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dimarts, 5 de juliol de 2011

TODO ACABARÁ BIEN... SI FUESE BIEN (Capítulo XIX)







CAPÍTULO XIX





Judy tuvo un sueño bien curioso aquella noche. De trasfondo tragicómico, según se mire...
En él, Judy iba por la calle, tan tranquila, paseando. Iba por una de esas calles anchas de Nueva York, como la Quinta Avenida. Cerca de allí vio pasar a Jarvis, que casualmente paseaba asimismo por la misma zona. Ella decidió correr hasta donde él estaba, y él asimismo. Corrieron el uno hacía el otro. Pero se dieron un trompazo tremendo, contra algo invisible.
Tapándose sus respectivas narices, amoratadas por el golpe, se dieron cuenta de que allí había un cristal, un cristal que estaba tan bien limpio que parecía invisible a simple vista. Soltaron tacos y se acordaron de la familia de quien lo había puesto allá.
Intentaron franquear aquel maldito vidrio, pero fue imposible. Parecía que les separaba definitivamente, ya que buscaron alguna rendija para cruzarla y poderse abrazar desesperadamente. Fue imposible; aquella espantosa barrera no tenía fin.
Tenían unas caras de espanto, de impotencia, de angustia, al no poder abrazarse de ninguna manera.
Judy se despertó a la mañana siguiente, acordándose aun de aquella escena. Tenía ganas de llorar. El sueño aquel era como un simbolismo, el equivalente a su ruptura, el no poder volver a ser felices los dos juntos.
Quería morirse. Volvió a llorar.
Mientras tanto, Jarvis tampoco tenía una existencia feliz después de la ruptura con Judy. Ya habíamos contado el numerito que estaba montando en un bar y cómo fue consolado por la camarera del mismo, una mujer de unos treinta y cinco años. Él había vuelto a su casa, y él quizá le había dado lástima a ella, dándole buenos consejos para mejorar.
Pensaba telefonear a Judy, pero... ¿y si ella no quería volver a verle el pelo? ¿Y si directamente le mandaba a la mierda y se dejaba de buena educación?
No sabía qué hacer.
Giró la cabeza a la izquierda y vio una cuerda que había para atar los periódicos viejos, y pensó ahorcarse con ella.
Como en las películas de risa, al ir allá, pegó un resbalón.
¿Con qué? Con una piel de plátano, que había quedado allí después de comerse uno, pero olvidándose de tirarla seguidamente a la basura.
Se dio un golpe fuerte, como el de Judy.
Aunque menos aparatoso que el de ella.
Se tocó la frente, que le sangraba un poco. Le dolía mucho. Soltaba breves gemidos. Consiguió levantarse torpemente y dirigirse al pasillo.
Abrió la puerta y llamó al timbre de la casa vecina. Pulsó dicho timbre tres veces, apoyándose con dificultad en la pared, mientras seguía gimiendo y haciendo muecas por el dolor.
Le abrió su puerta una chica con un “look” bastante moderno, que parecía sacada de una película de Almodóvar, y se asombró mucho al ver de aquella manera a su vecino, sobre todo la frente sangrando.
--¡Ostras...! –exclamó la joven--. ¿Qué te ha pasado, tío...? ¿Querías clavar un clavo y no tenías martillo?
--¡No, ay...! –gimió nuevamente Jarvis, tratando de taparse con la mano el corte de la frente, con algún hilillo de sangre aun merodeando por ella--. ¡Ayúdame, Peggy, ay...! ¡Me he hecho mucho daño!
--¿Un poco de daño ó mucho?
--¡Si no estoy muerto, es que son las dos cosas!
--No entiendo, tío... ¿Es mucho ó poco lo que te duele...?
Aquello ya parecía uno de aquellos “diálogos para besugos” que se podían leer en los cómics españoles de los años ’50 en adelante, y fue Jarvis de una vez al grano:
--No nos pongamos graciosos, Peggy. ¡Me duele mucho!
--Bien, pasa, Jarvis...
Le ayudó a entrar en su casa. Buscó vendas, alcohol, algodón y algunas cosas más para curar la herida. Mientras le ponía una venda alrededor de la cabeza, ella le preguntó:
--¡Joder, tío...! La herida ésta es muy chunga. ¿Cómo te la has hecho?
--Pues... te parecerá una locura, pero es que quería ahorcarme...
--¡Coño...! –exclamó Peggy, que casi se le cae la venda restante rodando por el suelo.
--Eso, coño... Me quería colgar, pero en ese mismo momento pisé una piel de plátano y me golpeé. Aquí tienes el resultado –señaló Jarvis la frente vendada.
--Tío, te comprendo... Dos veces he pensado en las últimas semanas en tirarme por la ventana.
