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dimarts, 5 de juliol de 2011

TODO ACABARÁ BIEN... SI FUESE BIEN (Capítulo XVI)







CAPÍTULO XVI





Primeros días de Noviembre.
Las hermanas Raines habían ido con sus novios a una bolera. Las dos chicas consiguieron buenas puntuaciones, con varios “strikes”. Tommy consiguió uno, siendo aplaudido por su novia y por los demás.
--¿A que no lo consigues otra vez? –le desafió Kathy.
--Por supuesto –contestó él.
Pero ésta vez no lo consiguió. Se cabreó un poco.
--¡Mierda! –gruñó.
--Tranquilo, Tommy, que los tíos no sabeis perder... sobre todo si os enfrentais con una mujer –dijo Kathy, con lucidez.
--¡Qué inteligencia...! –ironizó él.
--De aquí podría sacar un buen discurso moral y trascendente, pero no hace falta, tíos –dijo Judy--. La situación es tan absurda que no hace falta.
Cachondeándose los unos a los otros durante todo el rato pasaron la tarde, que recordemos que era un Sábado del primer fin de semana de Noviembre. Ahora mismo están más juntos que nunca, aunque no sabemos mucho de Tommy y Kathy, que como en ésta novela son personajes secundarios y no tienen mucho peso en la narración, no estamos tanto en el día a día de ellos mismos... y podrían asimismo tener muchos problemas.
Por ejemplo, un día, cuando Kathy escuchaba una canción de aquellas del rock en catalán que se trajo de Barcelona y la bailaba con un amigo de su conjunto musical que le pedía que le tradujera la letra de dicha canción al inglés (él no entendía ni el catalán ni el español), Tommy llegó a coger celos de aquel chico, llamado Jerry Wright, que es guitarrista. Le parecía que ella y Jerry estaban demasiado “enrollados”.
--¡Qué chorrada! –opinó Kathy, como era de esperar--. Jerry y yo sólo bailábamos esa canción. No hay nada de malo. Y no me atrae ese chico.
--¡Le has mirado...! –gruñó Tommy.
--¿Ves...? Ya te ha venido esa forma de ser machista.
--No me salgas ahora con demagogias feministas, Kathy. Esto no tiene nada que ver con eso.
Estás seguro...? Tommy, que eso que me dices no te lo crees ni tú mismo. Tienes unos celos que...
--¡Venga ya...! Vosotras las tías siempre teneis que ser unas santas y unas mártires, y los tíos, siempre unos gilipollas ó los malos de la peli.
--¿Pero qué coño le sueltas...? –les preguntó Jerry Wright, que había presenciado, sin que se dieran cuenta, toda la discusión. Y al ver que iba sobre él, primero se sobresaltó y luego decidió intervenir para defender su absoluta inocencia. Primero les escuchó como si estuviera en un partido de tenis, girando la cabeza a quien estuviera hablando en ese momento. Y finalmente ensayó mentalmente la respuesta, que fue--: Os comportais como dos gilipollas, y perdonadme... Bueno, sólo Tommy parece gilipollas... Yo no tengo nada que ver con Kathy, Tommy. Sólo somos amigos, además de compañeros del mismo conjunto musical. Y no tengas miedo, que a tu Kathy no te la tocaré más, que yo sólo toco a mis guitarras, je, je...
Kathy rió por lo bajinis el chiste no muy afortunado de Jerry, y por si acaso, se tapó la boca inmediatamente. Tommy no rió nada, claro. Además, él frunció el ceño, no por celos, que había comprobado que eran infundados, sino por que había hecho un ridículo que no se le olvidaría en la vida.
Y más tarde, Tommy se enteró de que Jerry tenía inclinaciones homosexuales, así que ya no tuvo más celos de él... aunque aquí Kathy, después, sospechó que Tommy también podría tener algo de dichas inclinaciones sexuales, por que parecía que tenía una cierta camaradería con Jerry. Aquí, mejor que pasemos a otras cosas...
