vida, cada uno por su lado. De vez en cuando nos telefonearemos. ¿Te parece bien así?
--Em... –Jarvis meditaba mucho la respuesta a aquella cuestión que no sabía de ninguna manera cómo contestar correctamente— No sé... esto no es tan fácil, Judy. Podemos separarnos, pero... ¿y si encontramos a una nueva pareja más interesante, que nos mola de verdad que ahora tú y yo, y ya no queremos dejarla nunca, con lo que lo nuestro se habrá acabado por siempre jamás? ¿No crees que hacemos una chorrada, que esto es como un suicidio para nuestra relación?
--Quizá lo sea, Jarvis, pero así como estamos ahora tampoco podríamos durar mucho. Si continuamos, ó nos tiraremos los trastos a la cabeza ó algo peor.
--Coño, tía, hemos visto demasiados novelones de la “tele”...
--¿Y qué? Todos decimos chorradas.
Sí, como cualquier pareja ó cualquier persona, ya dicen muchas chorradas, así que no esperen frases brillantes, caray.
Digamos que luego decidieron separarse, pero antes de despedirse, se dieron un morreo bastante largo, un beso de despedida, pero que querían que durara lo más posible. Más de un minuto estuvieron morreándose, con una pasión que parecía no tener fin. Utilizaron en ello muchas técnicas del beso, como el “beso explorador”, el “beso rítmico” y otros que sólo conocen los expertos en la materia.
Después de haber disfrutado el mayor tiempo posible de quizás la última ocasión de sentir amor y placer con Jarvis, que ya no podrá haber ninguna más, probablemente, Judy salió a la calle (claro está, a ver qué querían ustedes).
Cuando llegó a su casa, su madre Mallory le preguntó:
--¿Aun sigues pensando en Jarvis, hija?
Judy se quedó parada por lo inesperado de la pregunta. Su madre había intuido que era eso lo que le preocupaba, que se le reflejaba en el rostro, pese a su tranquilidad, más de alguien que ya está resignado a que ocurra lo inevitable que a alguien que finge encontrarse bien y en calma.
--Un poco sí todavía, Mamá –contestó finalmente ella a su madre.
--Hay muchos chicos por ésta ciudad, por todo el país y por todo el mundo a los que les encantaría estar contigo, hija –le dijo Mallory dulcemente, a la manera típica de cómo una madre intenta animar a su hija.
--Gracias, Mamá.
--Y que les encantaría también follar contigo...
--¡Mamá, cada día sueltas más tacos! –se sorprendió Judy.
--Huy, si oyeses los que soltamos tu padre y yo... –dijo Mallory, queriendo tener una especie de complicidad con su hija.
La cuestión es que después de la inesperada respuesta materna, madre e hija empezaron a reírse. Eran risas absurdas, quizás, pero expresaban el intento de ambas de hacer que lo pasado, pasado y pelillos a la mar, como dicen los españoles. Intentar continuar con la vida normal y olvidarse de malos rollos y malos momentos, al menos por parte de Judy. Olvidar la finiquitada relación sentimental con Jarvis, que fue maravillosa pero que ya no podía dar más de sí.
Más tarde, Judy se lo contó todo a Kathy, que pensaba al principio que todo aquello sólo era una broma, una “parida” de su hermana. Pero al ver su tono tranquilo y de absoluta naturalidad al decirlo, se dio cuenta de que aquello no era ninguna “parida”, sino que era cierto.
La miró con ironía y le preguntó:
--¿Qué coño me sueltas, tía...?
--Ninguno, Kathy. Jarvis y yo hemos decidido dejarlo, “plegar”, como decían en Barcelona, y continuar cada uno por nuestro lado.
--¿Y por eso pareces tan contenta...? ¡Caray, tía, creía que estarías tan deprimida que ó bien acababas en el diván del psiquiatra, como una Woody Allen cualquiera en versión femenina, ó que te colgarías del primer pino que encontrases!
--Eso se lo dejo para él... ¡No, no lo diré! –iba a soltar el nombre de un personaje importante de la vida política estadounidense del momento, pero prefirió no decirlo... por si acaso.
--Bien, ¿cómo se ha quedado Jarvis? –preguntó Kathy.
--Igual que yo, Kathy. Parecía que él y yo no podíamos durar juntos mucho tiempo, y decidimos cortar ya. Ahora iremos cada uno por nuestro lado, tendremos nuestros ligues...
--Sigo sin tragarme esto, tía –opinó Kathy, con cara de desconfianza.
--Pues trágatelo –sentenció tajante su hermana.
No es que estuviera disconforme con la incredulidad de Kathy, pero no tenía ganas de discutir con ella sobre aquello, un tema demasiado doloroso para ella, que era mejor olvidarse totalmente de él.