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dimarts, 5 de juliol de 2011

TODO ACABARÁ BIEN... SI FUESE BIEN (Capítulo XXI)











CAPÍTULO XXI


Pasaron varios días, y Jarvis y Judy, cada uno por su cuenta, empezaron nuevamente a ser felices. A todo el mundo le parecerá absurdo lo de que sean felices a pesar del fracaso de su relación. A nosotros también, pero es que la naturaleza humana se defiende así cuando tiene demasiados problemas graves y llegan a agobiar a quien los padezca. Es un mecanismo de autodefensa que ayuda a seguir viviendo, a sobrevivir, vamos. Judy y Jarvis sabían que el problema que tenían había que cortarlo de raíz, y así han evitado que el problema fuera como un barco hundido, que se hundiría con ellos dentro.
Veamos ahora qué hace Judy. Volvió a oír de nuevo aquella canción de la española Luz Casal, la que oía al empezar ésta novela, “Y voy a por ti”. Parece que es la que siempre le da ánimos para actuar. Aunque siempre ha dicho que si la chica de la canción actúa como una fiera salvaje para conquistar al chico que ama, Judy no se lo montaría igual, claro. Es más cerebral, menos visceral. Pero a veces necesitaba un impulso más visceral, algo diferente a lo que siempre había hecho.
En aquel día, no lo habíamos dicho antes, era el último día del año, y como hacía justo trescientos sesenta y cinco días, era estaba sola, sin pareja, y su hermana estaba como siempre con Tommy. Parecía que la suya era una pareja incombustible, imperecedera. De vez en cuando dejaban un poquillo, eh, remarquémoslo, UN POQUILLO, de besarse y acariciarse, y Kathy hizo un comentario:
--Tommy, se me ha ocurrido una idea para una canción que podría hablar de algo como lo nuestro, un chico y una chica que no paran de morrearse.
--Eso está muy bien. ¿Y qué diría la letra?
--No lo sé, aun no lo he pensado, tío...
--Pues no me distraigas ahora con letras ni chorradas. ¿Empezamos otra vez...?
Kathy comprendió a qué se refería su novio, qué cosa tenían que recomenzar, y lo primero que hizo, súbitamente, fue abrazarle y mirarle tiernamente a los ojos.
--Me mola, tío –fue su lacónica respuesta, milésimas de segundo antes de sellar sus labios con los de Tommy.
Según las cuentas que llevaban, ese era el morreo número 379.
Por la noche, todos fueron a un restaurante, que aunque en toda Nueva York hayan unos 25.000, no es fácil encontrar uno en el que pueda haber de todo. Pero a ellos les importa todo eso un rábano, que lo que quieren es comer bien y sencillo, no una comida burda ni sofisticada. Y fueron a uno italiano, sito en la Madison Avenue, de precios moderados y con una decoración no muy espectacular, pero en el que podría encontrarse bien cualquiera. Allí fueron Winnie, Arthur (él iba a empezar en breve el rodaje de su nueva película, quizá en una semana, y ella ya había acabado el de la suya, empezando en breve el montaje de la misma, hacer la banda sonora, etc.), Judy, Kathy y Tommy. Por razones obvias, Jarvis no había venido, ya que estaba en otro sitio y ahora iba por su cuenta. Además, no le apetecía mucho volver a ver, por ahora, a su ex. Por ello se excusó de no poder ir a la invitación que le hicieron Kathy, sobre todo.
También se había acercado por allí George Miravitlles, que venía con su hermana Rose y el último ligue de ésta, un canadiense de la provincia francófona del Québec llamado Jean-Gilbert Leblanc. George había cortado hacía poco con la última chica que se había ligado, que superó a base de volcarse en su trabajo. Es algo que a veces ayuda en circunstancias tan amargas como ésta.
Al pasar varias horas, ya cada pareja prefirió centrarse en ella misma, y disfrutar de “lo que ya saben” a solas.
¿Y Judy? Como supondrán, no podía irse con nadie, ya que no tenía pareja, y aparentemente nadie al que poder echarle el guante para irse con él, algún tío bueno que le atrajera apasionadamente...
...Hasta que se fijó en George, y empezaron a hablar. La conversación entre ambos era de gran interés para cada uno/a, por lo que, a medida que pasaba el tiempo, ese interés no iba por lo puramente amistoso.