Volvamos con Winnie y Arthur, que cada uno preparaba algo distinto, ella una nueva película que dirigiría y él otra que interpretaría. Arthur había vuelto a Nueva York y llevaba vídeos con gente de Milwaukee (Wisconsin), desde su gente más típica y tópica hasta la que no lo era tanto. Así quería aprenderse bien la manera verdadera de comportarse de sus habitantes, sus gestos, sus gustos, su idiosincrasia, etc.
--¿Crees que así conseguirás meterte bien en tu papel? –le preguntó Winnie, quizás una pregunta tonta, demasiado obvia, pero ocurría que ella veía que en los vídeos salía un tipo de gente demasiado pintoresca para que fuera la representante típica de las gentes de una ciudad como Milwaukee, Wisconsin. Eso es algo que Winnie siempre ha tratado de evitar: los lugares comunes que no tengan que ver con la realidad.
--No, Winnie, estás muy equivocada. Éste es el primer vídeo que me han dado, y aquí sale gente de Milwaukee que es muy peculiar, pero no es su mayor representante. Y así quiero formar mi papel, con todos los puntos de vista posibles. ¿No has hecho lo mismo para tu película sobre los hispanos?
--Eh, sí, tienes razón, cariño, perdóname –dijo ella, cariñosa y haciéndole caricias con la mano por el cuello--. Estoy algo nerviosa, por que quiero hacer algo bueno de verdad, que guste a todo el mundo, pero en éste jodido país, en éste jodido mundo, eso será un milagro.
--Anda, maja, no te pongas pedante.
--Perdona, tío...
Dejaron de hablar e hicieron “otra cosa”. Ya saben: morrearse, etc. etc.
Mientras ellos preparaban sus respectivos trabajos, han pasado varios días...
Curtis Greene no lo ha tenido tan fácil ni tan tranquilo ó romántico como Winnie y Arthur. Tuvo una fuerte discusión con Jacqueline Forrest.
--¡Jackie, eres una hija de puta! –gritaba él.
--¡Y tú un gilipollas! –gritaba ella.
--¡Guarra!
--¡Asqueroso!
--¡Puta!
--¡Y tú un hijo de la gran puta!
Después de soltarse epítetos tan “finos” como estos, se separaron. ¿Qué había pasado, si todo parecía ir bien? Pues que él empezó a comportarse con ella como si fuera de su propiedad, ya que Jacqueline prefiere plantearse la vida a su manera, aunque a él no le gustase. Además, él ya parecía haberse cansado de ella y quería ligarse a otra chica (aun se acuerda de Judy)...
Cogió una cerveza y quiso bebérsela de un trago, pero estaba caliente, ya que había olvidado meterla antes en la nevera y por lo tanto estaba a temperatura ambiente. La escupió con una mueca evidente de asco. Sin exagerar. La dejó sobre la mesa, mientras se limpiaba los labios con la mano de los restos de la bebida, y después de aquello decidió dejarse de lamentaciones sobre su fracaso con Jacqueline Forrest.
--Tendré que ir otra vez al bar en donde trabaja Judy Raines e intentar ligármela. Y me importa una mierda que su novio me la corte –se dijo, con determinación. Ya no le importaba nada, no tenía nada que perder. Así sienten algunos la vida, cuando no les va tan bien como querrían.
Y salió a la calle, queriendo ir al bar, pero hete aquí que no había caminado mucho y vio pasar a una chica que él creyó que era Judy. Pensó en llamarla, en decirla hola, pero como no estaba muy seguro de que fuese ella decidió seguirla sin que se diera cuenta.
Judy, que efectivamente era ella la chica de marras, iba a su casa, y Curtis supo así en dónde residía. Ella no se había dado cuenta de que alguien la siguiera, y menos que fuese Curtis Greene.
Aquí, mientras caminaba, Judy pensaba una de sus reflexiones con chiste:
--Mi madre podría cabrearse si yo le dijese que para el Día de la Madre podría regalarle un vídeo de “Psicosis” de Alfred Hitchcock. ¡Ja, ja, ja...!
Después entró por el portal, riéndose ella sola de su propio chiste. Curtis continuó siguiéndola con la mirada. Él también entró en la casa, discretamente. Después de saber y asegurarse en qué piso vivía, él se marchó del edificio.
Al día siguiente él salió de su trabajo, volvió a la calle en donde vive Judy. La vio pasar por la acera de enfrente de donde estaba él y decidió cruzar la calle para encontrarse con ella frente a frente.