--Y yo.
--Qué morbosos nos hemos puesto ahora, tío...
--Sí.
Peggy Fontevecchia curó a Jarvis, y éste, agradeciéndoselo, le dijo que un día la invitaría al cine. Ella dijo que de acuerdo, que ahora que cortó con su último novio, no sabía con quien salir. Él regresó acto seguido a su casa. Telefoneó a su trabajo, diciéndole a su jefe que con la cabeza así no podía trabajar. Su jefe lo comprendió y le dio permiso para quedarse en casa hasta que estuviera mejor.
Judy, como ya saben, estaba en la misma situación.
Pero no nos quedemos ahora exclusivamente con ellos dos. Pasemos a Winnie Withfield, que continuaba con el rodaje de su película sobre los hispanos. Aprovechó un descanso en el rodaje de la misma para telefonear a Judy e interesarse por su vida, tranquilizarla y darle ánimos. Lo mismo hizo con Jarvis seguidamente.
Ella no dijo en ningún momento a ninguno de los dos que acababa de hablar telefónicamente con el otro, por supuesto.
Los dos decían que intentarían animarse, ya que hablaron de manera indiferente, como mecánica, algo que Winnie, con una manera de hablar quasi maternal, intentaba arreglar.
Lo único que hizo Winnie que no tuviera estrictamente que ver con esto de animar a la gente es decirle a Judy que trataría, en una próxima película, el tema que la rubia le había sugerido de los hermafroditas y que así no existiría la frustrante diferencia entre sexos.
Al transcurrir una semana, Judy había conocido a un chico, bastante simpático, pero con el cual no duró mucho su relación. Sólo seis días. Decidieron cortar amistosamente. Ella volvió a acordarse de Jarvis, al cual intentaba olvidar desesperadamente, pero no lo conseguía.
Pensaba telefonearle, coger el teléfono y ring-ring. No se atrevía aun a hacerlo, pero quería hacerlo, no podía evitarlo. Y al mismo tiempo la idea le repelía, le daba un terror inmenso.
Finalmente decidió reunir mucho valor.
Descolgó el auricular.
Esperó el tono para marcar.
Marcó el número de teléfono de la casa de él.
Esperó que sonase el tono de llamada.
Sonó una vez.
Judy estaba excitadísima.
Judy estaba nerviosa.
Muy nerviosa.
Suena el tono de llamada por segunda vez.
Judy notó que el corazón le latía a cien por hora.
Empieza a sudar.
Tercer tono de llamada.
Sigue nerviosísima.
Cuarto tono.
Ella, cada vez más nerviosa. Es ya demasiado para sus fuerzas.
Asustada, cuelga el teléfono frenéticamente.
Estaba hecha polvo. Decidió volver a intentar la llamada...
Primero tomó aire y volvió a marcar el número de teléfono.
Esperó a que sonara el tono de llamada. Sonó una vez, y pasó por las mismas sensaciones anteriores, pero ésta vez, después del primer tono, alguien descolgó el teléfono al otro lado.
Era Jarvis, claro está.
--¿Sí...? –preguntaba él.
--¿Jarvis...? –preguntaba ella, todavía con algo de miedo e inquietud.
--¿J-Judy...? –él, de golpe, parecía estar igual que ella, y tartamudeaba, al reconocer la voz de su ex novia.
--¿J-Jarvis..., po-podemos ha-hablar...? –le preguntó Judy, a duras penas.
--S-sí, Judy, ha-hace tiempo que... que no te oía...
Tomaron los dos aire, antes de continuar con la conversación.
--Judy, yo... perdóname... –pudo decir Jarvis, entre tartamudeos, respiración agitada y a punto de llorar.
--I-iba a decirte lo mismo... –dijo ella, en la misma situación que él.
--¿Podemos hablar en tu casa?
--Sí... Creo que tenemos que arreglar muchas cosas juntos.
--¿Ahora mismo?
--Si quieres, sí... Yo no tengo nada que hacer ahora...
--Dabuten... Voy a tu casa. Hasta luego.
--Hasta luego.
El tramo final de la conversación telefónica fue de perlas, sin problemas.
Después de colgar el auricular, Judy, en poco tiempo, llegó a casa de Jarvis. Llegó y pulsó el timbre de la puerta, con algo de impaciencia.
Fueron cuatro veces las que pulsó el timbre, como si intentara componer una melodía, y seguidamente se sintieron unos ruidos sordos en el interior de la casa, como unos pasos apresurados.
Al abrir él, ella, sin esperar siquiera a los saludos de rigor, se echó literalmente encima de Jarvis. Y él dejó digamos que lo hiciera. Se abrazaron, se besaron en la boca con una pasión quasi caníbal, y cuando se quisieron dar cuenta, ya estaban por el suelo, así de abrazados.