Es decir: Judy y George ligaron. Sí, ligaron. ¿Cómo?
Empezaron hablando de los dibujos artísticos de él, de sus exposiciones en alguna galería de arte, no muy importante pero que estaba bien para exponerse...
...Y fue ella quien empezó el “rollo”, digamos, el “enrollarse” entre ambos. Cogió la mano de él con la suya, por debajo de la mesa en la que estaban sentados, uno al lado del otro.
Salieron afuera al marcharse los demás, y Judy sugirió que podían irse a casa de ella, ya que sus padres se iban a otro sitio. Y Kathy y Tommy también, ya que se iban a la casa de él, así que tenían la casa de Judy para ellos solos. Así se sentían libres para hacer de todo sin que les molestaran.
Antes empezaron con la clásica actitud primeriza de besos y besos, uno detrás de otro. Luego, ella pensó en poner alguna música en el radio-cassette para acabar de ponerse cachondos.
--¿Es tu táctica para ligar? –preguntó George, interesado.
--Sí... pero algunos chicos también usaban esa táctica conmigo –contestó ella.
--Ya... ¿y qué música pondremos?
--No sé. Mira las cintas que tengo –Judy le señaló una hilera de cintas de cassette, unas de cantantes, otras de bandas sonoras de películas famosas y otras de series de televisión. Pero cuando él buscaba alguna entre el montón cuidando de no desordenarlo todo, ella le dijo--: Espera, George, que sé de una música que te molará.
--¿Cuál es?
--La has oído mucho, como yo. Cuando te la ponga, sabrás cuál es...
Cogió una cinta, que él no vio bien cuál era, y la puso en el radio-cassette.
Empieza a sonar la música. Era de la famosa serie televisiva “Twin Peaks”, y ésta vez no era el tema “Audrey’s dance” (El baile de Audrey), sino “Dance of the dream man” (El baile del hombre del sueño), aquella en la que el hombre enano que sale en varios sueños del protagonista principal, el agente del FBI Dale Cooper. Aquel enano de apenas medio metro de estatura que habla con una voz metálica y casi inaudible, que para entenderle sus diálogos aparecían en la pantalla del televisor siempre con subtítulos. Judy y George hicieron lo mismo que habían hecho ella y Jarvis justo un año atrás, poniendo en todo una sensualidad bastante evidente y también natural, nada fingida. George lo hizo de una manera más bien original, que sorprendió mucho a Judy, la cual le siguió el juego, muy fascinada... y él también demostraba estar fascinado por ella.
Ya en la cama, tuvieron una noche dabuten, siempre según los términos de argot empleados por Judy, que George conocía, aunque algunos se le escapaban. Una cosa es que él estuviera al día, ó “al loro”, de cómo hablan los jóvenes del momento, pero como cada dos por tres hay palabras nuevas, no podía asimilarlas todas.
Después de haber hecho el amor, se quedaron quietos un momento, ella encima de él, pensando que qué suerte habían tenido, al haber ligado el uno con el otro. Se encontraban muy a gusto, tranquilos y relajados, una buena terapia para las penurias pasadas en los meses anteriores. Judy se acordó de su ex, Jarvis, y pensó:
--Ojalá Jarvis esté ahora follando con alguna chica, y pueda ser feliz de nuevo. Se lo merece, es un buen chico. Él y yo lo pasamos dabuten, nos quisimos muchísimo, pero nada... nada dura para siempre.
Pero se acordó de que ahora está con George Miravitlles, el chico estadounidense hijo de catalanes, así que decidió volver al presente y al lugar en donde estaba, así que aquello de pensar en Jarvis se acabó... por ahora.
--George, ¿te lo pasas dabuten? –le preguntó cariñosamente, acariciándole el pecho.
--Sí, mucho. Me hace gracia tu manera de hablar, tía –le dijo, con una sonrisa en la boca.
Ella se derretía de amor por él, quizá por que aquella sonrisa le gustaba. Tantas veces que le había visto, y no se había dado cuenta hasta aquella noche de aquello.
Judy le acariciaba suavemente el pecho, con pocos pelos, y ello le recordó algo, que le comentó súbitamente:
--Eh, George..., ¿sabes que cuando estuve en Barcelona el verano posé desnuda para una amiga dibujante?