--Hola, Judy –le dijo, emocionado.
--¿Eh...?
Ella se quedó desconcertada. ¿Quién era ese hombre?
--Soy Curtis Greene, ¿no te acuerdas? El tío al que conociste en el bar –dijo él, algo tímido, temiendo haberse presentado ante ella de manera inadecuada, como si fuera un psicópata ó un acosador sexual.
--Ah, hola, Curtis... no me acordaba –contestó ella, aliviada al saber quién era--. ¿Salías ahora de tu trabajo?
--Sí, Judy. ¿No tienes nada que hacer ahora?
--No.
--¿Podemos subir a tu casa...? –se atrevió Curtis a hacer éste tipo de preguntas.
--Bien –contestó ella.
--¿Bien...? ¿Eso es que sí?
--Sí, Curtis, podemos.
Sucedía que Judy había respondido sin mucho entusiasmo, y Curtis no pensaba que ella quisiera subir a su casa acompañada de él. Al aclararse esto, subieron juntos.
Al entrar en la casa, los vio llegar Mallory, la madre de Judy. Les preguntó:
--Hola... ¿Quién es, Judy? ¿Un amigo tuyo? –y señaló al chico con el dedo índice.
--Sí. Se llama Curtis, y quiere ser actor.
--Ah, muy bien. Hola, Curtis. Soy la madre de Judy.
--Encantado.
Entraron en la salita y allí estaban Ralph, el padre, Tommy y Kathy.
--Hola, Judy –saludó ésta última--. ¿Quién es...? ¿Un amigo?
Kathy también le señaló con el dedo. Judy contestó como en la conversación breve con su madre.
--¿Y tú... cómo te llamas? –le preguntó Curtis a Kathy.
--Kathy. Soy la hermana de Judy, y éste –señaló a Ralph—es mi padre.
--Gracias –contestó Curtis, dándole la mano a Ralph.
--¿Y Jarvis dónde está, Judy? –preguntó Ralph a su hija.
--Trabajando, Papá. Me encontré con Curtis aquí abajo, en la calle.
--¿Vives por aquí? –preguntó ahora Ralph al chico.
--En el número 14 de la Calle 27 Oeste.
--Vaya, muy bien. ¿Y eres actor?
--Sí, trabajo en... bien, todavía estudio Arte Dramático, pero trabajo en una droguería... Dicen que... que quizás tengo talento para ser actor.
--Puedes sentarte, Curtis –Ralph le ofreció sentarse en el sofá de la salita.
--Gracias, no quiero molestarles... –dijo Curtis, educadamente.
Etc. Etc. Etc.
Luego hablaron durante un rato, hasta que el chico tuvo que marcharse a su casa.
Antes de irse, Judy y él se despidieron en la puerta, ya que ella se quedaba en casa. Ella, de repente, se le quedó mirando y le dijo, en voz no muy alta para que sus padres no le oyeran:
--Curtis, quiero follar contigo...
--¿Qué dices, Judy...? –preguntó él, que no parecía haber entendido bien aquella proposición.
--Eh, perdona... ¿Mañana tienes algo que hacer? –dijo ella como algo compungida, sin saber por qué le estaba diciendo aquello.
--No... –contestó él finalmente.
--¿Nos encontramos en tu casa? –se atrevió a decirle Judy.
--Em... sí...
Hablaban muy bajito, por si acaso, por si les oyese algún vecino ó alguno de los parientes de Judy. ¿Pero ya habían quedado para encontrarse en la casa de él muy pronto? ¿Y por que Judy había aceptado por que le había dicho que sí y que quería montárselo con él? Por que Judy, a pesar de los intentos de días anteriores, no había podido olvidarse completamente de Curtis.
Por ello, al día siguiente, aprovechando que Jarvis aun estaba trabajando, Judy se fue a la casa de Curtis. Subió al piso correspondiente y él le abrió la puerta.
--Hola, Judy.
--Hola, Curtis.
Se dieron besos en las dos mejillas, en forma de saludo.
--Pasa.
--Gracias.
Éstas dos últimas palabras las dijeron en forma algo tímida, pero a la vez cariñosa e insinuante.