Además se morreaban. Bien, era Judy la que morreaba con más pasión que Jarvis, ya que él aun estaba desconcertado, al no esperar que ella llegase y se pusieran inmediatamente “manos a la obra”. Los dos llevaban tiempo sin besarse con nadie.
Cuando paró ella, se levantaron, cerraron la puerta, que había quedado abierta (por fortuna ningún vecino les vio ni les oyó), y se volvieron a abrazar tranquilamente, ahora con más intimidad que antes, los dos de pie, hasta que Jarvis dijo:
--¿No crees que nos equivocamos con la idea aquella del “ménage-à-quatre”?
--No, tío, si la idea podía ser buena –respondió Judy--, pero era una utopía.
--Claro. Las utopías a veces están para intentarlas –reflexionó Jarvis.
--Es cierto. Si no, nos aburriríamos en éste mundo.
--Claro... pero... –Jarvis intentó retomar el tema primitivo de otra manera, no de aquella manera tan filosófica y profunda con que de repente lo habían abordado-- ¿podemos intentar empezar como si no hubiese pasado nada...?
--Podemos... sí...
Ésta fue la respuesta de Judy, aunque a simple vista parecía que no estuviera ninguno de los dos de acuerdo al 100 %.
Se sentaron en el sofá y se morrearon, ésta vez los dos al mismo tiempo.
Nótese que ya no llevaban las vendas por los golpes sufridos en las situaciones ya narradas. Sólo tenían una pequeña cicatriz, que ni repararon en ellas, ocupados exclusivamente en la labor que ansiaban desde tiempo ha: morrearse con su ex pareja.
Todo eso fue el principio de lo que vino después. La cama, claro. Aunque los dos son bastante racionales, hay instintos pasionales y animales que no pueden reprimir. Y ésta era la manera que tenían de demostrarlo el uno al otro.
El tiempo invertido en ésta demostración fue variado. Un cuarto de hora, media hora... Lo que hizo falta para ello, para una demostración más eficaz que la de un vendedor de aspiradoras.
Se quedaron tendidos sobre la cama, desnudos, mirando el techo con mirada un tanto perdida. En la boca, una sonrisa feliz, aunque moderada. Las manos detrás del cogote.
--Lo hemos hecho como en la primera noche, cuando nos conocimos, ¿te acuerdas? –recordó Judy--. En aquella noche de Año Nuevo.
--Casi igual... –opinó él--. Ningún polvo es igual.
--No me salgas ahora así... No, no decía que saliese igual...
--¿Hablamos de cosas menos trascendentes?
--Bien, hablemos...
Ella no parecía estar por la labor de hablar de cosas que no fuesen tan trascendentes, pues en aquel momento le apetecía hablar de cosas que no fueran meras trivialidades, chorradas de encefalograma plano que a veces tanto les agrada hablar a la mayoría de estadounidenses, al menos los de la llamada América Profunda.
Finalmente, después de varios segundos callados, sin saber bien de qué tema hablar, ella atacó con:
--¿No te parece bien trascendente esto de que hayamos follado, así de golpe, cuando parecía que habíamos jurado que no queríamos volver a vernos ni en foto?
--Exacto... Ni oírnos la voz por teléfono...
--Pero ahora ves que no ha sido así.
--No, claro que no.
--Cosas más extrañas se han visto... –reflexionó Judy-- ¿Te acuerdas de Reagan y Gorbachov, dos políticos tan distintos que mira cómo se han acercado...?
--Sí, Judy, lo que pasa es que la política es muy rara. Más rara que un perro amarillo.
--¿Qué hora es...? –preguntó de repente Judy, cambiando de tema.
--Las ocho y cuarto –contestó Jarvis después de buscar en la mesita de noche su reloj de pulsera.
--Oh, Jarvis... –dijo ella, con voz como de pesar—Tendré que irme a casa. Mi familia no sabe nada de esto, claro, y no quiero que sospechen nada; ya les contaré esto poco a poco.
--Bien, pero no quiero que parezcamos unos criminales...
--¿Criminales? ¿Por qué?
--Por nada, Judy... Es que si nos hemos visto, que yo sepa le caía bien a tu familia. El que no les digas nada ó se lo cuentes todo, hasta lo que hemos hecho durante un buen rato en la cama, da lo mismo... pero que no parezca que hayamos violado la Ley.
--Mañana volveremos a vernos.
--Claro.
Pero antes de irse Judy, Jarvis vislumbró que ella dudaba, pero mucho. En plan Hamlet.