--¡Caramba! ¿Y saliste bien en ese dibujo?
--Sí. Es una artista. Dibuja dabuten, tío.
--¿Tienes copia de ese dibujo?
--No, no la hizo, pero me dijo que algún día me enviará una por Correo.
--¿Era una buena chica?
--Sí, era encantadora, simpática. Lo que pasa es que era bisexual... y quería ligárseme.
--¡Vaya! ¿Y tú qué le dijiste?
--Que no quería, claro. Aunque pienso mucho que si yo hubiese sido como ella, el primer paso lo hubiera dado yo. Es decir, que yo me la hubiera ligado primero.
Se rieron.
Siguieron charlando, y cuando George dejó de estar en lo que se llama la “fase refractaria”, es decir, el tiempo que un hombre, después de haber eyaculado, está sin volver a tener una erección, volvieron a hacer el amor.
Al día siguiente, empezaron a salir juntos. Y ya, digamos, que como pareja.
Mientras tanto, Jarvis –retrocedamos unos días antes—también intentaba rehacer su vida. Pero de otra forma...
Cuando Judy se hubo marchado, no sólo de su casa sino de su vida, decidió telefonear a su ex, la francesa Valérie Chévenement.
En ese mismo momento Valérie pasaba por lo mismo que Jarvis y Judy, que había roto con su último ligue. Intentaba animarse arreglando un poco la casa, y estaba con la escoba pasándola por la salita hasta que sonó el teléfono. Iba con un pañuelo en la cabeza, con camiseta y pantalones, y descalza.
Dejó la escoba apoyada en la pared, de manera ordenada, y fue a descolgar el auricular.
Preguntó, con absoluta indiferencia en el tono de voz:
--¿Diga...?
--Hola, Valérie, soy Jarvis –escuchó por el auricular.
Valérie sonrió. Seguía apreciando a su ex, pese a que su relación amorosa no fue demasiado bien.
--¿Jarvis...? Ah, hola, “chérie”. “Ça va, garçon?” (1)
--¿Cómo dices...?
Valérie no se acordaba de que Jarvis no dominaba bien la lengua natal de ella.
--Perdona, Jarvis. Decía que cómo estás.
--Bien, bien... –dijo él, aunque no estaba muy por la labor, por ahora, de decirle a ella que estaba “depre” perdido.
Pasaron unos segundos. No sabían cómo continuar la conversación. Valérie se sentó en el sillón para hablar mejor y más tranquila y relajada. Apoyó los pies descalzos en la mesilla de la salita, justo enfrente.
--¿Cómo te va con el chico ese? –preguntó Jarvis.
--¿Por eso me llamabas...? –preguntó Valérie, decepcionada.
--Eh... no... perdona, no era por eso... –se excusó Jarvis, avergonzado, como un niño que ha cometido una falta terrible.
Continuó Jarvis:
--Te llamaba para saber cómo estás.
--Pues... he roto con mi novio.
--Qué casualidad.
--¿Tú también has roto con Judy? –preguntó Valérie, sorprendida y sonriendo, como si ello le animara de repente, al menos para intentar abordar nuevamente a su ex.
--Sí... Ya ves. Los dos estamos igual. Eh... –fue a decir él-- ¿Podemos vernos mañana?
--¿Mañana?
--Sí. Quedar para charlar.
--Claro, Jarvis. Me encantaría.
Cada vez estaba ella más animada. En el fondo, llevaba tiempo echando de menos a su ex. Había aprendido a apreciarle pese a sus defectos, y sobre todo le añoraba como el mejor novio que había tenido.
--Muy bien, cariño –le dijo, con ternura y sin exagerar su acento francés, cosa que sabía que era el tópico que los americanos solían tener de los franceses, algo que le indignaba del todo--. ¿Mañana a la hora de cenar?
--Claro, Valérie. Em, ¿en dónde?
--En... en el restaurante aquel. Los restaurantes caros y cursis, “je n’aime pas ça” (1).
Con su escaso francés, Jarvis entendió ésta vez el significado de la frase pronunciada por la chica gala. Dijo:
--Dabuten, tía.
--¿Dabuten...? ¿Qué significa eso...? –no comprendía ella la mayoría de las veces el argot neoyorkino.