Luego acabaron como imaginarán todos ustedes, y en el sitio habitual para éstos casos. Empezaron todo como se lo imaginaba Judy, ya contado detalladamente en otro capítulo de ésta novela. Aun así, la relación sexual fue rápida, apenas veinte minutos, ya que ella tenía que regresar rápidamente a su casa, pero casi ni se dieron cuenta de lo que hacían durante esos veinte minutos al ser todo tan rápido.
Pero se les veía caras de satisfacción, de placer.
--Coño, nos ha salido fantástico –opinó Judy, secándose el sudor de la frente con la mano izquierda.
--Me alegro –dijo Curtis, que siempre había sido, en el fondo, un poco fanfarrón, mientras fumaba un cigarrillo.
Judy ponía una cara extraña, dándole la espalda, mirando fijamente la ventana, que tenía las persianas bajadas. Parecía preocupada.
Más tarde, estando ya en la calle y volviendo a su casa, ella seguía exactamente igual. Consiguió disimular ésta preocupación ante Curtis, con sonrisas difíciles de fingir pero que él se las creyó, queriendo aparentar que estaba bien satisfecha, algo que no era nada cierto.
--¿Pero qué coño estoy haciendo...? –se decía a sí misma, como maldiciéndose--. ¡Debo de estar con Jarvis, no con otro! No quiero decir que pertenezco a Jarvis, que no es verdad, ya que somos pareja, pero no esclavos uno del otro... Pero... ¡mierda! ¡Si el amor libre pudiera ser bien visto, podría follar con los dos a la vez, ó con uno primero y con el otro después! Pero se pondría celoso y...
Judy reflexionó y meditó mucho sobre esto, e incluso pensaba que ella no pertenecía a nadie, que ella creía en el amor libre, sobre todo cuando alguno de sus ex novios había querido poseerla demasiado... pero que esto es demasiado complicado. Se acordó de una película, “Un amor de verano”, en la que una chica y un chico pasaban unas vacaciones en una isla griega, y allí él conocía a una francesa. Después, la chica tuvo que aceptar que él también amaba a la otra, además de a ella, y así formaron un nada ortodoxo “ménage-à-trois”. Hasta que empezó a fallar.
Pese al final felíz, en que los tres, que parecía que no volverían a estar juntos de aquella manera, finalmente deciden volver a formar el trío, y lo celebran en la escena final, zambulliéndose desnudos al mar desde un acantilado no muy alto, no parecía todo un cuento de hadas...

En fin, todo lo que les hemos contado sobre éste último asunto parece absurdo. Ella, Judy Raines, que en varias ocasiones había reprobado que muchos hombres tuviesen relaciones con varias mujeres a la vez... pero siempre prohibiendo a ellas que también hiciesen lo mismo con los hombres, claro. Así de mal había visto ella éste problema de la Humanidad. Y Judy no sabía qué hacer. Volvió a acordarse de la película que hemos comentado antes... pero finalmente pensó que sólo era eso, una película. Y que la hicieron en la época en la que todavía estaba de moda el amor libre, que aun no había vuelto la familia tradicional amparada por Ronald Reagan y sus acólitos.
Llegó a casa, y aquí pudo disimular lo que sentía mucho mejor que la vez anterior, pues ya tenía la lección bien aprendida. Y se acordó de las lecciones que le dieron cuando estudió Arte Dramático para que su comportamiento resultara convincente.
Al día siguiente, decidió ir a casa de Jarvis rápidamente, para estar con él. Y ano sabía qué hacer, claro, con aquel enredo que poco a poco empezaba a no controlar. Prefirió ver a su novio en su casa. Luego no sabía ella qué pasaría.
Subió al piso correspondiente y llamó a la puerta.
Parecía que él no estaba, no contestaba al pasar unos segundos después de llamar a dicha puerta.
Volvió a llamar.
Pensó en marcharse, pues, al no sentir respuesta de ningún tipo por parte de Jarvis. Pero entonces oyó un ruidito, suave, casi imperceptible, algo que, no sabía la razón, le pareció bastante sospechoso.
--¿No es eso un jadeo, como si alguien estuviese haciendo el amor ahí dentro? –se preguntó, harto intrigada.