Ella se vistió, mientras Jarvis aun permanecía sobre la cama, tendido boca arriba y desnudo, por lo que ella, de reojo, podía contemplar su hermoso cuerpo y causarle cierta lujuria el vislumbrar su miembro, igualmente grato para la vista, si lo vemos desde el punto de vista de un escultor, sea griego clásico ó del Renacimiento italiano.
Estaba ella a punto de salir, pero él le vio la cara, demasiado seria y preocupada, como la de un político en una situación-límite, a punto de tomar una decisión trascendental, terrible, que podría traer la paz ó el Apocalipsis. Jarvis estaba mosqueadísimo con aquella cara, así que no aguantó más, y le preguntó:
--¿Te preocupa algo?
--Sí, que parece mentira que nos hayan pasado tantas cosas así y todavía hemos podido follar como si nada.
--Es lógico, reina, estábamos desesperados... y además, aun nos queremos.
--Puede ser...
--Mucha gente es así de voluble, es como lo que decíamos de la política... ¿Te acuerdas del “ayatollah” Jomeini, ese tío del Irán?
--Sí, menos mal que ya la palmó...
--Pues al principio le apoyó Occidente contra el Sha de Irán, y luego se volvió su enemigo. Aplica esto a nuestra relación.
--No me parece un buen ejemplo, pero vale... –opinó Judy, con la cara aun más “hamletiana”.
--Y quién sabe si mañana estaremos bien ó no.
--No llames al mal tiempo, Jarvis, cariño, que da mala suerte.
--Lo siento.
Largo rato continuaron con ésta conversación, pues les entró la vena filosófica, algo lógico al ser dos seres sensibles e inquietos por todo lo que les rodea. Ésta es una extracción de lo que dijeron posteriormente a lo leído antes:
--Joder, Jarvis –dijo Judy--, eso es filosofía y no otras mierdas.
--No jodas tú con las palabras, Judy. Yo tampoco lo sé. Será que todo el mundo, en el fondo, es así de gilipollas, y lo que es blanco será luego negro.
--¿Eso es filosofía ó un tópico como el Estado de Alaska?
--No, es un tópico. Pero para filosofía vale. ¿Ó no...?
--Bien, quizás mañana estaremos otra vez mandándonos a la mierda y...
--Te dije que no digas eso, que da mala suerte –suplicó Judy, cruzando los dedos.
--Qué exagerada eres, guapa.
--No, Jarvis, es que me asusta todavía que esto, el volver a estar juntos, sea pasajero, que sólo nos llegue hasta mañana ó hasta dentro de unos días, cuando nos hayamos vuelto a cansar el uno del otro... Joder, que se nos puede estropear otra vez, tío, si nos entusiasmamos demasiado... –dijo, con una cierta angustia en la voz.
--No seas pedante, por favor.
--Perdona, coño... –ella cambió de tono, irritada por el tono menospreciativo de él—He soltado chorradas del carajo. ¿Te vale así...?
Judy había cambiado su tono al hablar y empezó a hacerlo como un camionero ó un chulo de barrios bajos, inclusive en el tono al hablar, en el “slang” norteamericano, un equivalente local del “cheli” de los barrios bajos de Madrid (España). Ello sorprendió a Jarvis.
--Eh, Judy, cariño, cálmate… Decía que te has puesto en un plan pesimista a tope. Y eso no ayuda nada a nuestra relación. ¿Cómo queremos que prospere si sólo pensamos en que va a durar poco, que mañana ya no nos podremos ni ver siquiera...?
“Además... –dijo, después de una pausa de varios segundos--, ¿siempre te pasas de un extremo al otro?
Judy no supo qué responder. Se quedó mirando a Jarvis. Le brillaban sus hermosos y grandes ojos azules, que no se sabía si iba a llorar, a lanzar improperios contra él por su pregunta sarcástica, a...
Finalmente, ella contestó:
--Mañana ya hablaremos más, cariño. Estaremos más tranquilos.
Se besaron y abrazaron apasionadamente. Ella vestida, él desnudo. No les importaba.
Ella fue a la puerta sola, ya que Jarvis, por razones obvias, no estaba presentable para abrirle la puerta y correr el riesgo de que alguien del pasillo le viera así, sobre todo alguna vecina madurita, una de aquellas miles de casadas aburridas que tanto hay por ahí, que en secreto sueñan en tener alguna aventura con él, sobre todo sexual. Pero como en aquel edificio abundan otras vecinas que son cotillas, más que otra cosa en el mundo, no se atreven, y tienen que conformarse con tener sueños eróticos con él. Jarvis Delaware, en el fondo, siempre había despertado en las mujeres un instinto maternal, dada su sensibilidad y encanto, cosa que él sabía, pero como ciertas cosas no pueden ser llevadas a la práctica por razones morales, todo ello se quedaba en un simple sueño, bonito, pero sólo sueño.