--Que muy bien, Valérie –le aclaró él el significado.
Ella se quedó tranquila.
--Gracias, Jarvis. Nos vemos... –le dijo, con una voz repleta de ternura y de esperanza en una vida mejor.
--Cómo no, Valérie...
Todo esto tuvo su continuación en el restaurante en cuestión. Acabaron saliendo a la calle después, besarse apasionadamente en una esquina e irse a la casa de ella. Hicieron el amor como nunca en sus vidas, ni siquiera con sus anteriores parejas ó cuando ellos mismos eran pareja.
Se quedaron en la misma postura en la que se habían quedado Judy y George “después de...”. Miraban al techo con una sonrisa en sus bocas muy clara. Parecían haber entrado en la gloria, haber salido de una tremenda pesadilla.
--Yo he intentado encontrarme bien con los tíos con los que tuve una relación después de ti –empezó a confesarse Valérie--, pero no lo conseguí...
--Y yo he tenido altibajos con Judy –contestó Jarvis--. Unas veces discutimos, y otras nos amábamos y discutíamos a la vez.
--El amor es así de caprichoso.
--Sí...
--Veo que ahora no me sales ya con las manías y tics que tenías antes, Jarvis... –observó ella.
--No, sigo con las mismas manías, pero he aprendido muchas cosas nuevas con ella. Muchas cosas de Judy son las mismas que las tuyas, Valérie.
--Ah, “très bien”. ¿Y cuáles son?
--Ya te las contaré poco a poco.
--¿Es que son muchas?
--Como para llenar la guía telefónica.
--¡Ja, ja, ja...!
Rió Valérie, hacía tiempo que no reía tan a gusto. Jarvis no rió tanto como ella, pero también disfrutaba con ello como hacía tiempo que no.
--¿Y ahora no me las puedes contar...? –le pidió ella.
--Venga, no jodas. ¿Ahora...?
--Bieeeeen... me imagino, tío, que de vez en cuando seguirás con esa idea fija que tenías de querer ser mujer en otra vida, ¿no?
--Sí, todavía, pero no te preocupes, tía. Peor sería que no supiese apreciaros a vosotras las mujeres y os maltratara.
--Anda, Jarvis, vaya piropo...
Más tarde, cuando tomaban algo en la salita de la casa de Valérie, sonaba en su tocadiscos un disco del músico de jazz catalán Tete Montoliu, muy conocido entre la gente del jazz. Precisamente en una escena de “Hanna y sus hermanas” de Woody Allen, en la de la tienda de discos entre Allen y su ex cuñada, se vislumbra un stand con discos de él.
Jarvis, para llevarse mejor con su nueva novia (aunque ya lo hubiera sido en un tiempo anterior), intentó retomar sus clases de francés para poder hablar con ella algo más que en inglés neoyorkino. Costaba a veces entrar bien en el francés coloquial parisino que hablaba Valérie. Igual que a ella le costaba horrores en ocasiones entrar en el endiablado “slang”, es decir, el habla coloquial estadounidense en versión “made in New York”.
En un momento dado, Valérie intentaba enseñar a Jarvis ésta frase:
--“Je veux draguer avec quelqu’un”. (2)
--“Xo vó dragué avéc kelkán” –dijo él, con un lamentable acento, casi cómico sin quererlo.
Valérie se tapó ligeramente la boca, intentando aguantarse la risa.
--Jarvis, por favor, trata de vocalizar. Tu acento es peor que el inglés que habla el portero de la casa de una amiga mía, que es de Yugoslavia.
--Lo siento, tía, es que me cuesta... Lo raro es que en Barcelona conseguía hablar bien el catalán.
--Sí, yo también he estado alguna vez en esa ciudad, preciosa, además. ¿Qué sabes de catalán? –preguntó Valérie, interesada.
--Eeeeeeh... –intentó acordarse Jarvis de alguna frase catalana— “S’han fet un pa com unes hòsties” (3)
--“S’han fet un pa com unes hòsties”... –repitió ella--. Pues bien... “I ara! No sabem ben bé quines coses en faran, d’aquests paios!” (1)
Pronunciaba las frases con un buen acento, aunque por debajo se le notaba su acento francés habitual, cosa que no conseguía nunca disimular del todo.